Andaba yo tan tranquilo en viernes por la tarde, pensando en la de cosas que tenía pendientes y de repente, ¡catuplum!, todavía no sé cómo se me echó encima en fin de semana. Mira que es algo que pasa todos los viernes, pero no sé chico, me cae así tan de sopetón que cuando quieres reaccionar ya estás de sábado.
Y yo es que ya el fin de semana no soy nadie. O mejor dicho, soy otro, que es como si me teletrasportaran. Las únicas fuerzas que me quedan las dedico, aparte de
lo del partidito, a comprar la prensa, que ya es bastante. Lo digo porque bajar a comprar el periódico los domingos cada vez se va pareciendo más a ir al Ikea a comprar muebles cuando tienes casa recién estrenada y las paredes tiritando. Vamos, que te traes de todo: la enciclopedia de los seres extraterrestres, la serie de abanicos de las folclóricas, la yogurtera por piezas, el juego completo de
tupperwares históricos, la colección de maracas pintadas a mano..., que para qué coño querré yo una colección de maracas precisamente ahora, en esta etapa de mi vida.
Pues al final cargas; no será cómo lo hacen pero cargas. Y para una que sacan que te interesa, como me pasó a mí con las tazas del Forges, se te agota rápido. Mira que ese día me fui prontito a por el periódico, pero nada, se ve que hubo quien durmió a pie de kiosko o que Forges pintó pocas, que si no no se entiende.
Ayer repetí la operación, aunque confieso que estuve por desempolvar el saco de dormir para asegurarme, pero esta vez sí que pillé el disco de Sabina, que todavía no lo he dicho pero lo que iba a contar es que este fin de semana El País ha comenzado la colección de discos de Sabina y Serrat. Palabras mayores.
En esta ocasión además he tenido suerte, porque como promoción regalan el Física y Química, que es de los pocos que no tengo, bueno sí, lo tuve en una cassette de esas que había antes (¿se acuerda alguien de ese trasto?), pero no sé qué fue de ella, la verdad. Y es el único gratis, porque luego te soplan 9 euros por cada CD, que viene además con un librito muy mono. Es lo del cebo que te ponen, que luego va el pececito tontodelculo que pica, te enganchas y no hay forma de soltarse.
Aunque la verdad es que yo creo que esta vez no me voy a enganchar, porque además de tener ya casi todos los CDs yo es que las canciones de Serrat y Sabina las tengo almacenadas en el disco duro de mi cabeza. Que son parte de mi vida, en pocas palabras. Yo estoy por ejemplo leyendo en el metro algo que no me está gustando y automáticamente mi cerebro se programa y empieza a volarme esa canción para ti, Lucía, la más bella historia de amor que tuve y tendré... O estoy aburrido comiendo solo en algún bareto de mala muerte y me sale que quiero mudarme hace años al barrio de la alegría, pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía...
Como bien contaba
este fin de semana EPS, estos dos pájaros representan el yin y el yang. Te cuentan en sus canciones todo lo que tú no has vivido y te lo hacen vivir, como si fuera tuyo. Cada uno a su manera. Serrat, el sentimiento; Sabina, el goce de vivir. Que tu infancia ha sido triste y aburrida, pues el Nano te regala una en la que una novia morena abre a la luna tus sentidos, jugando a los juegos prohibidos a la sombra de una higuera. Qué siempre has deseado – que ya nos vamos conociendo – ser un macarra de ceñido pantalón, pandillero tatuado y suburbial, hijo de la derrota y el alcohol, sobrino del dolor y primo hermano de la necesidad, pues para qué vas a correr riesgos, si Sabina ya lo hace por ti. Ahí reside su grandeza. Es como si ellos hubieran vivido miles de vidas por nosotros.
Y luego está la capacidad de sugerir, algo que uno siempre ha admirado en estos poetas de la canción. No se puede decir menos y a al vez expresar más que en esa pequeña obra maestra que es “
Aquellas pequeñas cosas”, canción que debería figurar en los libros de texto de todo el mundo. Dónde estará el truco, me preguntaba yo, que hace tan grande a esta canción, si parece tan sencilla y tan poca cosa. Amigo, es que Serrat sólo pone la letra, pero consigue que cada uno le asignemos nuestros propios sentimientos, esas tonterías que todos tenemos y que “nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve”.
Por cierto, que si alguien tienen tazas de Forges que le sobren, por favor me las mande. Inmediatamente.