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martes, mayo 18, 2010

De personas y personajes

- Hola buenos días, ¿es usted Estilografic Punto Blog?
- El mismo, sí señor. ¿Y usted quién es, buen hombre?
- Yo soy don Gerundio.
- ¡Caramba! Pase, pase y tome asiento. Lo estábamos esperando.
- ¿Me estaban…?, ¿entonces no está usted solo?
- Bueno, sí, ahora sí, pero los otros están a puntito de llegar.
- ¿Los otros? Me está usted asustando. Esto me suena a peli de Amenábar.
- No hombre no, los otros son… pues eso, los creadores.
- Vamos a ver, ¿pero el creador no es usted?
- ¿Quién yo? No me haga reír, don Gerundio. Yo soy más o menos como usted.
- ¿Como yo? Pues no le veo yo el bigote.
- Me refiero a que soy, como usted, un simple personaje.
- Bueno, simple, simple, lo que se dice simple, tampoco. Yo no sé usted, pero yo, aquí donde me ve, tengo mis cositas…
- Ya hombre ya, no me lo tome usted a mal. Quiero decir que los verdaderamente humanos son… ellos.
- Veo que está usted muy confundido, señor. Yo soy humano como el que más. Que en mi historia haya patos, osos, pajaritos y hasta arbolesas, no quita para que yo sea una persona humana. Ya sabe: don Gerundio, un tipo divertido y singular.
- Sí, sí, si usted será todo lo divertido y singular que quiera, amigo, pero no deja de ser un personaje. De humano no tiene un pelo.
- ¿Está seguro de lo que dice?
- Segurísimo.
- ¿Y qué me dice de usted?
- Pues más o menos lo mismo. A mí me crearon para este blog y nada más.
- Entonces, a mí me crearon también sólo para mi blog y nada más.
- Ah, ¿pero tiene usted un blog?
- Sí, el blog de Don Gerundio. Se abre hoy. Pinche aquí despacito y lo conocerá.
- Fíjese, pues eso yo no lo sabía. Yo pensé que le habían creado sólo para el libro, el de Don Gerundio en el Bosque de la Prosa, que a puntito está de salir a la venta.
- Pues mire, si me han creado para dos cosas en algo ya le gano yo a usted.
- Ahí le tengo que dar la razón.
- Y dígame, señor Punto Blog, ¿en que nos diferenciamos nosotros de los humanos, básicamente? - ¡No me diga que no lo sabe!
- ¿En la edad de jubilación tal vez?
- No.
- Entones en las pensiones, seguro.
- Tampoco.
- ¿En el recorte salarial?
- No da usted una.
- ¿Pues en qué entonces?
- Básicamente… en lo del servicio.
- ¿Qué pasa, que tiene usted empleados del hogar?
- No, me refiero a la costumbre humana de acudir periódicamente al servicio o escusado para realizar lo que ellos denominan “sus necesidades”. Precisamente allí se encuentran ahorita los otros, por eso no han llegado todavía.
- Vaya, ¿y dice que son varios?
- Ya lo creo. Primero está el tal Velasco, el tipo que ha escrito su libro y ha ideado, a grandes rasgos, las características principales de su personaje.
- Mala espina me da el tío ese.
- Imagínese, también me ideó a mí… Y luego está el otro, que yo no sé si será peor.
- ¿Quién?
- El dibujante, un tal Poyatos, que ha sido quien le ha dado a usted forma y figura, ese cuerpo serrano que usted tiene a gala lucir.
- ¡Otro que tal baila! Pues a ese tengo yo ganitas de echármelo a la cara…
- Y yo que le comprendo. Y luego están los editores, también conocidos como el clan de los Clandestinos o Policarbonados, responsables de la edición del libro que a usted le da la vida.
- Los listos que luego se llevan la pasta, ¿no?
- Bueno, me da a mí que la pasta al final, si la hubiere, se la reparten entre los unos y los otros, de manera que ni usted ni yo vemos un euro. Así es la vida de los personajes, qué le vamos a hacer.
- Oiga, y dígame, que ya oigo la cisterna, señal de que se nos acaba el tiempo: ¿hay alguien más?
- Claro que hay alguien más, don Gerundio. Si nos quedan los más importantes…
- ¿Y de quiénes se trata?
- De los lectores, amigo don Gerundio. Se trata de los lectores, a los que pacientemente esperamos con los brazos abiertos. Porque, con servicio o sin servicio, créame, sin ellos no somos nadie.

miércoles, mayo 05, 2010

¡Qué ilusión!

Estoy últimamente en un etapa de relecturas, lo cual puede significar varias cosas: (a) que la crisis económica está causando estragos de manera tal que uno no tiene ni para llevarse un libro nuevo a la boca; (b) que servidor se está haciendo ya mayor; (c) que el menda lerenda ya se ha leído todo lo que se puede leer en esta vida. Descartada al menos la opción c, eso seguro, el caso es que acabo de reterminar una novela que leí hace años y de la que guardaba un grato recuerdo: La Plaza del Diamante, de Mercé Rodoreda.

Pues una vez releída, su relectura, más que llenarme, se puede decir que me ha rellenado. Me voy a ahorrar en adelante tanto recurrente prefijo repetitivo “re”, pues ya ha quedado bien clarito que la había leído antes y no merece la pena insistir e insistir, ahí todo el rato erre que erre... Porque si no, entre relectura, reterminar, releer, recuerdos y Rodoreda, se me está revolviendo la retórica a base de redundantes retruécanos, recórcholis.

Lo que quiero decir es que tras la segunda lectura de la novela de Rodoreda me han surgido una serie de disquisiciones acerca de la literatura misma que me apetece compartir con todos ustedes vosotros, mis queridos y nunca del todo bien valorados lectores. Eso sí, sin detenerme lo más mínimo (pese a que la novela se encuadre como se encuadra en la época en que se encuadra) en el manoseado asunto del guerracivilismo, que tantas y tantas veces acaba convirtiéndose más bien en incivilismo y en el que no me apetece ni un poquito revolcarme, qué queréis que os diga.

A lo que voy; que se me antoja que hay al menos dos maneras de enfrentarse a toda obra literaria, o yo diría mejor que a toda obra artística. Una es la del lector/espectador que podríamos calificar como “estático”. Me refiero a aquel que se limita a disfrutar de la exterioridad de la obra, sin preguntarse nada acerca de cómo ha sido construida, aquel que se detiene en el contenido pero se olvida por completo de la estructura. Otra actitud es la del lector/espectador “dinámico”, aquel que además de disfrutar de los valores externos de la obra, trata de ponerse en la piel del creador, y para ello realiza el proceso contrario al de éste: deconstruye la obra, es decir, la deshace y descompone para tratar de saber cómo demonios ha sido creada.

Con la perspectiva del tiempo, creo estar seguro de que cuando leí La Plaza... hace la tira de años, me comporté como un lector estático, y sin embargo ahora, en esta última lectura, me he comportado más bien como un lector dinámico. Me parece, no obstante, que ambas maneras de enfrentarse a la obra son muy válidas y, es más, considero que el verdadero éxito de una obra artística consiste en saber llegar a ambos tipos de receptor, el estático y el dinámico por igual. Satisfacer, en definitiva, a la crítica y al gran público. The Beatles y pocos más, aunque se trate de otra faceta artística, han conseguido algo semejante hasta la fecha, me parece a mí.

Pero, ¿por qué ese cambio de perspectiva a la hora de enfrentarme a una misma obra? Opté por releer La Plaza... después de que durante una mis clases de español para extranjeros una alumna me pidiera que le ayudase con la lectura de algunos capítulos de la novela. Aunque recordaba el contenido vagamente, de repente descubrí en no más de dos hojas del libro toda una serie de valores literarios, tanto formales como estéticos, que llamaron poderosísimamente mi atención y que fueron los que, en definitiva, me empujaron posteriormente a una segunda lectura.

En uno de esos capítulos, Natalia, la protagonista, regresa a casa después de dejar a su hijo en las colonias durante la guerra porque no tiene para darle de comer. En el camino de vuelta, con el nudo en la garganta, se pone a llover y la varita del coche va de un lado para otro, limpia que te limpia, “y como un río de llanto el agua resbalaba por el cristal abajo”, cuenta la protagonista.

Y el profe de español que se me emociona, el muy tontorrón, que está muy sensiblote últimamente, y la alumna que no entiende nada va y le dice, qué pasa, que no me entero... ¿No lo ves? –le explico a mi alumna - Natalia no va a llorar, no, la guerra ha endurecido su corazón, pero ya lo hace la lluvia por ella. Eso no es otra cosa, mi querida alumna, que purita literatura.

Delicadezas como ésta, o como el asombroso dominio del monólogo interior durante toda la obra, no pueden pasarle desapercibidas a un lector dinámico, y yo, creo que sobre todo desde que me ha dado por escribir, me he convertido en uno de esos que, cada vez que lee algo que cae en sus manos, no se conforma con saber qué le están contando, sino que quiere enterarse también, y sobre todo, de cómo se lo están contado.

Y más a partir de ahora que pronto, muy prontito, verá la luz mi primera criatura literaria, de la que os iré dando las oportunas noticias. ¡Qué ilusión!

miércoles, noviembre 04, 2009

De toda la vida de Dios

Tribulaciones de un sicario
Elena Casero
Editores Policarbonados

Andaba yo escribiendo acerca de la última novela de Elena Casero, “Tribulaciones de un sicario” cuando, de pronto, me sorprende la noticia del fallecimiento de José Luis López Vázquez. Casualidades de la vida o, mejor dicho, de la muerte, porque durante mi lectura de la novela de Elena no pude quitarme ni un solo momento de la cabeza la imagen del, entonces todavía vivo, entrañable actor madrileño.

Con permiso de su autora (que espero me conceda, porque a lo mejor no está en nada de acuerdo) Anselmo de la Rua, protagonista de “Tribulaciones...”, tendrá ya siempre para mí el rostro y la voz de López Vázquez. Algo más joven y con algo más de pelo, como en “El Pisito” o en sus primeras películas, pero con su eterna pinta de “españolito medio” y tipo normal y corriente donde los haya.

“Tribulaciones...” (que es de lo que voy a hablar, aunque aproveche también de paso este post para homenajear al gran actor recientemente fallecido), como novela corta que es, posee la intensidad propia de todo relato o cuento, pero no desdeña tampoco el desarrollo de la trama, característica más propia esta última de la novela larga.

No obstante, se trata sobre todo de una obra de personajes. En ese nivel reside, me parece a mí, su mayor encanto, en ser una historia de personajes, unos más malos y otros más buenos, unos más listos y otros más tontos, unos más simpáticos y otros más antipáticos, unos más entrañables y otros más despreciables, pero todos ellos, y con Anselmo/López Vázquez a la cabeza, tipos sencillos y corrientes con los que fácilmente podríamos identificarnos. Con cierta tendencia, eso sí, a meterse en líos.

Cierto es que bajo toda el tejemaneje que se traen los personajes existe también una compleja trama en la que se mezclan traiciones amorosas, líos de familia, matones de tres al cuarto, herencias, estafas, etc. y en la que al final todas las piezas acaban por encajar a la perfección. Pero, al menos para mí, la escritora y el relato se mueven más a gusto y con mucha más soltura en ese primer nivel, en el de los personajes, que en el segundo, en el de la trama, para cuyo mayor desarrollo la obra hubiera necesitado, sin duda, mucho más espacio.

La relación que se establece, sin ir más lejos, entre Anselmo y Doña Celia ya la hubiera querido para sí cualquier guión del mismísimo Azcona. Desde el delicado uso del “usted” entre los amantes, pasando por la infantil guerra de celos emprendida por la viuda y terminando con los aplausos finales que se llegan a escuchar tras alguna fogosa reconciliación entre ambos, todo en la pareja acaba por resultar entrañable sin perder ese aire decadente y costumbrista que envuelve a toda la historia.

Narrada en primera persona, la autora asume el reto de colocarse en la piel de un personaje masculino concediendo a éste todo el peso del relato. Y la elección resulta satisfactoria entre otras cosas porque De la Rua es un personaje con el suficiente jugo como para llevar sobre sus espaldas todo el desarrollo de la historia. Y cuando sus fuerzas parecen flaquear, ahí está el bueno de Antonio, su Sancho Panza particular, que al menor descuido se calza tacón de aguja y se lanza a repartir besos para echar una mano en lo que haga falta, oiga.

“Tribulaciones…” es una novelita de muy agradable lectura, aderezada en sus justas dosis con chispas de tan buen como sencillo humor, del de toda la vida, y en la que en realidad la autora no pretende inventar nada nuevo, pero sabe tomar en su justa medida ingredientes de aquí y de allá, introducirlos en la coctelera, agitar con garbo y salero, que también hay que saber hacerlo y… ¡voila!, obtener una obrita la mar de resultona.

Historias, en definitiva, de gente corriente y moliente, de toda la vida de Dios, como lo eran los personajes del bueno de José Luis López Vázquez.

jueves, junio 18, 2009

Indignación

“El 25 de junio de 1950, unos dos meses y medio después de que las bien adiestradas divisiones de Corea del Norte, armadas por los soviéticos y los chinos comunistas, penetraran en Corea del Sur cruzando el paralelo 38 y se iniciaran los sufrimientos de la guerra del Corea, ingresé en Robert Treat, una pequeña universidad en el centro de Newark...”

Así comienza “Indignación”, la última obra de Philip Roth, libro que no es, en contra de lo que pudiera parecer, una novela sobre la guerra. O quizás sí que lo sea, pero no sobre la Guerra de Corea, sino sobre todas las guerras, de manera especial sobre la que cada ser humano libra contra el resto del mundo e incluso consigo mismo.

He de confesar, o mejor advertir, que no soy ni mucho menos un gran conocedor de la obra de Philip Roth. Es más, más bien soy un ignorante, porque “Indignación” en la única novela que he leído del que dicen que es uno de los más grandes autores norteamericanos vivos. Y su lectura me ha descubierto a un verdadero maestro de la narración y un diseccionador de la sociedad americana, con sus grandezas y sus miserias. Todo ello aunque la novela, o así a mi me lo parece, tenga sus más y sus menos.

Con el trasfondo histórico de la Guerra de Corea, lo que en realidad “Indignación” narra es el proceso de adaptación de un muchacho de origen judío y de familia humilde a la vida de una universidad tradicional, conservadora y de estrictas costumbres religiosas, adonde ha ido a parar tratando de evitar la llamada a filas y huyendo de las manías de su padre, un carnicero kohser (según el rito judío) que no ha sido capaz de aceptar el salto a la vida adulta de su hijo y que vive obsesionado con que al chico tarde o temprano le va a ocurrir cualquier desgracia.

Sorprende que de golpe y porrazo el carácter de Marcus Messner, un chico ejemplar, bien educado y “políticamente correcto” mientras vive con sus padres y trabaja en la carnicería, pueda cambiar con su llegada a la Universidad de manera tan drástica. Nada hay que nos anuncie previamente un carácter tan rebelde, sino más bien todo lo contrario. Da la sensación de que aquí Roth no “pone a calentar” lo suficiente al personaje y lo saca a jugar a mitad de partido, y claro, a uno (al menos a mí) le cuesta aceptar el comportamiento del muchacho, que de repente parece enfrentarse a todo cuanto le rodea, se pelea con sus compañeros de habitación a las primeras de cambio, le planta cara al mismísimo decano y le “vomita” toda su indignación haciendo suyas las teorías más agnósticas del mismísimo Bertrand Russell.

Luego está lo del sexo con Olivia. Mientras Marcus se ve una y otra vez obligado a batallar y pelearse con todo el mundo para conseguir su objetivo, que al final no es otra cosa que sacar buenas notas y librarse de ser llamado a filas y de morir en el frente de batalla, resulta que da con una chica que, a diferencia de su compañeros de habitación, de su padre, del decano, de las obligaciones religiosas..., no le opone ninguna resistencia. Vamos, hablando claro, que se la chupa a las primeras de cambio. El suceso no le provocará indignación en este caso, pero sí un enorme desconcierto que será tanto o más inconveniente para su trágico futuro.

Pero el mayor acierto de la novela de Roth reside en la existencia de un tercer nivel narrativo perteneciente más al terreno de lo simbólico que al de lo real, y que complementa a la perfección a los otros dos niveles, el de la historia real (la adaptación de Marcus a la Universidad) y el del trasfondo histórico (la Guerra de Corea). Me refiero a la alegoría de la sangre. ¿La sangre como símbolo de qué? Pues no lo sabría definir muy bien, quizás en eso resida precisamente el interés de los símbolos, al menos en literatura, en esa cierta indefinición que abre posibilidades más que las cierra. Pero es evidente que una sutil línea argumental atraviesa la novela de principio a fin, comenzando en la carnicería, en el ritual judío antes aludido consistente en desangrar por completo a los animales, en los delantales y mostradores manchados de sangre y vísceras, en cuchillos que van y vienen...; que continúa con la huella del intento de suicidio dejada por los cortes de cuchilla en la muñeca de Olivia; y que finaliza en la trinchera de la colina coreana, en las heridas de bayoneta que acaban finalmente – y no descubro nada que no se pueda descubrir - con la vida del personaje.

En efecto, el autor no opta, que hubiera podido hacerlo, por la sorpresa final. Al contrario, casi desde el principio ya sabemos que Marcus ha muerto, que el personaje rememora su vida desde un estado confuso – Roth tampoco lo acaba de dejar bien claro – entre la muerte y la agonía, pero que en cualquier caso acabará por expirar definitivamente sin haber sido capaz de asumir, por culpa de su indignación, aquello que el loco de su padre se empeñaba en demostrarle: “la terrible, la incomprensible manera en que las elecciones más triviales, fortuitas e incluso cómicas obtienen el resultado más desproporcionado”.

Quizás, no sé, lo que al final Roth quiera decirnos es que ahí, en lo absurdo de la muerte, en la inocencia de la sangre derramada, es en donde debería residir el verdadero y único motivo de toda nuestra indignación.

jueves, mayo 07, 2009

"Chesil Beach", o de cómo un instante puede cambiar toda una vida

Anoche le dije estas palabras a mi chica: sé que ni siquiera lo intentas; venga, venga, venga, venga, por favor, compláceme, oh sí, como yo te complazco a ti.

No, no se me ha ido la olla. En realidad yo no le dije anoche esas palabras a mi chica, sino que estoy tratando de contextualizar el libro del que voy a hablar. La cita es de Please Please me, la vieja canción de los Beatles, y el libro del que voy a hablar es Chesil Beach, de Ian McEwan. Así que la cosa va hoy de ingleses, y he dicho bien, Chesil, no Chelsea. Te lo juro por Iniesta, a quien Dios guarde muchos años.

Pero no nos vayamos del tema, no. Entre otras cosas porque si por algo destaca la novela de McEwan es precisamente por eso, por ser directa, ir al grano y no poseer ni un gramo de grasa que le sobre.

“Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil”. Es el punto de partida elegido por McEwan para comenzar a narrar la historia de dos jóvenes que, en la Inglaterra de los inicios de los Beatles, pasan su noche de bodas en un hotel de Chesil Beach, en el Canal de la Mancha.

Por entonces, Lennon y McCartney se quejaban de que siempre tenían que estar insistiéndoles a las chicas, come on, come on, come on, come on..., please please me, oh yeh, like I please you..., y lo mismo le sucederá a Edward - un muchacho de origen modesto - ante las reticencias de Florence - una chica de familia acomodada - y la repulsión de ésta por el sexo.

Mucho parecen haber cambiado las cosas después de la revolución que supusieron los años 60, hasta llegar a nuestros días. ¿O quizás no tanto? Yo diría que McEwan deja abierto ese interrogante - como otros muchos, que para dejar puertas abiertas es un maestro – y la mejor prueba de ello es, sencillamente, gramatical. Volvamos si no a la frase del principio: “eran jóvenes... vivían un tiempo... pero nunca ES fácil” ¿Qué pinta ahí ese tiempo presente?, se preguntará el lector. A lo mejor me equivoco, pero no creo que sea un dato intrascendente.

El sexo se muestra, aquí, como en tantas y tantas obras literarias, como motor que mueve y conduce los sentimientos del alma humana. Queda bien clara, desde el principio, la obsesión de los dos personajes: en el uno por realizarlo y en la otra por evitarlo. “Ahí vienen”, susurra ella como queriendo decir “qué fastidio” cada vez que los camareros interrumpen los momentos de intimidad de la pareja previos al primer contacto sexual. Pero no, poco a poco iremos descubriendo que para Florence más que un fastidio la presencia de los camareros durante la cena íntima constituye un alivio, un respiro en la batalla que acaba de comenzar, aunque ella misma se niegue a admitirlo. En cambio él, en su obsesión por que llegue el anhelado momento que sólo ha logrado tener “a tiro de pájaro” después de acceder a la boda, se acuerda hasta de la fecha en que por primera vez logró tocarle los pechos. Y seguro que hasta de la hora, si se le apura.

La facilidad para la descripción de McEwan le hace en ocasiones recrearse en situaciones que otro autor despacharía a lo sumo con un par de líneas, pero casi siempre al final el lector acabará agradeciendo su generosidad. Es antológica, por ejemplo, la descripción del beso: labios, lengua, maxilares..., él queriendo penetrar y ella tratando de escapar. Prueba de su dominio del lenguaje es que McEwan no sólo se encuentra a gusto explayándose, sino que también sabe resumir. Si todo el libro ha sido una demostración de lo primero, el último capítulo resulta ser todo lo contrario. Así, si la descripción de una cena podía llegar a ocupar ochenta páginas al principio, ahora el autor resume cuarenta años en seis páginas y se queda tan fresco. Toda una demostración de dominio de la técnica narrativa.

Con sorprendente habilidad, McEwan es capaz también de trazar a la perfección caracteres, contextos y situaciones en un espacio muy limitado. En efecto, Chesil Beach es un novela corta, intensa pero corta, en la que – insistimos - al final, y aunque a veces lo parezca, nada es superficial. La tensión de la escena final de la playa, ella junto al tronco caído y él con la piedra en la mano, sólo se entenderá habiendo leído antes un episodio, aparentemente intrascendente, en el que se nos retrata a un Edward violento que un día fue capaz de darle una verdadera paliza a otro joven.

¿Y ella? ¿Cómo se entiende su actitud hacia el sexo? ¿Es sólo consecuencia de la educación de la época, de su carácter o hay algo más? No creo que sea arriesgado pensar que en la relación de Florence con su padre, a la que se alude en varias ocasiones, se dejan una vez más muchas puertas abiertas. ¿Qué sucedió realmente en aquellos viajes en barco de los que padre e hija nunca hablaban? ¿Cuáles son esos recuerdos que ella había decidido olvidar, como si en realidad no le pertenecieran ,y que vienen a la mente de Florence en el momento más oportuno? Que el lector saque su propias conclusiones, porque el autor poco más nos va a aclarar.

Lo que Lennon y McCartney nos contaban con la sencillez del lenguaje del pop, McEwan nos lo relata haciendo gala de una inmensa capacidad narrativa, adentrándose paralelamente en otros muchos terrenos del alma humana y de la vida misma, y en especial en una idea que parece ser, más que el sexo, el verdadero motor de la obra: cómo un solo instante puede hacer cambiar toda una vida.

Como en el gol de Iniesta.

jueves, marzo 05, 2009

Después de la oscuridad

- Cariño, ¿quieres hacer el favor de desconectar de una vez por todas la fuente de energía que mantiene incandescente el filamento de wolframio o tungsteno que ilumina la demarcación dentro de cuyos límites yaces en aparente reposo, y que permite a tu intelecto interpretar los caracteres impresos sobre blanco inmaculado de las páginas que de manera continuada e ininterrumpida pasas y pasas sin demora provocando a un tiempo, dicho sea de paso, un ruidito la mar de desagradable que no me deja dormir a mi tampocoooooo?
- ¿Me decías algo, niña? Pareciome oír que algo susurrabas entre sueños...
- Sí, que apagues la luz y dejes de leer ya, que son las dos de la madrugada, que mañana tienes que madrugar y no va a haber Dios que te levante.
- Es que no puedo dejar de leer a Murakami.

Dicen, yo ya lo he leído y oído en varios sitios, que la lectura de Haruki Murakami engancha e incluso crea adicción, una adicción parecida a la de los videojuegos, tan japoneses ellos también. A mi los videojuegos nunca me han enganchado mucho, la verdad, a lo mejor porque he tratado de evitarlos para no correr riesgos, pero Murakami sí. Y pensando en las semejanzas entre los unos y el otro, así como en la asociación japonesa, no puedo evitar mirar la contraportada de sus libros en busca de la etiquetita de “Nintendo”, pero el caso es no viene por ningún lado, no.

- Vamos a ver, amigo. Haría usted el favor de echarse a un lado para que mi prominente humanidad, esto es, mi cuerpo serrano, pudiera desplazarse sin dificultad y libre de todo obstáculo desde ésta mi posición actual hasta la puerta automática del vagón del tren suburbano que nos transporta en plena y atiborrada hora punta, para que servidor, tipo obeso donde los haya, pueda hacer descansar su pesada masa musculosa y superlativamente grasienta sobre el suelo firme de la estación de la Avenida de América, teniendo cuidado antes, eso sí, de no introducir el pie o extremidad inferior, tanto la izquierda como la derecha, entre coche y andeeeeeeén?
- Ay qué tonto, perdone. Pase, pase, que ya me quito. Es que no puedo dejar de leer a Murakami y me distraigo.


Tal vez “After Dark” sea sólo una obra menor de quien ya se ha ganado a pulso pasar a formar parte de la lista que año tras año forman los eternos candidatos al Nobel de Literatura, pero engancha, ya lo creo que engancha. ¿Que si me ha gustado? Bueno, sí, bastante, aunque tiene también cositas que no me gustan, pero el caso es que sí que crea adicción, que es a lo que voy. No sé muy bien cómo lo consigue, pero una vez comenzada la lectura, cada página parece empujarte a seguir leyendo y ya no lo puedes abandonar por mucho que tengas cosas importantísimas que hacer ¡Ojito!

Piiiiiiiiii, piiiiiiiiiiii.
- ¡Huy!
- ¡Mira por dónde cruzas, capullo!
- Sin faltar, ¿eh?
- ¿Sin faltar dice el tío? ¿A quién se le ocurre cruzar por mitad de Bravo Murillo a la altura de Capitán Haya, con el tráfico rodado que a estas horas se dirige hacia la Plaza de Castilla, sin fijarse siquiera en si en ese preciso instante atraviesa la calzada algún que otro vehículo privado o medio de transporte publicoooooo?
- Perdone señor taxista, perdone. Es que, entiéndame, no puedo dejar de leer a Murakami.


Es posible que se trate de esa atmósfera de misterio que envuelve la trama de la novela lo que nos incite a seguir y seguir y no hacer otra cosa a derechas: una muchacha de la que apenas nada sabemos, salvo que es inquietantemente bella, duerme de manera “demasiado perfecta” en una misteriosa habitación; un televisor desenchufado nos ofrece imágenes más inquietantes aún en lo que parece ser un confuso juego de realidades e irrealidades que no acabamos de resolver; un tipo con el rostro oculto tras una máscara que observa a la chica no sabemos con qué oscuras intenciones...

- Disculpe buen hombre, ¿quiere usted hacer el favor de proceder a abonar el importe correspondiente a la infusión de semilla cafetera previamente tostada y molida que ha degustado hace ya más de media hora o, en su defecto, pedir una nueva consumición, pues de lo contrario me veré en la obligación de invitarle amablemente a abandonar de una puñetera vez la barra o mostrador de éste mi querido establecimiento hostelero dejando paso así a la ubicación de nuevos clienteeeeees?
- ¡Huy!, perdón camarero. Tenga usted en cuenta que lo que me sucede es que no puedo dejar de leer a Murakami.

En otro plano narrativo completamente distinto se desarrolla el ir y venir de una serie de personajes que se mueven en una noche cualquiera de una gran ciudad cualquiera. La fascinación que ejerce la noche, ya sea la de Tokio, la de Praga, la de Barcelona, la de Madrid, o, no sé, tal vez la de Torredonjimeno, provincia de Jaén, ayuda a provocar en el lector esas ganas irrenunciables de segur leyendo. A medida que la noche va avanzando, la acción se desenvuelve en torno al personaje de otra joven, hermana de la misteriosa bella durmiente. ¿Que qué era lo que no me gustaba, que decía antes? Pues que a este lado de la historia, en su parte más real, hay algún que otro personaje que no me acabo de creer y que me chirría más de la cuenta, como ocurre sobre todo con el joven Takahashi, un sabelotodo que diserta sobre lo divino y lo humano con sorprendente facilidad y que acaba revelándose, vaya por Dios, porque es un poco inaguantable, como el verdadero motor de la acción.

- ¡Oiga, Estilografic!, ¿va usted a abandonar definitivamente la lectura y contemplación de esa obra literaria que se trae entre manos, de título anglosajón y autor nipón, y centrarse de manera definitiva e intensa en la ocupación retribuida que no es otra que su obligación laboral? A no ser que quiera usted pasar a ser a partir de hoy mismo, claro, el desempleado número 3. 481.860, si don Pedro Solbes Mira no lo remedia.
- Ahora mismito me pongo manos a la obra, jefe. Es que, créame que lo siento, pero no puedo dejar de leer a Murakami.

Desde el punto de vista formal, la receta de Murakami para atrapar al lector consiste, me parece a mí, en la utilización, cuando se refiere a la descripción del mundo irreal, de un “nosotros” que aúna al lector y al narrador bajo el mismo punto de vista, y que los coloca además en un mismo plano, un plano, por cierto, de lo más cinematográfico. “Observamos pero no intervenimos”, nos advierte. Es como si para llegar a alcanzar ese punto de vista, ese plano narrativo, el lector entrara en la historia al mismo tiempo que el narrado se sale de ella, para acabar confluyendo los dos finalmente en “tierra de nadie”.

Y ahora me vais a disculpar, mis queridos y admirados lectores de este blog, pero me veo en la imperiosa necesidad de retirarme a mis aposentos para continuar con aquello que tenía entre manos y he dejado momentáneamente en suspenso. Y es que, no os lo vais a creer, pero no puedo dejar de leer al bueno de Murakami.

miércoles, diciembre 17, 2008

El robo

Piiiiiii, piiiiiiiii

- ¡Perobuenoquépasa!
- Disculpe, señor, ¿sería usted tan amable de acompañarme un momentito?
- Hombre pues depende de adónde quiere que le acompañe. Si vamos a ir muy lejos mejor que no, porque ya ve usted, me pilla con lo puesto y sin un calzoncillo limpio para mudarme siquiera.
- No, no, si es aquí al lado, al cuarto oscuro.
- ¿Al cuarto oscuro? Oiga, ¿quién es usted?
- No se me asuste. Si no ha hecho nada malo no tiene usted nada que temer. Soy el Vigilante de Seguridad del Vips de la calle Orense esquina con Sor Ángela de Cruz (VSVOESAC), que es precisamente el establecimiento que usted pretendía abandonar llevándose algún objeto que no le pertenece.
- ¿Llevándome qué? Si yo sólo he entrado por una urgencia relacionada con la secreción de líquidos excrementicios de color amarillento, que no me podía aguantar más, usted ya me entiende.
- ¿Qué pasa, que no ha oído usted el piiiiii piiiiii?
- Sí, sí, claro que lo he oído, pero qué quiere que le haga. Es que el chorrillo, por poco caudaloso que sea, produce inevitablemente cierto ruidillo al caer sobre las aguas o cualesquiera otros líquidos que acostumbran a reposar en el fondo del inodoro o taza del váter. Además, no creo que eso sea ningún delito.
- No, si no me refiero a ese pipi, sino al piiiiii piiiiii del detector de objetos robados, el que ha sonado cuando usted pretendía, con todo disimulo, abandonar el local. Vamos a ver, ¿qué lleva usted en el bolsillo?
- Pueeees.... las llaves.
- Las llaves. ¿Y qué más?
- El móvil.
- Máaas.
- Un agujero.
- Siiiiga.
- Un libro.
- Ajajá. Ahí quería yo llegar. Un libro. Déjemelo.
- ¡Sí hombre!, cómo se lo voy a dejar, si todavía no he terminado de leerlo.
- Me refiero a que me lo deje ver, porque sospecho que se trata del presunto objeto ajeno que dispara la alarma.
- ¿"El presunto objeto ajeno que dispara la alarma”? Qué bello título, sí señor. Pero no, no se trata de eso libro. Éste lleva un título más sencillito, pero no por ello menos interesante.
- No me refiero al título del libro, sino a la descripción de los hechos acaecidos. Que es usted un ladronzuelo, vamos.
- Oiga, ¿y qué va a hacer conmigo en el cuarto oscuro? No irá a torturarme con la perversa intención de extraerme una confesión de un delito que ni siquiera he cometido?
- De momento voy a realizarle el test de las diez pes.
- ¡Glups! Eso tiene que doler.
- No, no duele. Se trata de la Prueba para Predecir la Predisposición de las Personas a Procurarse Productos sin Previo Pago de una Puta Peseta.
- Lo de la peseta lo ha metido usted ahí con calzador ¿eh?
- Qué quiere, es que ahora con los euros...
- ¿Y en qué consiste la prueba?
- Verá, yo le voy preguntado cositas sobre el libro, y si usted se las supiera ello significaría que, en efecto, el libro es suyo y de nadie más. Pero si no tuviera ni pajolera idea de lo que le pregunto.... ello sería prueba evidente, manifiesta y suficiente de que acaba de robarlo, chorizo, que es usted un chorizo.
- Venga, venga, empiece.
- Vale. ¿Color del libro?
- Rojo. Muy mono.
- Qué morro, eso no vale, si ya lo ha visto... Vamos con otra más difícil: título.
- Blogs de papel.
- ¿Blogs de papel? ¿Y por qué se llama así?
- Porque se trata de una serie de relatos escritos en papel - y no en un soporte digital - por una serie de blogueros que acostumbran en cambio a escribir en este último medio aludido, esto es, el formato digital.
- Vale. ¿Y cuál es el nombre del autor?
- Son varios los autores y varios los relatos, ya le digo.
- Dígamelos, dígamelos. Los autores y los relatos
- Solsticio con beso, de AdR; Beatriz, de Alfman; La entrevista de trabajo, de Astra; La carta, de Belén in Red; Don José, de Náufrago en una palangana; Mesalina, de Escriptorum; Te lo juro por mi vida, de Estilografic; Invitadas al té, de Hombredebarro; Bruxismo, de La Interrogación; Transferencia, de Javier Menéndez Llamazares; Cotidianidades, de Lauraconchocolate; Arrepentirse, de Vitruvia; El vacío que nos une, de Olvidado; El invierno de Rodrigo Pérgamo, de Princesadehojata; y La línea de la vida, de Simpulso.
- Gente rarita, ¿eh?
- Bueno, cada uno es de su padre y de su madre. De ahí también el interés del libro.
- ¿Y que tiene de particular el libro?
- Pues que se trata de una iniciativa muy original de los chicos de La Clandestina, puesto que los blogueros que lo hemos escrito en realidad no nos conocíamos de nada previamente, pero sí solíamos visitarnos los unos a los otros, virtualmente hablando, en nuestros repectivos blogs. Y ahora, fíjate tú por dónde, resulta que compartimos proyecto literario. Y aprovecho, si me permite, para saludarlos desde aquí a todos y decirles que es para mi un honor compartir con ellos, ya digo, proyecto literario.
- ¿Y dónde puede comprarse, el dichoso librito?
- En La Clandestina. Por supuesto.
- ¿Y en el Vips?
- No; en el Vips no lo tienen. Por eso, insisto, soy inocente.
- Ya. ¿Y entonces por qué pita la alarma?
- Oiga yo qué sé. Estará estropeada. Le repito que el libro sólo se puede comprar en La Clandestina. Llámeles, llámeles a los de La Clandestina y pregunte, si no me cree.
- Bueeeeeno, vaaaaale. Vamos a dejar de hacer el tontito, mi querido amigo Estilografic.
- Me parece bien, yo creo que ya es suficiente, mi querido VSVOESAC. ¿Se lo explica usted a los lectores o lo hago yo?
- Explíquelo usted, Estilografic, que a mí me da la risa.
- Veréis, queridos lectores, se trataba todo de una broma para dar a conocer el nuevo libro, Blogs de papel, que acaba de publicarse en Editores Policarbonados y que podéis comprar desde ya en la librería La Clandestina. Y dicho esto, mi querido VSVOESAC, le dejo y me voy corriendo a casita a terminar de leerlo.
- Pues que usted lo disfrute, mi querido Estilografic. Adiós, adiós.

Piiiiiiiii, piiiiiiiii.

- ¿Pero bueno!, y ahora por qué pita?
- Me parece, Estilografic, que ahora sí que sí, me va a tener que acompañar usted al cuarto oscuro.
- ¡Noooooooo!

P.D.: ¡Y de La Clandestina ni se os ocurra robarlo, que sólo cuesta once euros, y además en la puerta también tienen alarma! ¡Y cuarto oscuro! ¡También tienen cuarto oscuro!

miércoles, octubre 29, 2008

Pequeña Historia de España

A ver, niños y niñas, así como todo aquel que no se encuadre en cualesquiera de estas dos categorías, o sea, todos los demás... Hoy toca examen de historia, y éstas son las preguntitas de marras:

1.- Las Guerras Púnicas enfrentaron a:
a.- Los p’unos y los p’otros.
b.- Romanos y cartagineses.
c.- Gallardonianos y Esperancistas.

2.- Qué rey visigodo se convirtió al catolicismo?
a.- Godofredo.
b.- Recaredo.
c.- Metirunpedo.

3.- ¿Cuál fue el primer Borbón en el trono de España?
a.- Juan Carlos Primero, por eso le llamaban Primero.
b.- Carlos II el Hechizado, qué miedo.
c.- Felipe V tras la dichosa Guerra de Sucesión.

4.- ¿Quién fue Reina Regente de España tras la muerte de Fernando VII?
a.- Anita Obregón-Dos Sicilias.
b.- María Cristina me quiere gobernar.
c.- María Antonia Abad Fernández

5.- “La Gloriosa” fue...:
a.- La revolución de 1868 que acabó con el reinado de Isabel II, la pobre.
b.- Una conocida marca de gaseosas muy popular durante la Restauración.
c.- El apodo de María de las Mercedes.

6.- ¿Quién fue Miguel Primo de Rivera?
a.- El primo de Rivera, exactamente.
b.- Un general que estableció la dictadura en 1923.
c.- El fundador de La Falange.

Bien, pues ya pasó. A todo aquel que haya fallado (o al menos dudado) en más de una cuestión no le vendría (no nos vendría) nada mal leer la Pequeña Historia de España, de Manuel Fernández Álvarez. (Espasa). Aunque sólo sea por el tremendo esfuerzo realizado por este veterano historiador, que ha conseguido resumir la historia de este país en menos de 300 ágiles y amenas páginas, ya el libro merece la pena. Pero conviene tener en cuenta, eso sí, que se trata en realidad de una didáctica lectura para niños, que nadie espere encontrar nuevas y sorprendentes revelaciones.

Ya desde su arranque, la obra supone todo un acierto: el autor nos traslada hasta Atapuerca, dónde mejor si no, y a partir de ahí le hinca el famoso “diente” a toda la historia de España; lo cual no es poco. Llegarán después las primeras invasiones y colonizaciones, la romanización, la invasión árabe, la reconquista, la época de los Reyes Católicos, etc, etc, etc, haciendo para todo ello el autor un gran esfuerzo en relatar los acontecimientos como si tratara de un largo cuento con final conocido.

Consciente de las dificultades de la aventura emprendida, Fernández Álvarez ya advierte desde el principio a sus jóvenes lectores de que “no tenemos una respuesta clara para todos los interrogantes que nos plantea a Historia”. Y a continuación sabe cómo animarlos: “Pero no hay que lamentarse, porque eso es lo que da a la Historia su nota tan excitante de ser un poco misteriosa”. No está mal el planteamiento para incitar a la lectura.

Un par de pegas habrá que ponerle al asunto por lo menos: la primera, que el autor parece que no se atreviera a hacer lo mismo con la historia mas reciente, es decir, con lo sucedido a partir del golpe de Tejero, pues toma precisamente el 23-F como punto final del relato. Una pena, porque hubiera resultado interesante. Y otro más: en ocasiones se echa en falta una mayor decisión a la hora de tratar de conectar con la chavalería. El libro es muy didáctico y la prosa de Fernández Álvarez es sencilla y ágil, pero no se atreve (o no quiere, que también puede ser) a darle ese toque de “gamberrismo” que pudiera haberla acercado un poco más a ese difícil público que va de los 8 a los 14 años más o menos, es decir, lo que científica y rigurosamente viene a denominarse como “edad del pavo”.

Las fantásticas y divertidas ilustraciones de Jvlius que acompañan al relato son el complemento perfecto y en ellas sí que sí se añade ese punto de “gamberrismo” que a servidor se le antoja necesario para amenizar siglos y siglos plagados de barbarie, violencia, odio, conspiraciones, guerras y asesinatos, que hay que ver lo dura y desagradable que puede llegar a resultar la historia de este país cuando uno la lee del tirón. Mira que hemos sido brutos.

Y si hubieras acertado sin dudarlo todas las respuestas del examen, pues nada hombre, por lo menos piensa en que el libro puede ser un buen regalito para tu hijo, hija, sobrino o sobrina, que a lo mejor no sabe tanta historia como tú, listo, que eres un listo.

P.D: ¿Que dónde se puede comprar? Pues sólo en las mejores librerías, esto es, en La Clandestina. ¡Dónde si no, hombrepordios!

viernes, julio 18, 2008

Con dos pares (de manos)

Vale. “Relatos a cuatro manos” es un título con trampa, ya me he dado cuenta. Descartada por motivos obvios - y hasta cierto punto desagradables si se piensa fríamente - la premisa de que el supuesto autor estuviera dotado de cuatro extremidades superiores, esto es, que se tratara de lo que habitualmente viene denominándose como “bicho raro”, concluimos que el truco está en que se trata de dos autores, Carlos Méndez y Mariano Vega, mira tú qué listos.

Lo que pasa es que, si se piensa bien, el titulo tiene en realidad su aquél, porque los dos relatos incluidos en el libro, “Clandestino” (Carlos) y “Dos maletas y una montaña rusa” (Mariano), pese a resultar bien distintos a primera vista tanto en forma como en contenido, sí que acaban, a poco que se introduzca uno en ellos, compartiendo un mismo tronco común, con lo que al final va a resultar verdad lo del “bicho”. Ahí lo tienes: un único tronco y las ya famosas cuatro extremidades superiores.

Carlos y Mariano utilizan maneras de narrar bien diferentes, eso sí que es verdad. A partir de esa diferencia es cuando surgen las dos pares de manos. Si algo destaca de la escritura del primero es sobre todo su frescura y naturalidad, características que confieren a su relato una engañosa – por trabajada – sensación de improvisación que acaba resultando de lo más agradable. El autor bien puede presumir de un modo de escribir dotado de una sorprendente e irreflexiva sinceridad que hace que sus manos correspondientes guarden lo que pugilísticamente hablando podría denominarse como una buena y directa pegada. Las dos manitas de Mariano, en cambio, trazan su escritura en las Antípodas. Ésta se nos antoja mucho más pausada, trabajada al máximo y razonada en cada una de sus frases. Hablamos, sin exagerar, de un exprimidor del pensamiento del que el sediento lector logra obtener sabrosos zumos tan deliciosos como vitamínicos, aderezados con profundas reflexiones vitales. A Carlos no se le lee, se le acompaña por la vida; a Mariano tampoco, se sienta uno con él a reflexionar.

La diferente estructuración de los dos relatos responde en parte a esta manera tan distinta de afrontar la escritura. La mayor inclinación a la extraversión del Carlos escritor, o mejor, de su personaje “Clandestino”, le lleva a organizar el relato en torno a las relaciones del protagonista con el resto de los personajes. Clandestino es - víctima de su propia contradicción - un solitario que no sabe estar solo. El autor ha sabido tejer en un espacio narrativo limitado toda un red de personajes que magnifican, matizan y, en definitiva, dan sentido al personaje principal. Así, Lorena (o más bien el lunar que lleva entre la piernas) es el faro inalcanzable que lo guía; Andrés es su apoyo emocional; Silvia - su ex - y Lucía - su hija - representan la estabilidad de la que huye pero de la que tampoco se puede olvidar; Saul y Jon son los amigos lejanos que están ahí cuando los necesita pero que en nada le comprometen; Iratxe, la novia de Jon, es la tentación prohibida no por ello menos deseada; Miguel, -el odioso Miguel - representa todo aquello de lo que desea huir pero que tampoco es capaz de despreciar. Todos ellos conforman ese “universo clandestino” tan contradictorio como la vida misma.

“Dos maletas...”, en cambio, es el vivo retrato de la introspección de su personaje principal, y su historia se organiza fundamentalmente alrededor de las reflexiones de un tipo que busca en los recuerdos el sentido de su vida. O si se quiere, el relato se estructura a partir de las libretas de diferentes colores que el protagonista utiliza para escribir sus recuerdos, y que son en definitiva las que nos van a servir de guía en ese viaje interior a través del tiempo (presente y pasado), del espacio (la ciudad y el pueblo) y de la imaginación (la montaña rusa y el metro de Madrid), para concluir con la repetida sentencia de que “volver al principio es la mejor forma de terminar”. No me digas cómo, pero Mariano sale siempre airoso de ese objetivo tantas y tantas veces buscado por todo escritor que se precie, y que consiste en encontrar la frase perfecta para cada una de las ideas y reflexiones que su personaje se trae entre manos. ¿Ejemplos? A patadas: “De vez en cuando voy (al pueblo) para tomar el aire, aunque nunca supe si buscaba aire fresco para recordar de dónde vengo o aire rancio para no olvidar de dónde huí”. O este otro, magistral, sobre la escritura: “Podría escribir hasta con una cadena abrochada en mi muñeca zurda que acabara en un ancla o en una compacta bola de presidiario”.

¿Qué es lo que relaciona entonces esas dos maneras de narrar tan diferentes? ¿En qué consiste el tronco común que sostiene las dichosas cuatro manos? Sobre todo en que ambos son al final el reflejo de dos maneras de concebir la literatura como forma de vida, de vivir para contar y de contar para poder seguir viviendo. “Escribir no es un trabajo, es una necesidad” dice el personaje de “Clandestino” sobre la literatura. “Algunos recuerdos sí que acuden cuando se les reclama, pero otros regresan sólo cuando ellos quieren”, cuenta el protagonista de “Dos maletas...” sobre el sufrido arte de escribir.

Si se me permite la arriesgada comparación, Carlos es Sabina y Mariano, Serrat. Dos pájaros de un tiro.

“Relatos a cuatro manos”, de Carlos Méndez y Mariano Vega (Ed. Policarbonados) se puede adquirir en la librería La Clandestina.

jueves, febrero 14, 2008

El libro de Vitruvia

- Buenas tardes, señorita librera.
- Buenas tardes señor.....
- Estilografic Punto Blog, ese es mi nombre, sí señora, pero tal detalle en nada importa ahora ni viene al caso.
- Pues dígame qué desea, señor Punto Blog.
- Venía a por el libro de Vitruvia.
- ¿El libro de quién ha dicho, disculpe?
- De Vi-tru-via.
- Ah, ya, ya, un momentito.... ¿Con “b”, verdad?
- Pues no, es con “v”, con “v” de Vitruvia.
- Ah, pues ....a ver, a ver.... vitrina, vitrocerámica, fecundación in vitro, humor vítreo, humor amarillo...., pues no, por “Vitruvia” no me viene nada. Dígame el título, a ver si así hay más suerte.
- “De nuevo, el amor”, se llama.
- ¡Anda! Como el de Doris Lessing.
- Es que es de Doris Lessing, señorita.
- ¿Cómo dice? ¿Pero no me había dicho que era de Vitruvia?
- Mire, vamos a empezar otra vez desde el principio que me temo que nos hemos liado.

- Buenas tardes, señorita librera.
- Buenas tardes señor Estilografic Punto Blog.
- Vamos a ver, señorita, si empezamos desde el principio, como hemos acordado, usted no se sabe mi nombre.
- Tiene usted razón, que es que me he puesto nerviosa, con la tontería. ¿Qué desea?
- Verá, es que Vitruvia tiene un blog, y en él ha propuesto que leamos un libro, un libro de Doris Lessing que...
- Que sí, que sí, que lo que usted quiere es un libro de amor, como por ejemplo “De nuevo, el amor”, para regalar el Día de los Enamorados, también conocido como San Valentín, y le da vergüenza pedirlo,¿no? Por eso tanto rodeo. Si no es usted el único, no se crea.
- Me parece que se ha pasado usted de lista, señorita librera. La cosa no es así, que yo ya le tengo comprado el regalo a mi amantísima señora.
- ¿Y qué es, si se puede saber?
- No, no se puede saber, que luego me lee el post y se chafa la sorpresa, entiéndalo.
- Bueno, vale. ¿Entonces es verdad lo de esa tal Vitruvia?
- Como lo oye, se trata de un juego.
- ¿Un juego? Entonces por qué no se lleva mejor éste que tengo de recortables de princesas Disney, con pegatinas y vestidos, o el libro puzzle de los dinosaurios, o alguno de los de Pocoyó, que tanto gustan a los niños...
- Veo que no me ha entendido. Es un juego que ha propuesto la tal Vitruvia en su blog...
- ¿Y que consiste en...?
- En leer todos a la vez el libro de Doris Lessing y después comentarlo cada uno en nuestros blogs un día previamente fijado.
- ¿Todos a la vez?
- Todos.
- ¿Yo también?
- Bueno, si usted quiere...
- ¿Y comentarlo en nuestros blogs?
- Eso es. Si lo tuviere.
- Pues no, me temo que no lo tuviere, digo que no lo tengo. Así que casi no lo voy a leer. Me presenta usted mis disculpas a la tal Vitruvia.
- Así lo haré, señorita, pero ¿quiere hacer el favor de darme ya el libro?
- ¿Qué libro? Ah, sí, el de Doris Lessing. Pueeees.... Me parece que no me quedan.
- ¿Cómo que no le quedan? A ver qué le digo yo ahora a Vitruvia.
- ¿A quién?
- A Vitruvia, a la del blog.
- Dígale que usted no tiene blog.
- Pero si es que ella ya sabe que tengo blog. ¿Cómo es que no le quedan? ¿Esta segura?
- Segurísima, ¿no ve que no ha parado de venir gente preguntando por él?
- ¿Gente? ¿Qué tipo de gente?
- Gente rarísima, por cierto. Verá, por aquí han pasado desde un tipo zurdo en braguitas y con fiebre hasta un conejo con el coxis - también llamado cóccix o rabadilla - destrozaíto, el pobre, y todos me pedían el librito de marras.
- Ya, creo que sé de quienes me habla.
- Y ahora que lo dice, hasta una tal Vitruvia ha venido por aquí. Muy maja la chica, por cierto.
- Si, sí, es un encanto.
- ¡Anda!, mire, ha habido suerte, aquí queda un ejemplar.
- No sabe la alegría que me da.
- Ah no, pero está reservado.
- ¿Reservado? ¿A nombre de quién?
- De un tal.... Estilografic Punto Blog.
- ¡Pero si ese soy yo! Ya se lo he dicho al principio de post, ¿no se acuerda?
- ¿Ah sí? ¿No decía primero que su nombre no venía al caso y después que como habíamos vuelto a empezar desde el principio ya no tenía que saberme su nombre? Desconozco su identidad, amigo. Y es más, no me fío de usted.
- Mire, vamos a hacer una cosa,¿por qué no entra en mi blog un momentito, y en el de Vitruvia incluso si quiere, y comprueba que es verdad todo lo que le estoy contando?
- Pues no es mala idea. A ver, a ver.... ¡anda!, el post de hoy se titula “el libro de Vituvia”, como de lo que estamos hablando.
- Claro, lo he puesto yo, el título.
- ¡Y salgo yo!, mire, ¡salgo yo! Jeje, qué gracia, aquí es cuando le he dicho lo de Vitruvia con “b”, qué bruta soy.
- Sí.
- Y aquí cuando lo de los libros de los juegos y los recortables. Qué ocurrencia.
- ¿Lo ve? ¿Me da entonces el libro?
- Tome, tome y márchese a leerlo, criatura de Dios. Pero no se le ocurra empezarlo antes de las 19:45 horas del domingo 17 de febrero.
- ¿Y como sabe usted que hay que empezarlo a esa hora?
- Muy sencillo, porque soy fiel lectora del blog de Vitruvia. Con “v”.

P.D: Con todo mi cariño, para la tal Vitruvia, con “v”, por las ganas y sobre todo por la ilusión que ha puesto en ésta su locura.