Me sobresalté del sueño al notar en mi cuerpo una sensación extraña y húmeda, y me levanté al baño alterada y nerviosa, más que asustada. Mamá ya me había explicado algo temiéndose lo peor, porque estaba claro que durante el último año había experimentado, así lo decía papá, un "evidente desarrollo hormonal" y que más pronto que tarde tendría que suceder. Es que hoy en día, me explicaba mamá, la cosa ya no es como antes, dónde va a parar, yo no comencé a preocuparme por esos temas lo menos hasta los trece, pero ahora, ya ves tu amiga Clara, con diez añitos y ya. Y tú..., tú ya veras, tampoco vas a tardar...
Hacía frío, me asomé por la ventana pensando que ya había amanecido, pero qué va. El reloj decía que eran sólo las dos y cuarto. La tenue claridad que se deslizaba por debajo de la persiana semicerrada no era otra cosa que el reflejo de la luz de la farola sobre la nieve, que había empezado a cuajar en el alféizar de la ventana.
Mi hermano dormía como un ceporro en la habitación de al lado ajeno a todo, a él qué le iba a importar. Los chicos, decía también papá, raramente se ven "abocados hacia una pubertad precoz", como sí que sucede al parecer con nosotras. Lo que yo sí que sé es que ellos son más simples para todo, eso seguro, y que cuando a mi hermano se le despertase lo que se le tuviera que despertar, aquello le iba a pillar más de sorpresa que a mí, me juego el cuello.
Me aseé y busqué la cajita de los salvaslips que mamá ya me había enseñado en más de una ocasión "por si las moscas", de manera que una vez limpia y seca me fui a su habitación para tratar de despertarla sin demasiados sobresaltos y avisarle de lo que por fin acababa de suceder. Tranquila mami, no pasa nada, es que ya la he tenido - le iba a decir -, pero al acercarme a la cama descubrí que estaba vacía y todavía sin deshacer, y ni rastro de papá y mamá.
Entonces me acordé de la noche que era, que ya lo había olvidado con los nervios y la novedad de mi nueva experiencia, y pensé que era muy raro que no se hubieran acostado todavía, con lo que insisten en que nos vayamos todos prontito a la cama antes de que se líe la que se lía, que si no nos podemos quedar sin regalos. Así que opté por dirigirme al salón a ver si es que se habían quedado, como tantas otras noches, dormidos en el sofá, imagínate el panorama, con los otros tres a puntito de llegar.
De repente escuché ruidos extraños y me dije... ostras, ya están aquí, seguro que son ellos, van a pillar a papá y a mamá levantados y no nos van a dejar nada, me voy corriendo a la cama y me hago la dormida, más dormida que el ceporro de mi hermano, que ese sí que no se entera de nada, el tío, hay que ver cómo ronca, y que sea lo que Dios quiera, a ver qué voy a hacer.
Pero esa noche, no sé si empujada por la "pubertad precoz” o vete tú a saber por qué, la curiosidad pudo más que la prudencia y me deslice sigilosamente por el pasillo, otra vez alterada y nerviosa más que asustada, para asomarme con cuidado a la puerta del salón, sintiendo cómo se aceleraban los latidos de mi corazón de manera incontrolada.
No fue hasta que al fin sorprendí a papá cortando con esmero el papel de regalo para envolver la caja de la Wii, la que me había pedido, que fui del todo consciente de que, ahora sí, emprendía una nueva etapa en mi vida: había comenzado a hacerme mayor.
Hacía frío, me asomé por la ventana pensando que ya había amanecido, pero qué va. El reloj decía que eran sólo las dos y cuarto. La tenue claridad que se deslizaba por debajo de la persiana semicerrada no era otra cosa que el reflejo de la luz de la farola sobre la nieve, que había empezado a cuajar en el alféizar de la ventana.
Mi hermano dormía como un ceporro en la habitación de al lado ajeno a todo, a él qué le iba a importar. Los chicos, decía también papá, raramente se ven "abocados hacia una pubertad precoz", como sí que sucede al parecer con nosotras. Lo que yo sí que sé es que ellos son más simples para todo, eso seguro, y que cuando a mi hermano se le despertase lo que se le tuviera que despertar, aquello le iba a pillar más de sorpresa que a mí, me juego el cuello.
Me aseé y busqué la cajita de los salvaslips que mamá ya me había enseñado en más de una ocasión "por si las moscas", de manera que una vez limpia y seca me fui a su habitación para tratar de despertarla sin demasiados sobresaltos y avisarle de lo que por fin acababa de suceder. Tranquila mami, no pasa nada, es que ya la he tenido - le iba a decir -, pero al acercarme a la cama descubrí que estaba vacía y todavía sin deshacer, y ni rastro de papá y mamá.
Entonces me acordé de la noche que era, que ya lo había olvidado con los nervios y la novedad de mi nueva experiencia, y pensé que era muy raro que no se hubieran acostado todavía, con lo que insisten en que nos vayamos todos prontito a la cama antes de que se líe la que se lía, que si no nos podemos quedar sin regalos. Así que opté por dirigirme al salón a ver si es que se habían quedado, como tantas otras noches, dormidos en el sofá, imagínate el panorama, con los otros tres a puntito de llegar.
De repente escuché ruidos extraños y me dije... ostras, ya están aquí, seguro que son ellos, van a pillar a papá y a mamá levantados y no nos van a dejar nada, me voy corriendo a la cama y me hago la dormida, más dormida que el ceporro de mi hermano, que ese sí que no se entera de nada, el tío, hay que ver cómo ronca, y que sea lo que Dios quiera, a ver qué voy a hacer.
Pero esa noche, no sé si empujada por la "pubertad precoz” o vete tú a saber por qué, la curiosidad pudo más que la prudencia y me deslice sigilosamente por el pasillo, otra vez alterada y nerviosa más que asustada, para asomarme con cuidado a la puerta del salón, sintiendo cómo se aceleraban los latidos de mi corazón de manera incontrolada.
No fue hasta que al fin sorprendí a papá cortando con esmero el papel de regalo para envolver la caja de la Wii, la que me había pedido, que fui del todo consciente de que, ahora sí, emprendía una nueva etapa en mi vida: había comenzado a hacerme mayor.

