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jueves, enero 07, 2010

Relatitos: (13) Descubrimientos (Noche de Reyes)

Me sobresalté del sueño al notar en mi cuerpo una sensación extraña y húmeda, y me levanté al baño alterada y nerviosa, más que asustada. Mamá ya me había explicado algo temiéndose lo peor, porque estaba claro que durante el último año había experimentado, así lo decía papá, un "evidente desarrollo hormonal" y que más pronto que tarde tendría que suceder. Es que hoy en día, me explicaba mamá, la cosa ya no es como antes, dónde va a parar, yo no comencé a preocuparme por esos temas lo menos hasta los trece, pero ahora, ya ves tu amiga Clara, con diez añitos y ya. Y tú..., tú ya veras, tampoco vas a tardar...

Hacía frío, me asomé por la ventana pensando que ya había amanecido, pero qué va. El reloj decía que eran sólo las dos y cuarto. La tenue claridad que se deslizaba por debajo de la persiana semicerrada no era otra cosa que el reflejo de la luz de la farola sobre la nieve, que había empezado a cuajar en el alféizar de la ventana.

Mi hermano dormía como un ceporro en la habitación de al lado ajeno a todo, a él qué le iba a importar. Los chicos, decía también papá, raramente se ven "abocados hacia una pubertad precoz", como sí que sucede al parecer con nosotras. Lo que yo sí que sé es que ellos son más simples para todo, eso seguro, y que cuando a mi hermano se le despertase lo que se le tuviera que despertar, aquello le iba a pillar más de sorpresa que a mí, me juego el cuello.

Me aseé y busqué la cajita de los salvaslips que mamá ya me había enseñado en más de una ocasión "por si las moscas", de manera que una vez limpia y seca me fui a su habitación para tratar de despertarla sin demasiados sobresaltos y avisarle de lo que por fin acababa de suceder. Tranquila mami, no pasa nada, es que ya la he tenido - le iba a decir -, pero al acercarme a la cama descubrí que estaba vacía y todavía sin deshacer, y ni rastro de papá y mamá.

Entonces me acordé de la noche que era, que ya lo había olvidado con los nervios y la novedad de mi nueva experiencia, y pensé que era muy raro que no se hubieran acostado todavía, con lo que insisten en que nos vayamos todos prontito a la cama antes de que se líe la que se lía, que si no nos podemos quedar sin regalos. Así que opté por dirigirme al salón a ver si es que se habían quedado, como tantas otras noches, dormidos en el sofá, imagínate el panorama, con los otros tres a puntito de llegar.

De repente escuché ruidos extraños y me dije... ostras, ya están aquí, seguro que son ellos, van a pillar a papá y a mamá levantados y no nos van a dejar nada, me voy corriendo a la cama y me hago la dormida, más dormida que el ceporro de mi hermano, que ese sí que no se entera de nada, el tío, hay que ver cómo ronca, y que sea lo que Dios quiera, a ver qué voy a hacer.

Pero esa noche, no sé si empujada por la "pubertad precoz” o vete tú a saber por qué, la curiosidad pudo más que la prudencia y me deslice sigilosamente por el pasillo, otra vez alterada y nerviosa más que asustada, para asomarme con cuidado a la puerta del salón, sintiendo cómo se aceleraban los latidos de mi corazón de manera incontrolada.

No fue hasta que al fin sorprendí a papá cortando con esmero el papel de regalo para envolver la caja de la Wii, la que me había pedido, que fui del todo consciente de que, ahora sí, emprendía una nueva etapa en mi vida: había comenzado a hacerme mayor.

lunes, diciembre 14, 2009

Relatitos: (12) Infancia

El pasado viernes, mi admirado tocayo Mariano Zurdo presentó en sociedad sus “Relatos metropolitanos”, un fantástico y original libro de relatos escritos en el metro y, algunos, sobre el metro. Como el muchacho pidió a la gente que, por favor, acudiera al acto en transporte público y que escribiera algo durante el trayecto y yo no pude ir, le mandé lo que yo llamo un RMEMM, es decir, un "Relato Metropolitano Escrito a la Manera de Mariano". Dice así:

Infancia

Llegué, como de costumbre, corriendo a todo correr al andén de la estación, camino del trabajo, para que una vez más se me cerraran las puertas en plenas narices, teniendo aún tiempo de percibir, eso sí, la maliciosa sonrisa burlona del afortunado y puntual pasajero que observaba mi carrera desde dentro del vagón.

Cabrón, pensé. Y estoy seguro de que sólo lo pensé y no lo dije, porque no tengo costumbre de pronunciar tacos, aunque reconozco que sí, que los pienso a menudo, pero claro, no es lo mismo.

Que me senté, en fin, resignado en el banco del andén, como Penélope pero sin abanico, a la espera de la llegada de un nuevo tren mientras que en el cartel anunciador del próximo metro decía bien clarito:

Próximo tren llegará en... 5 minutos.

Decidí, en consecuencia, que había tiempo más que suficiente para abrir el libro y continuar la lectura abandonada la noche anterior, así que lo dicho, me puse a leer, pero lo que recuperé de la noche anterior más que la lectura fue el sueño. Y es que el madrugón de los lunes no acostumbra a sentarme por regla general demasiado bien, la verdad sea dicha.

Desperté del duermevela sobresaltado por el pitido del tren que recorría la línea en dirección contraria y con la sensación de haber dormido un buen rato. Observé de nuevo el cartel y vi que ahora ponía:

Próximo tren llegará en... 8 minutos.

Joder, pensé – ya digo que pensarlos, los pienso a menudo – ¿cómo es posible, si antes ponía, si no recuerdo mal, cinco minutos? Se me va a hacer tarde...

Con las prisas del lunes había dejado olvidado el reloj en la mesita de noche, ya que acostumbro a quitármelo para ir a dormir porque mi mujer me dice que se le engancha la correa en la bragas. Pues quítate tú las bragas, le digo yo a ella, pero al final soy yo siempre el que acaba cediendo con lo del reloj.

En semejantes pensamientos interiores andaba enredado cuando vino a vencerme de nuevo la modorra, que ya digo que los lunes yo no soy nadie. Esta vez sí que sí, debí de quedarme profundamente dormido, porque después de soñar y todo con viejas estaciones de metro como las que acostumbraba a recorrer durante mi infancia, al despertarme puede percibir cómo el caballero que había sentado a mi lado me miraba de soslayo con cara de estar pensando en que hay que ver cómo roncas..., machote.

Próximo tren llegará en ... 60 minutos.

¡Imposible! No tenía ni idea de cuánto habría podido dormir, pero vamos, quedaba bien claro que el luminoso estaba estropeado. ¿Cómo iba a faltar cada vez más tiempo y, sobre todo, cómo iba a tardar el metro en llegar nada menos que una hora sin que nadie se hubiera dignado a avisarnos de la supuesta avería? Tampoco te creas que le di demasiada importancia al asunto, tal era mi estado de somnolencia. Así que nada, opté por tratar de acoplar mi anatomía al incómodo banco para en seguida notar como el cuello se me vencía, ahora a derecha, ahora a izquierda. Los párpados cerrados fueron los que debieron dar el pistoletazo definitivo de salida al profundo sueño.

Empecé a usar el metro desde bien pequeño para ir al cole. Tomaba la línea 4 en Velázquez y de ahí hasta Bilbao para hacer trasbordo a la línea 1, con dirección a Plaza de Castilla. Me divertía poniéndome a prueba a ver si era capaz de recitar de memoria por fin toda la línea 1, pues Nueva Numancia no me acababa de entrar en la cabeza. Pronto me acostumbré a aquel olor permanente a humedad y a cerrado y, sobre todo, a que tenía que tener cuidado para no introducir el pie entre coche y andén. Jugaba a quitar la tilde al “andén” de los carteles que advertían de tal peligro en cada puerta para ver si la frase seguía teniendo así sentido. Descubrí también que había señores con bigote y gabardina que usaban colonia barata y que se arrimaban a las señoras más de lo normal, e incluso también a los niños, cosa a la que por aquel entonces yo no daba demasiada importancia pero que después, ya más mayor, sí me ha dado qué pensar. Supe que había estaciones fantasma que te podían sorprender a mitad del túnel, y yo al pasar abría mucho los ojos a ver si podía distinguir al hombre de los ojos en blanco y el rostro pálido, que según contaban los chicos mayores del cole, esperaba sentado en el andén, como yo esperaba ahora dormido, dormido profundamente.... ¡Despierta, niño!, oí decir a alguien.

Próximo tren llegará en.... 30 años.

Me sobresalté al descubrir que aquella mañana mamá me había plantado otra vez los odiosos pantalones cortos.

jueves, julio 30, 2009

Relatitos: (11) La naranja (tercera parte)

Pincha aquí despacito para leer la primera parte y aquí, también despacito, para leer la segunda..

Resumen de lo publicado: Una naranja con una pinta que te cagas echa a rodar desde un autobús y acaba corre que te corre Castellana abajo, perseguida por quien hasta entonces era su dueño y propietario, el protagonista de esta historia. Al llegar a la altura de El Corte Inglés, en plena temporada de rebajas y con el anuncio de Carlos Baute de fondo, una moza que va de paquete en una Yamaha engancha el cítrico con la mano con sorprendente habilidad y sale pintando Joaquín Costa arriba. Nuestro hombre toma un taxi para perseguir a la moto, pero el taxista, incrédulo él, no se traga la historia de la naranja y se piensa que lo que pasa es que al tipo le gusta la chavala, quien, dicho sea de paso, va con el triángulo sacro al aire debido al bajísimo talle de sus pantalones. Este detalle erótico-festivo es lo que hace que el taxista se pegue como una lapa y no sin peligro a la Yamaha, pero aún así el motorista consigue despistar de un acelerón al taxista, con lo que nuestro hombre da por perdida a su naranja y rompe a llorar. Emocionado, el taxista toma conciencia de la situación y, arriesgando la vida, da otra vez alcance a la moto para ver cómo ésta gira y toma la Carretera de Barcelona dirección Barajas. Tras ser testigos del cambio a rojo del semáforo, taxista y propietario de la naranja optan por seguir a la moto pase lo que pase, y entonces...

¡CATAPLAFFFFF!

La brusca maniobra del Skoda Octavia, saltándose el semáforo del cruce de la Avenida de América para tomar la Carretera de Barcelona, provocó el choque en cadena de al menos cinco vehículos (de ahí lo de las cinco efes de “cataplafffff”, que todo tiene su porqué) que circulaban por la calle de María de Molina ajenos todos ellos a la peligrosa persecución.

- ¡Serán patosos...! Luego me echarán la culpa a mí – se me excusa el taxista.
- Pues el golpe ha debido ser de órdago, a juzgar por el humo – le digo.

Pero a lo que íbamos, que nos pusimos una vez más a tiro de piedra de la Yamaha, envalentonados y decididos a llegar hasta el final si hiciera falta, y el final en este caso, teniendo en cuenta la carretera por la que circulábamos, no era otro que, en efecto, la ciudad de Barcelona. Y el caso es que una vez superado el desvío hacia Canillejas, habiendo dejado a la derecha la redacción de los diarios ABC y La Razón (a la derecha porque están situados ahí teniendo en cuenta la dirección en la que vamos, no por otra cosa), el taxista de pronto cambió de tema, pensé yo que inspirado por la vista de ambas sedes periodísticas:

- Sabrá usted lo que es el APC, ¿no?
- Sí claro. Aunque yo soy más lector de El País o incluso, si me apura, de El Mundo de Pedro J., la verdad sea dicha.
- No, si digo el APC, no el ABC. El Área de Prestación Conjunta.
- Ah, pues no. Me temo que no.
- Verá, le estoy tomando a usted cariño, le voy a confesar, pero ello no le exime de tener que abonar mi regreso a casa si, como parece, nos salimos de la citada área que, ya le informo, finaliza una vez dejemos atrás la localidad de San Fernando de Henares.
- ¡Córcholis!.
- Por no hablarle del suplemento a aplicar de 5,50 euros en el caso de que nuestro destino sea el aeropuerto de Barajas, le anticipo.
- ¡Recórcholis!

Y en tales disquisiciones tarifarias estábamos cuando pareciome observar que algún pequeño objeto salía despedido de la moto y... ¡clonck!, golpeaba con violencia contra el parabrisas delantero del Skoda Octavia, un objeto anaranjado...

- ¡No puede ser! ¡No la habrá tirado, la tía! – exclamé.
- ¿El qué? – dijo el taxista.
- ¡La naranja! ¡Me temo que nos ha golpeado en el cristal!
- ¿La naranja? ¿Pero entonces era verdad lo de la naranja?
- ¡Pues claro que era verdad! ¿Qué se había pensado, que soy capaz de perder la cabeza por un triángulo sacro? ¡Mi naran...!

Entonces un nuevo “clonck” en el cristal me sacó de la angustiosa duda y pude comprobar cómo un segundo trozo de la lustrosa piel del cítrico golpeaba de nuevo contra el parabrisas, dejando un pegajoso reguerillo cual si nos hubiera defecado encima algún grácil estornino o un más común gorrioncillo.

- ¡Horror! ¡La está pelando!
- ¡Qué cochina!, esas cosas no se tiran a la calzada en plena marcha.
Clonck
- ¡Haga algo, señor taxista! ¡Se la va a comer!
- No se preocupe jefe, hay tiempo más que suficiente.
Clonck
- No, no; me temo que no nos queda mucho tiempo, la tiene casi peladita ya.
- Que sí jefe, que hay tiempo, que se tiene que quitar el casco y todo, si no ya me dirá cómo se la va a meter en la boca.
Clonck
- Dígame un cosa, ¿tiene usted familia?
- No jefe, estoy solo en el mundo.
Clonck
- Ya somos dos. ¿Y seres queridos?
- Mi dedicación al taxi no me lo permite. Exceptuándole a usted que, ya le digo, le estoy cogiendo cariño. ¿Y usted, tiene seres queridos?
- La naranja nomás.
Clonck
- ¿Entonces los dos estamos preparados?
- Preparados. No tenemos nada que perder.
- ¡Cuidado, que parece que aminora la marcha para quitarse el ca.......TACLONCK!
- ¿Qué ha sido eso ahora?
- ¡El casco!, que se le ha caído y nos ha golpeado en el cristal. Ay que se la zampa... ¡Es el final!
- ¿Embisto pues, jefe?
- ¡Síiiiiiiiii!

¡COTOPLOOOOOOOOOOOOOF!

.. y entonces alguien dijo aquello de “¡corten!, ¡corten!”, pero ya todos los actores (la naranja, la pedazo de naranja peladita y todo, el maromo, la chica, el taxista y yo) estábamos espachurraditos y convertidos en sabroso, vitamínico, y refrescante DON CHIMÓN, la mejor elección, puro zumo de naranjas recién exprimidas, hecho con naranjas frescas españolas con su pulpa natural y todo y rico en vitamina C.

FIN

AGRADECIMIENTOS POR SU PARTICIPACIÓN
Y COLABORACIÓN EN LA REALIZACIÓN DE ESTE SPOT :

Cooperativa del Taxi de Madrid
Motos Yamaha
Skoda Automóviles
Real Madrid F. C.
El Corte Inglés
Carlos Baute
Empresa Municipal de Transportes (EMT)
Belén in red (por su aportación al esclarecimiento del verdadero significado y ubicación del triángulo sacro y los hoyuelos de las sacroilíacas)
Cadena COPE
MARCA
ABC
La Razón
Zara (Sección Pantalones de Talle Bajo)
Sociedad Española de Ornitología (Sección Estorninos y Gorriones)
Y a todos cuantos lectores hayan llegado hasta aquí, si es que hay alguno que ha llegado, siguiendo el accidentado periplo de la naranja, la pedazo de naranja.

(Una vez abierto conservar en el frigorífico. Agitar antes de servir)

lunes, julio 27, 2009

Relatitos: (10) La naranja (segunda parte)

Pincha aquí despacito para leer la primera parte.

Resumen de lo publicado: Sucedió que un lunes cualquiera iba nuestro hombre al trabajo en el autobús cuando de repente se le volcó la bolsa de la comida, y la naranja, la pedazo de naranja que llevaba dentro para el postre, echó a rodar y salió por la puerta del autobús en dirección a la calle, en pleno Paseo de la Castellana, a la altura del Bernabéu. Allí, un tipo que iba leyendo el MARCA le arreó tal patada que ni el mismísimo CR9, y la naranja echo a rodar por el carril bus Castellana abajo con nuestro hombre detrás, a la caza y captura. Después de pasar por increíbles vicisitudes y peligros fueron a detenerse, la naranja primero y nuestro hombre después, frente al cartel de publicidad de El Corte Ingles, en plenas rebajas. Entonces, cuando parecía sonar de fondo la suave y pegadiza melodía de Carlos Baute...

¡BRRRRRRRRRRMMMMMMMM!

¡La moto! La puñetera moto Yamaha FJR 1300 AS se me cruzó por delante de las mismísimas narices al ir a agacharme ya sin resuello para recuperar mi anhelado postre, y a punto estuvo de espachurrarnos a ambos, objeto perseguido y sujeto perseguidor. Sin embargo, el hábil conductor logró esquivar ambos obstáculos sin apenas reducir la marcha, y cuál fue mi sorpresa al contemplar cómo en un alarde de acrobática y casi circense habilidad, la ágil y esbelta muchacha que viajaba como “paquete” desabrazose del maromo conductor y extendió su brazo izquierdo para atrapar el cítrico, continuando la Yamaha su camino para tomar dirección hacia la Avenida de América, es decir, Joaquín Costa arriba, dejando ya el Paseo de la Castellana.

- ¡Taxi, taxi!

Quién me iba a decir a mí que una situación de tanta emergencia y de tan incierta resolución, como era en definitiva la de la cada vez más cercana pérdida de mi añorada naranja, iba a suponer sin embargo que se viera hecho realidad uno de los sueños que de niño siempre tuve, que no era otro que el de poder espetarle a un taxista, poniendo cara de interesante, aquello que tantas y tantas veces había oído en las películas:

- ¡Siga a esa naranja!, digo..... ¡siga a esa moto!
- ¿Cómo dice, señor?
- ¡Digo que siga a esa moto, la de la naranja!
- ¿A que moto se refiere? Yo no veo ninguna moto naranja.

Tras hacerle al taxista un breve resumen de lo ocurrido para que se aclarara de una santa vez (véase el "Resumen de lo publicado"), conseguí que éste se pusiera por fin a rebufo de la Yamaha - que ya subía por Joaquín Costa a todo trapo - a regañadientes primero, pero complaciente después una vez que se hubo percatado de la ajustada indumentaria que tenía a bien lucir la ágil “señorita paquete”, cuyos pantalones de talle bajo, por no decir bajísimo, dejaban a la intemperie lo que en lenguaje científico viene a denominarse “triángulo sacro” y a conocerse en lenguaje metafórico sencillamente como “hucha”.

- Así que una naranja, ¿eh pillín? Qué pasa, que le pone la chavala, ¿no?

Por no ponerme a discutir y arriesgarme a que el taxista no quisiera participar en la persecución, opté por decirle que sí, que estaba bien buena, y el tipo pareció darse por satisfecho con mi nueva versión. Y satisfecho también con la panorámica al parecer, porque pegaba el morro del taxi tanto tanto a la rueda trasera de la Yamaha que a punto estuvimos al menos en un par de ocasiones de tragarnos enterito el sacrosanto triángulo de la moza.

- ¿Pues sabía usted que esos pantalones son malísimos para la salud?
- Desde luego, si no se separa un poco usted de la moto ya lo creo. ¡Nos la vamos a pegar gorda!
- No hombre, no, no se preocupe que está usted en manos de conductor experimentado. Lo contaban el otro día en la COPE. Me refiero a que al ir tan ceñidos a la altura de la caderita pueden llegar a estrangular un nervio que hay por ahí, provocando una sensación de adormecimiento en los muslos que se conoce con el nombre de parestesia. ¿No ha oído usted hablar de ello?
- Pues no. Si le digo la verdad no. No suelo escuchar la COPE... ¡Cuidado!

Mi grito de alarma hizo que el taxista pegara un brusco frenazo en mitad del túnel de Joaquín Costa, que si bien provocó que mi frente fuera a rebotar contra la parte trasera del reposacabezas del conductor, al menos evitó, y ése era su propósito, que el Skoda Octavia del taxista se fundiera en un solo cuerpo con la Yamaha del maromo, con lo cual ya me di por satisfecho. Sin embargo, y ante tal despropósito, el motorista pareció apercibirse de nuestras erótico-festivas intenciones - bueno, las mías en realidad no, las mías eran sencillamente gastronómicas - y arreole tal acelerón a la Yamaha que en un abrir y cerrar de ojos desapareció de nuestro campo de visión perdiéndose entre coches y autobuses, de manera que desde el cruce con López de Hoyos hasta la Avenida de América llegué a dar definitivamente por perdida mi naranja.

- ¡Me cago en la leche!... snif.
- No se vaya usted a poner a llorar hombre, que se me llevan los demonios...

El caso es que otra cosa no, pero perseverante a la par que sensiblón resultó ser un rato el taxista, con lo cual tras realizar el tío un par de maniobras altamente peligrosas imbuido por la visión de mis lágrimillas, tuvimos todavía tiempo para observar cómo moto, maromo, naranja y muchacha, esta última con su hucha y todo, giraban a la izquierda y tomaban dirección Barajas enfilando la Carretera de Barcelona.

- ¿Los sigo, jefe? – me dice el taxista contemplando cómo irremediablemente el semáforo se nos va a cambiar de color en las mismas narices.
- ¡Adelante! – alcanzo a contestar con determinación y gesto heroico secándome el lagrimal, siendo testigo de cómo la luz del semáforo luce no ya roja, sino más bien colorada como un tomate.

¡CATAPLAFFFFF!

(continuará)

jueves, julio 23, 2009

Relatitos: (9) La naranja (primera parte)

Joder, si es que la miro y la remiro y me da la sensación de que va a reventar en cualquier momento..., ¡qué pedazo de naranja!

Llevaba un lunes cualquiera en la bolsa de la comida una naranja con una pinta estupenda, de esas que van del-árbol-a-su-mesa, y al subir al autobús nº 147 camino de la oficina, coloqué la bolsa con el tupperware, los cubiertos, la servilleta y la pedazo de naranja en cuestión entre las piernas, pero en una maniobra brusca del conductor la bolsa zozobró. Quiso la mala suerte que hubiera cogido sitio frente a la puerta de salida, y claro, debido a una ligera inclinación lateral que adopta el autobús, no sé por qué, cada vez que se detiene, resulta que la naranja, la pedazo de naranja, echó a rodar hacia la puerta justo cuando ésta se abría, que ya es fatalidad, de manera que el apetitoso fruto dio a parar con sus gajos en pleno Paseo de la Castellana. A la altura del Bernabéu, para más señas.

Mi primera reacción fue cerrar los ojos y decir “hostias”, pero la segunda, ágil y rápida, fue pegar tal brinco que en un abrir y cerrar de ojos me planté con decisión en la calle antes de que el bus cerrara las puertas y arrancara, aunque faltaran todavía para mi destino por lo menos siete paradas más, dirección Castellana arriba. Entonces fue cuanto aquel transeúnte que caminaba Castellana abajo leyendo el MARCA arreole a la naranja un puntapié de los que hacen historia, no sé si por hacerle los honores al futbolístico paisaje que le servía de fondo o porque sencillamente no se dio ni cuenta del paso del cítrico, rueda que te rueda, por delante de sus mismísimas narices, estando como estaba absorto en la lectura.

De nuevo grité lo de “hostias” y eché a correr también yo Castellana abajo sin que el tipo del MARCA se inmutara ni lo más mínimo ante mi reacción, transformándose para mí el carril bus por el que ahora rodaba a toda prisa la naranja, toda golpeadita la pobre, en improvisada calle como si de una prueba de velocidad se tratara, tal era mi acelerada persecución del jugoso y travieso cítrico al que ya me parecía verle hasta patitas, de lo jodidamente deprisa que corría en sentido contrario al de mi dirección original.

- ¡Hostias, el 27!

Para toda aquel que no frecuente la concurrida zona en la que vienen transcurriendo los imprevistos acontecimientos hasta el momento relatados, podrán resultar absurdas y enigmáticas mis exclamativas palabras. Pero no, no lo son en absoluto, porque al avanzar tanto la naranja como servidor por el carril bus en dirección contraria a la que habitualmente lo hace el transporte municipal, quiso el destino o la fatalidad (o sencillamente, qué coño, que era lo lógico) que un autobús de la línea 27 - de esos dobles que son enormes - acabara apareciendo dirigiéndose hacia nosotros y ocupando todo el estrecho carril bus. Fue levantar la cabeza y verlo venir y adueñose por un momento de mi la misma sensación que se tiene (o que se tendrá, digo yo, porque a mi nunca me ha pasado) cuando se está atado en una vía y el tren se acerca chufla que te chufla sin posibilidad de que ni persona ni máquina se echen a un lado para evitar la desagradable y sangrienta tragedia, con el agravante en este caso de que los implicados en el choque habrían de ser tres: máquina, persona y naranja.

Pero la suerte parecía estar ahora de nuestro lado, de manera que la naranja pasó como si tal cosa por debajo del autobús nº 27, continuando su recorrido Castellana abajo, mientras que yo... yo no pasé por debajo, pero mis todavía admirables reflejos permitiéronme completar un ágil y brioso salto hacia mi derecha en el momento oportuno, para dejar paso al vehículo y recuperar a continuación el carril ya expedito, emprendiendo de nuevo la sudorosa y acalorada persecución interrumpida.

Insistiendo en que habrá quien no conozca el camino del que tanto la naranja como mis aceleradas piernas habían dado a estas alturas buena cuenta, detallaré que una vez recorridos unos novecientos setenta y cinco metros desde el referido estadio madridista, siempre, ya digo, Castellana abajo, cualquier objeto rodante acabaría por atravesar, si no se topa antes con ningún obstáculo imprevisto, el que sin duda es uno de los pasos de peatones más concurridos de la ciudad: el de El Corte Inglés.

Así que al observar, vista al frente, al final del recorrido las numerosísimas piernas que pisoteaban las franjas blancas del paso de peatones hacia el que irremediablemente la naranja se dirigía a toda velocidad, no me quedó otra que volver a exclamar “hostias” y apretar los dientes - primero exclamar y luego apretar, que las dos cosas a la vez no se puede – echando el resto en el acelerón final para agarrar la fruta antes de ser ésta vilmente pisoteada por culpa, en definitiva, de las rebajas de verano de los susodichos almacenes.

Pero no. Por suerte una vez más, la naranja alcanzó el peligroso paso justo cuando el semáforo se cerraba al tránsito peatonal y se abría, por consiguiente, a vehículos y naranjas o a cualesquiera otros objetos rodantes que en aquel momento tuvieran a bien circular por el Paseo de la Castellana abajo, tales como sandias, melocotones o incluso aceitunillas, por qué no. Y fue en ese preciso instante, al atravesar el paso de peatones, cuando finalmente la naranja fue poquito a poco aminorando su marcha, quizás debido a la propia pérdida de inclinación del carril bus, o a un cambio brusco en la dirección del viento, o al mismo cansancio del cítrico, o yo qué sé a qué, pero el caso es que al final se detuvo, todo lo gordita que era, todavía la mar de apetitosa ella pese a los avatares sufridos, bajo el puente de Raimundo Fernández Villaverde. En plena sombra.

- ¡Dios mío! – llegué a pensar - ¿Se habrá detenido la naranja única y exclusivamente para contemplar el enorme cartel publicitario que adorna la fachada Este del centro comercial famoso allende los mares? ¿Tan sugerente y embaucadora resulta ser la imagen del sonriente Carlos Baute tomando por la cintura a dos muchachas de buen ver en biquini, todos cargaditos de bolsas, al tiempo que hasta de fondo parece oírse la consabida cancioncilla de “te envío poemas de mi puño y letra...", número 1 de los 40 Principales?

¡BRRRRRRRRRRMMMMMMMM!


(continuará)

viernes, junio 26, 2009

Relatitos: (8) Lío de fechas

Salí de la biblioteca tan contenta con mi libro entre las manos y emprendí directamente camino hacia el parque más cercano con la intención de sentarme en un banco y comenzar a devorarlo. El libro, no el banco, por supuesto. - ¡Joder! - dije en voz alta - ¡por fin lo pillo!...

Llevaba detrás de él un par de años, y no había manera.

Me lo había recomendado una antigua profesora que tuve en una academia del barrio de Tetuán, justito detrás de la Plaza de la Remonta, en la que durante 2007 hice el curso de Decoración e Interiorismo que acabó por cambiarme la vida. Resulta que al poquito de terminar el curso fui contratada, gracias al contacto de una amiga - y también a mi buena pluma, todo hay que decirlo -, como directora de contenidos de la web “DECOCINAPUNTOCOM”, especializada, evidentemente, en decoración y en mobiliario de cocinas. Gracias a ello pude abandonar mi anterior ocupación de diseñadora de figuritas, velitas y otros complementos de repostería, en la que llevaba ejerciendo más de quince años, ridículamente retribuida pese a haberme especializado como me había especializado en la creación de muñequitos para tartas nupciales, que siempre, quieras que no, tienen más tirón.

Me venía además de perlas el paseíto hasta el parque para poder abstraerme por unos instantes del problema que me traía desde hacía días de cabeza, consistente en cómo narices instalar en una cocina de menos de doce metros cuadrados un horno de doble función, un novedoso modelo con dos cavidades diferenciadas e independientes que permiten cocinar sendos platos a la vez sin que se produzca lo que técnicamente denominamos en la profesión como “batiburrillo de olores y sabores”, lo cual resulta de lo más desagradable, imagínate el panorama.

El libro se titula, no lo he dicho, “El quid de la cocción”, y resulta ser – lo aclaro para quienes no sean entendidos en la materia – el principal tratado y autoridad en lo que a cómo distribuir los electrodomésticos en una cocina respecta. Que si no hay mejor sitio para la nevera que el rincón que menos estreche el paso; que si nada mejor para el lavavajillas que la pared en la que nunca pega el sol directamente; que si la línea de trabajo jamás debe estar dividida en dos partes, y menos enfrentadas la una a la otra...

Teniendo como tengo la... costumbre – iba a decir “fea”, pero fea tampoco es, qué leches – de cotillear, cada vez que saco un libro de la biblioteca, las sucesivas fechas que quedan reflejadas en el papelito destinado a que los sucesivos usuarios sepan cuándo tienen que devolver el ejemplar si no quieren ser sancionados con la retirada del carné por un tiempecito, que a mi me ha pasado unas cuantas veces, me resultó extraño observar que la fechas de las últimas devoluciones eran “24 oct 1987” y “20 feb 1990”. Y luego nada.

Lo primero que se me ocurrió – despierta que es una – fue consultar la fecha de edición del libro, pues deduje por lógica que un manual de tales características, para ser recomendable como lo era éste, no debería tener más de diez o doce años a lo sumo. Y es que los diseños de cocina se pasan de moda con sorprendente rapidez y facilidad, no te imaginas cómo, y está bien que así sea, porque ello asegura precisamente la continuidad y la rentabilidad de nuestro trabajo.

“Primera edición: enero 2006”, decía una línea más abajo de la que anunciaba el nombre del ilustrador de la cubierta, dato este último que también llamó mi atención, un tal Espotorno Deleña, con el apellido, eso sí, escrito sin hache intercalada entre la “t” y la “o”, como hubiera sido de esperar.

- ¿Cómo es posible? - me dije - ¡Aquí hay gato encerrado! No tanto por lo del nombrecito del ilustrador y por lo de la “h”, que también, sino, sobre todo, por lo de las fechas. Y de inmediato eché a correr calle abajo de vuelta a la biblioteca.

- ¡Señorita! – le dije al llegar a la bibliotecaria poniendo el libro sobre la mesa y con gesto desafiante, no sé por qué, porque tampoco era para tanto – ¡Aquí tiene que haberse producido un error en las fechas!
- Disculpe - se excusó. - En efecto, ha debido de producirse un error. Ahora mismo lo soluciono.

Dicho y hecho. Con extremada tranquilidad y sin mostrar la más mínima alteración en su rostro, la bibliotecaria agarró el libro ante mi actitud incomprensiblemente chulesca y violenta, se ausentó con él bajo el brazo unos segundos, no más de quince, y regresó con las manos vacías pero, eso sí, con gesto y aspecto rejuvenecidos.

- Asunto solucionado – concluyó.

Y así ha sido cómo finalmente he regresado a mi antiguo trabajo, tras aceptar que el mundo del diseño y la decoración de cocinas no era lo mío. El caso es que ahora mismo estoy diseñando un vestidito de novia comestible, una reproducción en miniatura de un diseño italiano en raso y organza, modelo Velina, que va a ser la sensación de la próxima edición de la Feria de la Pastelería Nupcial y Complementos (FEPANUC’94), a la que espero asistir si las fechas me lo permiten.

A las fechas de celebración del evento me refiero, claro.

martes, marzo 10, 2009

Relatitos: (7) El tipo que lleva siempre consigo un osito de peluche

Coincido con él prácticamente a diario en la parada del autobús. Supongo que por eso se ha convertido en una de esas personas con las que nunca sabes si entablar conversación o no, porque, pese a no conocerlas en realidad de nada, acaban resultándote familiares de tanto verlas.

Al principio no había caído en ello porque, a decir verdad, apenas había reparado en su presencia. Pero un día se lo vi..., el osito de peluche.

Desde entonces no le quito ojo. Lo lleva siempre sujeto de la misma curiosa manera, entrelazando los dedos de una y otra mano, todos menos los pulgares, y formando una especie de cunita con las palmas mirando hacia arriba, de manera que con los dos dedos que le quedan libres, los pulgares, se dedica a acariciar suavemente la cabeza del peluche, en un gesto que parece provocar en él - en el tipo, no en el osito - una agradable sensación de relajación.

El caso es que a mí la curiosidad me come, pero claro, tampoco es cosa de acercarse al tipo, sin conocerlo realmente de nada, y decirle... “señor, ¿a qué se debe que porte usted, un día sí y otro también, ese gracioso y tierno osito de peluche que tan delicadamente acaricia?” Lo normal sería encontrarse, y con razón, con que... “y a usted qué coño le importa”, contestación que uno, la verdad, casi que preferiría evitar.

Pues llegados a este punto, por lo que opto es por dar rienda suelta a mi imaginación mientras espero al autobús. Y así es como un día se me antoja que el tipo sufre, seguro, de mal de amores, que el osito viene a ser el recuerdo que quedó de las cenizas de una ardiente historia de amor y pasión que la rutina, como tantas otras, ha terminado apagando. Que ella se marchó un buen día sin decir adiós tras recoger todas sus pertenencias del apartamento, todas excepto el peluchito, que quedó olvidado en el cajón de la mesita de noche y que hoy es, para él, consuelo de su solitaria desesperación.

Un día le voy a preguntar...

Otra vez pienso que la cosa ha sido todavía más grave, e imagino que se trata de la mayor tragedia que uno puede vivir, porque es que no hay otra igual, que es la pérdida de un hijo, un pequeño que un día perdió la vida en terrible accidente y que continúa unido en el recuerdo a su padre gracias al suave tacto del osito que lograron recuperar de entre los restos del calcinado vehículo.

Y al final un buen día, no lo puedo evitar, voy y le pregunto: “Señor, ¿a qué se debe que porte usted, un día sí y otro también, ese gracioso y tierno osito de peluche que tan delicadamente acaricia?

Y entonces él va y me lo cuenta todo: “Verá, resulta que dejo a mi hija todos los días en la guardería a eso de las ocho de la mañana, antes de irme yo a trabajar, y ella acude tan contenta con su osito de peluche, el que le consuela por las noches para dormir, y es que no hay manera de que se separe de él. Pero da la casualidad de que una vez allí, en la puerta de la guardería, la señorita nos dice que no, que buenos días pero que no, que no se pueden traer juguetitos al cole porque luego los niños se pelean por ellos, o los rompen, o los pierden, y que claro, que el centro no quiere luego problemas con los padres, que hay que ver cómo son algunos padres, para echarlos de comer aparte, así que lo mejor es que el osito se lo lleve papá a casita y luego te lo trae, niña”.

“... Y mi hija se queda llorando, no lo puede remediar, porque piensa que el osita va a estar triste sin ella, pero yo le digo que no, que no se preocupe que yo me lo voy a llevar al trabajo todos los días y que voy a cuidar de él, y que conmigo va a estar la mar de contento porque, de alguna manera, yo también soy su papá”.

“...Y ya lo ve, acabo de dejar a mi hijita en la guardería hace cinco minutos y yo me llevo ahora el osito a la oficina. Y después, cuando vuelvo por la tarde a buscar a la criatura, no vea usted la alegría que le doy al verme aparecer con el osito y contarle que nos lo hemos pasado muy bien juntos. Y ella así es feliz y se queda contenta pensando en lo a gustito que el osito habrá estado con su papá”.

“Ah”, le contesto.

Y es que en ocasiones la pura realidad, por inocente y sencilla que resulte, supera con creces a la a veces caprichosa y retorcida imaginación. Dónde va a parar.

jueves, febrero 26, 2009

Relatitos: (6) El marcapáginas

A la bella muchacha, que paseaba practicando el difícil arte de caminar y leer a un tiempo, se le cayó algo por el camino. El marcapáginas, pensé, se le ha caído el marcapáginas, y me agaché a recogerlo.

“Señorita, se le ha caído...”

Se trataba, el original marcapáginas, de un liviano pétalo de rosa, con lo cual, en el momento en que fui a echarle mano, aquello salió volado impulsado por el viento y yo me fui detrás, perdiéndole el paso a la impasible muchacha, que continuaba su camino en dirección contraria, vaya por Dios.

Una vez recuperado el caprichoso pétalo, volví la vista hacia la muchacha y percibí, mientras sus andares se confundían entre piernas que iban y venían, cómo volvía a caérsele algo de entre las hojas del libro, y empujado por la curiosidad traté de recuperarlo una vez más abriéndome paso entre el gentío, para descubrir, no sin asombro, que esta vez se trataba... de un nuevo pétalo de rosa.

Vaya, qué curioso, pensé, a ver si en vez de los marcapáginas lo que está perdiendo es su colección de pétalos. Debería tratar de advertirle, no vaya a ser que tengan su valor, su valor sentimental más que nada, imaginé.

Y allá que me fui, primero a la caza y captura del caprichoso segundo pétalo para tratar de conseguir después llegar hasta la joven, cada vez más alejada de mi presencia pero todavía al alcance al menos de mi campo de visión.

Y una vez cumplida la primera parte de la misión, me guardé el par de pétalos en el bolsillo con sumo cuidado de no dañar las coloridas hojas y eché a correr, sorteando a la ciudadanía y recibiendo más de una mirada de reproche entre quienes, inevitablemente, resultaban golpeados en mayor o menor medida..., perdón, perdón, perdón.

Llegando estaba ya a la altura de la despistada lectora cuando observé que no sólo se volvía a repetir la historia una vez más, sino que por el camino se había ido produciendo un verdadero reguero de pétalos de rosa al paso de la muchacha, que continuaba leyendo y leyendo como si todo aquello que estaba sucediendo a su alrededor, mis carreras, el vuelo de los pétalos, el enfado de los transeúntes, en fin, todo, no fuera en absoluto con ella.

Y cuando ya por fin alcancé a tocarle el hombro para advertirle a la buena muchacha de todo cuanto había estado sucediendo y completar aquella primera frase que el viento había interrumpido: “señorita, se le ha caído...”, la lectora se volvió hacia mí observándome con mirada triste y ojos apagados, dedicándome lo que no sé si fue un gesto de cansancio o una tan rugosa como tierna sonrisa.

Decidí entonces volver sobre mis propios pasos para recoger y guardar en mis bolsillos la mayor cantidad de pétalos posible y dejar que aquella dulce anciana continuara, imperturbable, su camino.

viernes, diciembre 12, 2008

Relatitos: (5) El TMI

No te puedes fiar ni de tu padre en los días que corren. Cuando no es una cosa es otra. El caso es que se pasan la vida engañándote y no puede ir uno por la vida de bueno, porque te la dan con queso. Escuchen ustedes si no lo que recientemente me ha sucedido con el famoso Teletransportador de Materia Inerte (TMI).

Hace tiempo que vengo utilizando el artilugio para enviarle a mi prima la de Medina de Rioseco, provincia de Valladolid, los tomates que, previo encargo, compro para ella en el Mercado de Maravillas, en el que hay un puesto de frutas y verduras que deben traerlos de no sé qué pueblecito de Murcia, y el caso es que están para morirse. Vienen con una pegatina, en cada tomate, que pone SUPREMOS, y que debe indicar precisamente eso, que son el no va más.

Pues bien, en las últimas semanas ella venía insistiendo e insistiendo en que no, en que los que le he estado mandando son de lo más normalito e incluso diría que tirando a malos, y la primera vez digo, bueno, vale, a lo mejor no me di cuenta y se los mandé de otro tipo, pero la segunda es que puse especial cuidado, por no hablar ya de la tercera y de la cuarta. La cuarta, por ejemplo, pagué un pastón por ellos, a seis euros el kilo que estaban. Y además es que me asegura que le llegan con la pegatina de SUPREMOS, pero que de supremos nada de nada.

Así que al final me dije: tate, el problema va a estar en el TMI, que por lo que sea no debe recomponer como Dios manda en el Punto de Destino (PD) las moléculas, átomos o entidades cuánticas previamente descompuestas en el Lugar de Origen (LO). Tampoco es que yo sepa muy bien cómo funciona técnicamente el dichoso aparatito, pero deduzco que viene a ser algo así, que primero se descompone la materia en trocitos muy pequeñitos una vez situada ésta en el LO, y después se vuelve a recomponer en el PD, formando de nuevo el objeto tal cual era antes de la teletransportación, sin mutación alguna de características morfológicas, pero habiendo experimentado, eso sí, una espectacular modificación espacial.

Total que me fui a preguntarle a mi vecino, que sé que hace algo parecido con los calabacines, que en su caso se los envía a una tía que tiene en no sé qué ciudad del continente asiático para hacer puré, puré de calabacines, de qué va a ser si no el puré, y que al mismo tiempo recibe por idéntico sistema (el TMI) una serie de papayas, mangos y lichis de un tamaño más que considerable que he tenido ocasión de degustar y que no tienen comparación con los que se venden en el chino del barrio, dónde va a parar.

- Oye, ¿a ti te siguen llegando en condiciones las frutas que te envía tu tía la de Sri Lanka?
- De Kuala Lumpur. Me las envía de Kuala Lumpur, Malasia.
- Bueno, me da igual. ¿A ti te siguen llegando en condiciones las frutas que te envía tu tía la de Kuala Lumpur?
- Pues no; ahora que lo dices la verdad es que últimamente me llegan hechas una pena.

Así que atando cabos entre tomates, calabacines, papayas, mangos y lichis, llegué a la conclusión de que en este asunto del TMI había gato encerrado, y que no se trataba ya de que mi aparato funcionara mejor o peor, no, sino de que en algún lugar intermedio del proceso de teletransporte ocurría algún suceso ajeno al mismo que dificultaba, o mejor impedía, que mi prima la de Medina de Rioseco, provincia de Valladolid, recibiera los tomates ricos ricos y en condiciones, tal y como yo se los había mandado. Vamos, que algún listo se quedaba con la mercancía buena y daba el cambiazo por la mala, no sé si me explico, teniendo incluso cuidado y paciencia en volver a colocar la pegatina en cada pieza para que éstos parecieran los originales.

Con la intención de confirmar o descartar mi hipótesis de trabajo, ni corto ni perezoso decidí poner manos a la obra e iniciar la investigación, para lo cual no tuve más que colocar el gusano en el anzuelo y esperar a que picaran los peces. Y qué mejor que recurrir al sencillo truco de hacer una marca en la piel de cada tomate, una discretísima crucecita, que posteriormente taparía cuidadosamente con las pegatinas de cada una de las piezas, para que tampoco fuera a dar el cante y descubrírseme el pastel.

Así, realicé un último envío para llamar después de inmediato a mi prima, la de Medina de Rioseco, provincia de Valladolid, a ver qué había sucedido durante el teletransporte.

- ¡Prima!
- Dime, guapetón.
- ¿Los tienes?
- ¿El qué?
- Pues el qué va a ser, los tomates.
- Ahora mismito acaban de aparecer en el PD.
- ¿Y qué pinta tienen?
- Psche.
- ¿Llevan pegatinas?
- Afirmativo.
- ¿Y qué pone?
- ¿Qué pone dónde?
- Donde va a ser, en las pegatinas.
- SUPREMOS, como siempre.
- Coge uno, anda.
- ¿Uno cualquiera?
- Sí.
- Ya.
- Quítale la pegatina.
- Ya.
- ¿Qué hay debajo?
- Un tomate.
- Ya, pero digo que si tiene alguna marca. Una cruz.
- ¿Una cruz?
- Sí.
- No.
- ¡Me lo temía!

¿Ven ustedes lo del teletransportador? Pues así, con todo.

lunes, diciembre 01, 2008

Relatitos: (4) Actores en la cabeza

Siempre he odiado a Tom Cruise. De toda la vida. No porque me parezca un mal actor, que tampoco es eso, sino porque me da como... repelús. Esa es la palabra. “Temor indefinido o repugnancia que inspira algo”, dice el diccionario.

- A ti lo que te pasa es que le tienes envidia – me dice mi mujer.
- ¿Yo envidia de qué?
- Pues de que es guapo. Y de que ha estado con la Pe y con la Kidman. Sobre todo con la Kidman.
- ¡Vamos anda!, si es un canijo...

El fin de semana pasado le tocaba a ella escoger película, pues como matrimonio bien avenido que somos alternamos la elección, un sábado ella y un sábado yo, y fuimos a ver una de Tom Cruise. No se sabe si por lo del repelús o por qué, pero el caso es que a mitad de película comencé a sentirme mal, o al menos eso me pareció, quizás tratando de justificarme a mí mismo.

- Cariño, salgo un momentito al baño.
- Vale.

Sé que es de mala educación levantarse en mitad de la proyección, pero chico, no aguantaba ni un minuto más. Pese a mi extrema delicadeza y precaución, no pude evitar que mi sombra apareciera levemente en pantalla y, claro, rápido comenzaron a oirse silbidos y abucheos procedentes de los asientos traseros. “Que se los dediquen a Tom Cruise”, pensé. Así permanecí un buen rato fuera de la sala tomando el fresco hasta que se me pasó tanto el escalofrío que recorría mi cuerpo, consecuencia sin duda del repelús, como la sensación de ceguera que la luz del proyector había dejado impregnada en mis ojos. Ya con la excusa de evitar nuevos abucheos, no volví a mi localidad y esperé a mi mujer a la salida.

De regreso a casa en el coche, marido y mujer nos sumergimos, como es habitual tras cada sesión cinematográfica de fin de semana, en profundo y detallado análisis del largometraje visionado:

- Qué, ¿te ha gustado?
- Psche. ¿ Y a ti?
- Un coñazo. Ya sabes que a mí Tom Cruise...
- Ya.
- Pues eso, que el próximo finde toca la Jolie.
- ¿La Jolie? Sabes que no la aguanto.
- Pues es lo que hay.
- Pero si es todo huesos, hijo.
- Y qué más da, si luego le ponen el cuerpo de otra. A mi mientras enseñe los ojos....

En semejantes reflexiones nos hallábamos cuando de repente a ella va y le entra la risa floja, que no lo puede evitar.

- ¿Qué pasa?
- ¡Ay qué bueno, Manolo!
- ¿Se puede saber de qué te ríes?
- ¡Ay, que me meo! ¡No me había dado cuenta! – me dice señalándome la cara y sin poder dejar de reír.

Paro el coche en el primer sitio libre que encuentro y me miro en el espejo retrovisor, a ver qué cojones pasa.

- ¡La madre que me parió! ¿Qué es esto?
- ¡Es Tom Cruise, Manolo! Lo tienes grabado en la cabeza. Yo me parto.
- Pues a mi no me hace ninguna gracia. ¿Qué hace Tom Cruise en mi frente?
- Se ve que al levantarte en mitad de la peli y poner tu cuerpo serrano entre el proyector y la pantalla, la imagen se te ha quedado impregnada en la cara. Oye, qué curioso.
- ¿Impregnada has dicho? ¡No me lo puedo creer!
- Te está bien empleado, por molestar.

Continuamos el camino de regreso a casa y en cuanto abro la puerta me voy derechito al baño a mirarme en el espejo. Confirmación absoluta: es Tom Cruise, y no otro. Abro el grifo a toda presión y comienzo a echarme agua y más agua confiando en que aquella terrible imagen se borre, pero ni con jabón. Me ducho, me froto con alcohol de 96º, con desmaquillante, con disolvente, con aguarrás... y nada. Me voy a la cama con la frente roja e irritada, pero, eso sí, siempre con Tom Cruise.

- Mira que eres exagerado – me dice mi mujer al meternos en la cama. Ya se te irá quitando.
- Claro, como a ti no te ha pasado...
- Te recuerdo que fuiste tú y no yo el que se levantó en mitad de la peli. Yo esas cosas no las hago porque sé que molestan
- Ya, porque era Tom Cruise y te gustaba, que si no...
- Anda, anda, relájate y ven aquí, cariño, que hoy va a ser como si lo hiciera con...
- Olvídalo, que no estoy yo para fiestas. Me da repelús sólo de pensarlo.

Así pasé toda la noche y toda la semana siguiente, sin poderme quitar de la cabeza la imagen de Tom Cruise, literal y figuradamente hablando. Hoy sábado, una semana después, hemos vuelto al cine a ver una de la Jolie, y mi mujer se ha levantado en mitad de la peli:

- Cariño, salgo un momentito al baño.
- Vale.

Lo cierto es que no me he podido aguantar la risa floja cuando al regresar a casa me he dado cuenta de que los felinos y sensuales ojos de Angelina me miraban fijamente desde su frente. Es más, creo que por fin he superado el repelús y hasta diría que estaba especialmente excitado.

Esta noche hemos vuelto a hacer el amor después de una semana de huir de sus pretensiones. Ha sido una sensación diferente a otras veces, la verdad, como si todo fuera nuevo y nuestros cuerpos estuvieran aún por descubrir.

En cambio ahora, la llamada depresión post-coito está siendo también más acusada que nunca. Vuelvo a intranquilizarme y a sentir el repelús. Y es que no me puedo quitar de la cabeza qué coño estarán haciendo a estas horas Katie Holmes y Brad Pitt.

martes, noviembre 25, 2008

Relatitos: (3) Una comida desacertada

Después de haber engullido no sin cierta desazón - compensada esta última, eso sí, con un incontrolable apetito canino – las espirales con salsa bolognesa que había elegido como mal menor para mi primer plato, el camarero va y me planta encima de la mesa, aún sin haber dado cuenta del todo de la penosa pasta, el filete de ternera con patatas que ponía punto final a la parte más consistente de mi menú del día (“menú de lunes”, decía en la carta).

Tras pensármelo durante unos segundos con cara de bobo mientras contemplaba el plato recién servido, opté finalmente por requerir la presencia del camarero, y eso que soy, por naturaleza, pudoroso enemigo de reclamaciones.

- Camarero, por favor, ¿sería posible que me cambiaran el segundo?
- ¿Le ocurre algo a SU filete, señor?

Aquel tipo pronunció el SU subrayado de tal manera, o al menos así a mí me lo pareció, que ya di por descontado que mi petición iba a caer directamente en saco roto. Aún así, eché el resto en un último intento.

- Es que no me ha entrado por el ojo – me atreví a soltarle al descarado camarero, aludiendo así al melancólico aspecto de “suela de zapato” que presentaba aquella triste lonja de carne de oscura y chamuscada presencia.
- No se trata de que le entre a usted por el ojo, señor, sino de que su sabor le resulte lo suficientemente satisfactorio.
- Ya, pero....
- Ahora, si o que busca es experimentar nuevas sensaciones, allá usted con lo que se introduce por cualesquiera de las aberturas de su anatomía destinadas a otros fines - , me suelta en muy pedante, yo creo, no sé por qué me da, que con la clara y evidente intención de mofarse de mí.

Permanecí un buen rato sin reaccionar, como abstraído, contemplando MI filete como si quisiera, en efecto, comérmelo con la vista a ver qué resultado obtenía, y como ocurre casi siempre que me quedo a solas – o en compañía de MI filete en este caso, que viene a ser lo mismo – comencé a divagar y divagar.

La primera sensación que uno percibe es la del movimiento del párpado que, de manera incontrolada e involuntaria, reacciona tratando de cerrarse ante la presencia de un cuerpo extraño, aún antes de que se produzca el contacto entre la rígida ternera y la delicada y sensible pupila, y no te digo ya cuando éste, el contacto, se consuma. Con la glándula lagrimal segregando a pleno pulmón, la carne y el nervio, distribuidos a partes iguales en el filete, consiguen introducirse en el globo ocular. Y una vez allí, entre buenos humores que nada tienen que ver con la disposición de ánimo del comensal, sino más bien con líquidos vítreos y acuosos que protegen córnea y cristalino, el pedazo de carne alcanza finalmente el nervio óptico, capaz de convertir no sólo la luz, sino también todo filete que se precie – pese a que éste en concreto mucho no es que se precie - en meros impulsos nerviosos que recorren las neuronas camino del lóbulo occipital del cráneo de cada cual. Ya el último trago consiste en dejarse caer por el córtex visual o zona del cerebro que procesa la información que tiene que ver con aquél de los sentidos corporales que nos permite ir por la vida sin tropezar con los continuos obstáculos que ésta nos va deparando, esto es, la vista.

En estas divagaciones me encontraba cuando el simpático camarero me sacó del trance con un leve golpecito en el hombro.

- Qué, ¿al final no se va a comer el señor ese pedazo de filete?
- Pues mire, no. Mejor tráigame ya el postre directamente.

Eché una ojeada – esta vez en el sentido más realista de la expresión – al menú para ver las opciones posibles, y pese a que en otras circunstancias hubiese sido sin duda mi primera opción, descarté en esta ocasión la naranja así como cualquier variedad de mandarina o clementina como postre, pensando que, en el caso de que se volviera a repetir la ensoñación, aquello me iba a acabar escociendo más de la cuenta.

Y más incluso que la cuenta.

lunes, noviembre 17, 2008

Relatitos: (2) Corbatas

- Papá.
- Dime, hija.
- ¿Por qué te gustan tanto las corbatas?
- Huy pues no sé... porque me resultan un complemento la mar de variopinto y original.
- Ya, pero... ¿por qué no te las pones nunca?
- ¿No me las pongo?
- No, no te pones ni una.
- ¿Ni una?
- No. Tienes el armario llenito de corbatas, de todos lo colores, modelos y diseños, pero nunca te las pones.
- Es que.... bueno.... me producen cierta sensación de asfixia. Ésa es la verdad.

Tuve un día esta conversación con mi padre - lo recuerdo ahora - cuando no debía de tener yo más de nueve o diez años. No se lo preguntaba en realidad a él, sino a la imagen que de él me devolvía el espejo en el que se estaba afeitando. Aquella mañana en el espejo mi padre me pareció un hombre guapo y esbelto, y todavía hoy, veintitantos años después, lo sigue siendo. No ha sido nunca de manías, mi padre, pero ésa de las corbatas la tenía, y la sigue teniendo.

- Papa, y el día de mi boda... ese día... ¿te pondrás corbata?
- ¿El día de tu boda? Hija, pero si para eso falta muuuucho tiempo – dijo mi padre alargando mucho la “u”.
- Sí, ¿pero te la pondrás?
- Pueeees...
- Prométemelo, prométemelo. Prométeme que el día de mi boda te pondrás corbata.
- Vaaale. Te lo prometo. El día de tu boda me la pondré. Pero será la única vez en la vida que me la ponga.

Había olvidado por completo esta conversación, es más, ni siquiera había vuelto a reparar en la absurda manía de mi padre con las corbatas. Salvo el día en que Juan y yo nos presentamos en casa sin avisar.

- Papá, mamá, éste es Juan, mi novio.

Recuerdo que se miraron los tres con cara de tontos y sin saber qué decir, y yo, para romper el hielo, fui y solté lo de las corbatas.

- ¿Sabes? - le dije a Juan - A papá le encantan las corbatas. Papá, enséñale la colección que tienes.

Fuimos todos hacia la habitación de papá y mamá, y mamá abrió con decisión y orgullo la puerta del armario. Allí estaban todas, muchas más que la última vez que yo las había visto, y todas, todas con su precio y etiqueta, sin estrenar.

- Jo – dijo Juan.
- Y no sabes lo mejor - maticé yo -. No se ha puesto ni una en la vida.
- ¿Ni una?
- Ni una. Pero el día de nuestra boda se la pondrá. Me lo prometió de pequeña. ¿Te acuerdas, verdad papá?
- Sí.

Fue la única vez en estos veintitantos años que el asunto de las corbatas de papá volvió a mi cabeza. Tampoco esta mañana, en un día tan señalado, me he acordado de ello. Ni mientras me peinaban en la peluquería, ni cuando me han traído a casa el ramo de flores, ni al maquillarme, ni siquiera al ponerme el vestido... En cambio, en cuanto ha sonado el móvil de camino a la iglesia y he oído el llanto de mamá al otro lado, todo se me ha venido a la cabeza de golpe como si acabara de suceder. Incluso antes de que atinara a explicarme, entre sollozos, que la repentina muerte de papá ocurrida esta misma mañana había sido por asfixia.

martes, noviembre 11, 2008

Relatitos: (1) Personajes

Acontece a menudo en determinados parajes que las historias funden y encadénanse, de tal manera que se superponen las unas a las otras en ofuscado y embustero laberinto de engañosa y afable apariencia, cual suave celaje de nubes en limpio y trasparente cielo que jamás hiciera conjeturar perturbación alguna. Empero - ¡vive Dios! - barrúntase la tormenta.

Refiérome con tales parajes a tan magníficos como excelentes recintos ajardinados, concebidos para el esparcimiento y regocijo de infantes, otrosí de zangolotinos mozos, otrosí de ociosos ancianos apensionados, otrosí de lujuriosos y amancebados amantes, según se trate de una u otro tramo horario de infinible y fatigosa jornada.

Moran o deambulan tanto así en tales parques individuos que dan alivio a sus fatigadas posaderas en bancadas y otros asentamientos destinados a tales efectos, procediendo asimismo a ensimismarse dándose en prolongados instantes de solaz al provechoso pasatiempo de la lectura. Cosa ésta que está muy pero que muy requetebién.

Y otros los hay que no teniendo para sí libro o manuscrito alguno, optan por deleitarse con la contemplación de lectura ajena, deslizando sin recato alguno continuadas ojeadas de soslayo por encima de la hombrera de quienes actúan de aquella otra aclamada guisa, lo cual deriva en resultar la mar de molesto para estos últimos, dándose en sentir impúdicamente observados.

- Voto a bríos que bien me parece tal que a vuesa merced no acaba de deleitarle del todo la lectura que le ocupa. ¿No estoy en lo cierto?
- Psche.
- Antójaseme vuesa merced, por su parca respuesta, alma de escasos y renuentes vocablos, ¿no es tal que así?
- Así es.
- Y dígame, si platicar resultara de su agrado con tales antecedentes... ¿cuál es la causa o motivo de su desazón?
- Oiga, ¿a qué desazón se refiere?, no me toque las narices...
- Percibo, gracias a mi inclinación o gusto por la observación de comportamientos ajenos, que no hace vuesa merced sino numerar repetidamente y echar cuentas de las páginas que por leer le quedan antes de dar definitivo término a la obra que se trae entre manos, maniobra tal que, permítame que se lo apunte, no hace sino distraerle y apartarle la atención del contenido de la ficción en la que permanece sumergido, con el consiguiente detrimento, deterioro y menoscabo del placentero y racional pasatiempo literario que tiene a bien en practicar.
- ¿Y a usted qué coño le importa, si me gusta o no me gusta lo que estoy leyendo? ¡Haga el favor de dejar de cotillear por encima de mi hombro!
- ¿Cómo? ¿He de ser yo objeto de tal afrenta y he de reconocerme amancillado en semejante trance, sintiéndome como me siento victima de sus desairados comportamiento y actitud?
- Oiga, ¿qué dice? ¿Víctima usted de qué? No me toque los cojones...
- Trátase además vuesa merced, por si poco fuere, de persona mal hablada y de escasas entendederas, cuando es cosa sabida que la educación resulta de ser una gran virtud que debería tener en consideración y en alta estima todo caballero que se precie.
- Pero, vamos a ver, ¿quién se cree usted que es?
- Sepa vuesa merced, se lo diré de una vez por todas, que soy el creador o autor de la obra literaria que le ocupa.
- ¿Usted?
- Si, yo, Y no hay nada que en mayor medida pudiera mancillar mi honor de literato que un tal lector mezquino y falto de juicio, como ha demostrado ser vuesa merced. se comporte de esta guisa ante mi trabajada obra, en viniendo a despreciar con su actitud todo el insano y fatigoso trabajo que consigo lleva la afanosa y doliente actividad artificiosa de la creación literaria. ¡Lanzo aquí el mío guante y reto a vos en duelo por la inmisericorde afrenta acaecida! ¿Qué me dice?
- ¡Que quiere que le diga! ¡que es usted todo un personaje!

Entretanto, en bancada contigua a la referida en el reciente episodio, otro individuo aparentemente ajeno a tales sucedidos, a todas luces prófugo de su propia soledad, se recrea en sus ademanes no haciendo otra cosa que tomar notas y más notas de todo cuanto ha venido aconteciendo, con la única pretensión de convertirlo todo ello en literaria escena relatada, y a los dos tipos del parque, así como a sí mismo, en aquello que tanto ellos como todos nosotros - ¡oh admirados y pacientes lectores! - , nunca hemos dejado de ser en realidad: meros, baladís e insignificantes personajes.