Mostrando entradas con la etiqueta televisión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta televisión. Mostrar todas las entradas

jueves, noviembre 27, 2008

El tiempo

¿Qué narices es el tiempo? Al tratar de responder a una pregunta como ésta, uno ha de ser consciente de sus limitaciones pues, admitámoslo, mi cabeza no es precisamente la de un neurocientífico ni nada que se le parezca. ¿Qué extraña fuerza me empuja entonces a enfrentarme a este peliagudo tema? Principalmente que acabo de ver el fantástico programa “Redes” de Televisión Española, en el que Eduardo Punset aborda este complejo asunto entrevistando al neurocientífico David Eagleman, de los Eagleman de toda la vida, quien se dedica a estudiar - que es que en el mundo hay gente pa’tó - cómo nuestro cerebro interpreta el tiempo. Cuando tengáis un ratito, si es que a alguien le queda claro qué es un “ratito” después de leer este post, os aconsejo que lo veáis en este enlace, porque no tiene desperdicio.

Y en eso que estudia el tal Eagleman, en cómo el cerebro interpreta el tiempo, es en dónde parece estar la clave de todo: que una cosa es la noción del tiempo, si es que ésta existe, y otro bien distinta es cómo nuestro cerebro la interpreta, no sé si se me entiende, aunque por las caras que me estáis poniendo ya veo que no.

Vamos a poner un ejemplo: resulta que mi cuñao se acaba de mudar de piso y se ha ido a vivir ande Cristo perdió el mechero. El otro día fuimos por primera vez a su nueva casa tomando, con un par, la imprevisible M-40. Pues entre que estaba lejitos el barrio y que existía la incertidumbre de que nos fuéramos a perder, el trayecto se nos hizo larguísimo. Curiosamente, a la vuelta hicimos exactamente el mismo recorrido pero al revés, y sin embargo se nos hizo... hombre, cortísimo tampoco, pero ya no tan largo.

¿Por qué?

Eagleman, de los Eagleman de toda la vida, ya digo, lo explica (vamos a ver, no explica lo de mi cuñao y la M-40, no, pero sí otros casos parecidos). Dice lo siguiente: el tiempo y la memoria están interrelacionados. Cuando suceden hechos que nos llaman mucho la atención, por ejemplo cosas novedosas que generan tensión, sucesos violentos o que nos dan miedo, nuestro cerebro mantiene recuerdos más densos, de modo que cuando volvemos sobre ellos la sensación que nos queda es la de que han durado mucho. Es como ver pasar una película a cámara lenta.

Es absolutamente cierto lo que dice el tal Eagleman, ya sabéis, de los Eagleman de... Yo he estado a punto un par de veces de tener un accidente de coche, y recuerdo ambas escenas como si hubieran durado mucho, cuando en ambos casos todo fue cosa de décimas de segundo. En cuanto a lo que son recuerdos positivos, pero también intensos, lo mismo me sucede con el parto de mis hijas, y eso que no las parí yo, que creo recordar que fue cosa más bien de la madre, de la madre que las parió. Pero yo estuve allí y lo recuerdo todo como a caaa-maaa-raaa-leeen-taaa. Con la mayor, por ejemplo, el médico me invitó a abandonar el quirófano en el momento definitivo porque el parto era complicadillo. Vamos, que me echó. Tuve que esperar en la puerta del quirófano un ratito, no llegaría al minuto, pero ese periodo de tiempo a mi me pareció más largo que un discurso de Castro en sus buenos tiempos.

Punset, que es listo como él solo, el tío, va y pregunta: entonces, ¿podemos alargar el tiempo? Pues en cierto modo sí, contesta el neurocientífico. ¡No jodas!, diría el mismísimo Punset si no fuera un señor tan educado y bien hablado. Se trataría – explica Eagleman de los... - de hacer siempre cosas nuevas y sorprendentes. Si almacenáramos recuerdos tan novedosos como fascinantes un día tras otro, al final tendríamos la percepción de que nuestra vida ha sido más larga. Lo mismo sucedería, claro, si se tratara de recuerdos desagradables o violentos, pero entonces el remedio sería peor que la enfermedad.

Otra idea que se desprende del estudio de cómo el cerebro interpreta el tiempo es la de que nuestra percepción de la vida va por detrás de la realidad. ¡Tócate las narices! No, no, esto último no es una frase hecha que denote mi asombro ante la idea expresada, no. Te estoy diciendo que te toques las narices, literalmente.

Bien, pues en el momento en que tú tienes la percepción de que te estás tocando las narices, en realidad ya te las has tocado hace rato. Nuestra vida – dice Eagleman – es como un show televisivo en directo, pero no es exactamente en directo, sino que llega a nosotros como un breve retraso. ¿Os acordáis de la famosa final de la Super Bowl y de la teta de la Jackson? A partir de ese día todo en América se hace con un breve retraso.

Última idea y ya no lo lío más: ¿entonces resulta que sólo existe el pasado? Que conste que es el pesao de Punset el que pregunta, no yo. Eso no lo sabe el neurocientífico, que tampoco lo va a saber todo, el hombre. Ya bastante tiene con lo suyo. Opina no obstante que es posible que el futuro también exista, pero lo que puede suceder es que no tenemos acceso a él, como sí lo tenemos, en cambio, al pasado.

Yo ahora, sin embargo, estoy siendo capaz de acceder al futuro y sé que al escribir este post, aún antes de terminarlo, lo que estoy haciendo es meterme en un berenjenal de toma pan y moja, porque no entiendo ni la mitad de las cosas de las que estoy hablando, y temblando estoy por los comentarios que seguro vais a hacerme poniéndome verde y diciéndome que vaya castaña que nos has soltado hoy, querido Estilografic.

Una cosita sí que me ha quedado clara después de todo: que entre lo de ayer de Bombay y lo del helicóptero, yo sé de una que no sé si al final llegará a ser presidenta del Gobierno, pero lo que sí es seguro es que el camino a La Moncloa se le va a hacer largo de cojones.

viernes, noviembre 16, 2007

Buenatero y Zapafuente

No me disgustó la entrevista de Buenafuente a Zapatero en La Sexta, pero sí es cierto que, conociendo el ingenio del primero y vista la buena disposición que mostraba el segundo, la cosa podía haber dado mucho más de sí y que a algunos nos dejó con la miel en los labios.

Los mejores momentos me parecieron precisamente los que más se salían del guión, es decir, los más disparatados, surrealistas o alejados de la realidad, como la charla sobre los frutos secos y el colesterol, o el principio y el final de la entrevista, cuando el presidente achaca el retraso de Buenafuente a que se hubiera desplazado en cercanías y cuando, cambiando los papeles, es Zapatero quien se marcha de Moncloa tras nombrar al humorista vicepresidente.

El resto fue todo más previsible, con el agravante quizás de que los temas que ahora mismo están sobre la mesa (Chavez, obras del AVE, relaciones exteriores, relaciones con el PP, Estatut, etc.) han sido ya tan manoseados que sobre ellos ya se ha dicho de todo, incluidos los más extravagantes disparates.

A partir de hoy vendrán críticas y alabanzas ante los dos posibles puntos de vista: ¿deben los políticos tomarse de vez en cuando las cosas con humor o, por el contrario, es más conveniente aparentar seriedad ante la ciudadanía? Los defensores de lo primero echarán mano del “buen talante” esgrimido por Zapatero como parte de su forma de hacer política, mientras que los defensores de lo segundo argumentarán que para hacer humor ya están los payasos y que los políticos deben dedicarse a gobernar con seriedad y eficacia.

Quizás la solución resida en que ambas cosas no debería ser incompatibles. Pero claro, después hay que saber demostrarlo. El debate está servido.

viernes, junio 08, 2007

Había una vez un circo

Hoy, quizás inspirado por el título de la entrada que el otro día publicaba Una Mujer Desesperada en su blog, he decidido hablar de payasos, pero no, no va por ahí la cosa, no se trata de ETA ni de la situación política, que yo, como Mariano también en su blog, me estoy intentado unir a lo del “espacio sin ETA” que nos proponía el otro día.

Me refiero a los payasos de la tele; no, tampoco me estoy refiriendo a los famosetes y demás fauna que se pasea por los programas del corazón, sino a ellos, a Gabi, Fofó, Miliki y Fofito, a los del “¿cómo están ustedes...?, que me he enterado de que en los premios de la Academia de Televisión le van a hacer un homenaje a Miliki, ese hombre.

Yo reconozco públicamente que he mamado de las payasadas de los payasos. ¿No hay grandes y renombrados pintores actuales que reconocen la influencia de otros que llegaron antes como Goya, Velázquez o Matisse? ¿No existen escritores contemporáneos que admiten la influencia de los clásico en su obra?, pues a mí me pasa con los payasos, qué queréis que os diga. Cada uno en su nivel.

Aunque yo la verdad no es que me dedique a eso, a lo de ser payaso me refiero. Pero sí es cierto que cuando gasto alguna broma, digo alguna tontería o escribo alguna payasada me sale lo que yo llamo el “síndrome de don Pepito”, que consiste así, a grandes rasgos, en recurrir a cierto sentido del humor infantilote y absurdo, al que procuro aplicar cierta dosis de ternura sin perder la ironía. Vamos, que más de uno me daría un par de tortas a ver si me espabilo.

Eso sí, yo nunca les perdonaré a los payasos la de tiempo que me habrá hecho perder pensando en el significado de la letra de algunas de sus canciones. Me pasaba sobre todo con la del coche de papá, que anda que no le habré dado vueltas a qué quería decir aquello de “pero no me importa porque llevo torta”.

- Estili, estili, en qué estás pensando que estás como en trance y no te enteres de nada?- me regañaba la seño en clase.
- En la torta que lleva el papá de Fofó en el coche, seño, que no me lo quito de la cabeza.
- Qué torta ni qué torta, como te suelte yo un mamporro vas a dejar de hacer el payaso, que tú si que eres “un caso singular”, y no la gallina Turuleca, ¡ciruelo!, que eres un ciruelo.

Pero a mi más que las canciones lo que me gustaba de verdad era La Aventura, un corto en el que se soltaban como actores y que metían en mitad del programa. Ahí era donde los payasos desarrollaban más su vena gamberra, con aquella forma tan socarrona que tenía Miliki de disimular cuando hacía algo malo (nananiana nanianaaaa...), o con frases antológicas que nunca llegué a entender pero con las que me meaba por la pata abajo como lo de “el mar, idiota, el mar”.

Mi preferido siempre fue Miliki, porque a Fofo la verdad es que lo recuerdo menos, Gabi es que era el serio y Fofito como que me hacía menos gracia. Luego llegó Milikito, pero ya era otra cosa, el payaso espuma que le llamo yo, por cómo ha ido subiendo, el tío. Empezó de payaso, después cómico, luego actor, más tarde productor ... y ahora, presidente de La Sexta. Supongo que el próximo paso es la presidencia del Gobierno, que ya más arriba no se puede subir. Conozco yo más de uno que lo mismo pero al revés, empiezan siendo presidentes del gobierno y acaban convirtiéndose en payasos, pero bueno, ese es otro tema.

Por cierto, que se confirma que De Juana no nos come nada y que Otegui ha sido detenido. Ya advertía yo de que iba a hablar de payasos. ¡Socorro, aulisio...!


Actualización: por aclamación popular, un par de vídeos más de propina: