Ayer tuve un día de perros. Tal cual. A Micky, la perrita de mi jefe, no la pueden atender en casa, y han decidido entregarla al Centro de Protección Animal del Ayuntamiento de Madrid, de donde en su día también fue recogida, para que otro dueño pueda adoptarla. Me pidió que los llevara en coche hasta allí, y así fue como la conocí .
Micky es una perrita de raza indefinida, un poco mezcla de todo, es decir, pura tolerancia, se me ocurre, que tampoco es que yo entienda mucho de perros. Y tímida, sobre todo tímida. Mientras esperamos turno para que la recojan, Micky se esconde debajo de las piernas de su amo viendo desfilar por allí a quienes van a ser sus compañeros durante los próximos días. Un cachorro grandullón que hace llorar a su joven amo, también grandullón, y la pareja de tortugas, veinte años suman entre las dos y más kilos que la propia Micky, a quien su dueña no puede ya cuidar por problemas de espalda, con lo que ya pesan las condenadas.
Me cuentan sobre las tortugas que cuando sus dueños se cansan de ellas las sueltan en la orilla del Manzanares. Allí están como Dios, pero claro, se lo comen todo, que no veas cómo zampan, y hacen mucho daño al entorno. Así que mejor llevarlas allí hasta que sean adoptadas por un nuevo dueño. Aprendo que a las tortugas se las coge como si de bocadillos de chorizo se tratara. Más que nada por evitar los mordiscos. No el que tú le puedas dar, que aunque lo parezca no es un bocata, sino el que ella te va a dar a ti como te descuides.
Nos llaman para sacar sangre a Micky y comprobar que está sana. La subo a la mesa y sus piernas tiemblan. A mí no me conocía antes y, ya lo he dicho, ella es tímida. La veterinaria la pincha y Micky no dice nada. Ni protesta. Es tímida. Después le advierte con cariño “esto te va a picar un poquito, bebé” antes de desparasitarla con una rápida inyección. Ahora sí, Micky se revuelve como si se hubiera tragado una guindilla, y después de dar varias vueltas sobre sí misma otra vez se refugia debajo de su amo, que es tímida ella.
Acompañamos a Micky hasta la zona en la que se distribuyen las celdas donde otros perros esperan la llegada de un nuevo amo que los acoja. Son más los que llegan que los que salen. Sobre todo, me cuentan, cuando el verano se acerca, por aquello de las vacaciones. El espectáculo me recuerda a esas pelis americanas de cárceles y al recorrido por las galería mientras los presos asoman la cabeza entre los barrotes para soltar algún improperio al funcionario de turno. Pero estos presos de aquí sólo dicen "guau" y "guau", que vete tú a saber qué quiere decir, a lo mejor "hijo de tal", "mamón", o simplemente "socorro, ayúdame".
Así que Micky, la perrita tímida, vuelve ahora al lugar del que un día salió. Allí la dejamos, en su nueva celda. Al decirle adiós desde la distancia, Micky, al contrario que el resto de compañeros, no asoma su cabeza entre los barrotes. Su timidez se lo impide, o eso queremos pensar. Quizás sea la tristeza, quién sabe.
Que tengas suerte, bonita.
Micky es una perrita de raza indefinida, un poco mezcla de todo, es decir, pura tolerancia, se me ocurre, que tampoco es que yo entienda mucho de perros. Y tímida, sobre todo tímida. Mientras esperamos turno para que la recojan, Micky se esconde debajo de las piernas de su amo viendo desfilar por allí a quienes van a ser sus compañeros durante los próximos días. Un cachorro grandullón que hace llorar a su joven amo, también grandullón, y la pareja de tortugas, veinte años suman entre las dos y más kilos que la propia Micky, a quien su dueña no puede ya cuidar por problemas de espalda, con lo que ya pesan las condenadas.
Me cuentan sobre las tortugas que cuando sus dueños se cansan de ellas las sueltan en la orilla del Manzanares. Allí están como Dios, pero claro, se lo comen todo, que no veas cómo zampan, y hacen mucho daño al entorno. Así que mejor llevarlas allí hasta que sean adoptadas por un nuevo dueño. Aprendo que a las tortugas se las coge como si de bocadillos de chorizo se tratara. Más que nada por evitar los mordiscos. No el que tú le puedas dar, que aunque lo parezca no es un bocata, sino el que ella te va a dar a ti como te descuides.
Nos llaman para sacar sangre a Micky y comprobar que está sana. La subo a la mesa y sus piernas tiemblan. A mí no me conocía antes y, ya lo he dicho, ella es tímida. La veterinaria la pincha y Micky no dice nada. Ni protesta. Es tímida. Después le advierte con cariño “esto te va a picar un poquito, bebé” antes de desparasitarla con una rápida inyección. Ahora sí, Micky se revuelve como si se hubiera tragado una guindilla, y después de dar varias vueltas sobre sí misma otra vez se refugia debajo de su amo, que es tímida ella.
Acompañamos a Micky hasta la zona en la que se distribuyen las celdas donde otros perros esperan la llegada de un nuevo amo que los acoja. Son más los que llegan que los que salen. Sobre todo, me cuentan, cuando el verano se acerca, por aquello de las vacaciones. El espectáculo me recuerda a esas pelis americanas de cárceles y al recorrido por las galería mientras los presos asoman la cabeza entre los barrotes para soltar algún improperio al funcionario de turno. Pero estos presos de aquí sólo dicen "guau" y "guau", que vete tú a saber qué quiere decir, a lo mejor "hijo de tal", "mamón", o simplemente "socorro, ayúdame".
Así que Micky, la perrita tímida, vuelve ahora al lugar del que un día salió. Allí la dejamos, en su nueva celda. Al decirle adiós desde la distancia, Micky, al contrario que el resto de compañeros, no asoma su cabeza entre los barrotes. Su timidez se lo impide, o eso queremos pensar. Quizás sea la tristeza, quién sabe.
Que tengas suerte, bonita.

