- Cariño, ¿quieres hacer el favor de desconectar de una vez por todas la fuente de energía que mantiene incandescente el filamento de wolframio o tungsteno que ilumina la demarcación dentro de cuyos límites yaces en aparente reposo, y que permite a tu intelecto interpretar los caracteres impresos sobre blanco inmaculado de las páginas que de manera continuada e ininterrumpida pasas y pasas sin demora provocando a un tiempo, dicho sea de paso, un ruidito la mar de desagradable que no me deja dormir a mi tampocoooooo?- ¿Me decías algo, niña? Pareciome oír que algo susurrabas entre sueños...
- Sí, que apagues la luz y dejes de leer ya, que son las dos de la madrugada, que mañana tienes que madrugar y no va a haber Dios que te levante.
- Es que no puedo dejar de leer a Murakami.
Dicen, yo ya lo he leído y oído en varios sitios, que la lectura de Haruki Murakami engancha e incluso crea adicción, una adicción parecida a la de los videojuegos, tan japoneses ellos también. A mi los videojuegos nunca me han enganchado mucho, la verdad, a lo mejor porque he tratado de evitarlos para no correr riesgos, pero Murakami sí. Y pensando en las semejanzas entre los unos y el otro, así como en la asociación japonesa, no puedo evitar mirar la contraportada de sus libros en busca de la etiquetita de “Nintendo”, pero el caso es no viene por ningún lado, no.
- Vamos a ver, amigo. Haría usted el favor de echarse a un lado para que mi prominente humanidad, esto es, mi cuerpo serrano, pudiera desplazarse sin dificultad y libre de todo obstáculo desde ésta mi posición actual hasta la puerta automática del vagón del tren suburbano que nos transporta en plena y atiborrada hora punta, para que servidor, tipo obeso donde los haya, pueda hacer descansar su pesada masa musculosa y superlativamente grasienta sobre el suelo firme de la estación de la Avenida de América, teniendo cuidado antes, eso sí, de no introducir el pie o extremidad inferior, tanto la izquierda como la derecha, entre coche y andeeeeeeén?
- Ay qué tonto, perdone. Pase, pase, que ya me quito. Es que no puedo dejar de leer a Murakami y me distraigo.
Tal vez “After Dark” sea sólo una obra menor de quien ya se ha ganado a pulso pasar a formar parte de la lista que año tras año forman los eternos candidatos al Nobel de Literatura, pero engancha, ya lo creo que engancha. ¿Que si me ha gustado? Bueno, sí, bastante, aunque tiene también cositas que no me gustan, pero el caso es que sí que crea adicción, que es a lo que voy. No sé muy bien cómo lo consigue, pero una vez comenzada la lectura, cada página parece empujarte a seguir leyendo y ya no lo puedes abandonar por mucho que tengas cosas importantísimas que hacer ¡Ojito!
Piiiiiiiiii, piiiiiiiiiiii.
- ¡Huy!
- ¡Mira por dónde cruzas, capullo!
- Sin faltar, ¿eh?
- ¿Sin faltar dice el tío? ¿A quién se le ocurre cruzar por mitad de Bravo Murillo a la altura de Capitán Haya, con el tráfico rodado que a estas horas se dirige hacia la Plaza de Castilla, sin fijarse siquiera en si en ese preciso instante atraviesa la calzada algún que otro vehículo privado o medio de transporte publicoooooo?
- Perdone señor taxista, perdone. Es que, entiéndame, no puedo dejar de leer a Murakami.
Es posible que se trate de esa atmósfera de misterio que envuelve la trama de la novela lo que nos incite a seguir y seguir y no hacer otra cosa a derechas: una muchacha de la que apenas nada sabemos, salvo que es inquietantemente bella, duerme de manera “demasiado perfecta” en una misteriosa habitación; un televisor desenchufado nos ofrece imágenes más inquietantes aún en lo que parece ser un confuso juego de realidades e irrealidades que no acabamos de resolver; un tipo con el rostro oculto tras una máscara que observa a la chica no sabemos con qué oscuras intenciones...
- Disculpe buen hombre, ¿quiere usted hacer el favor de proceder a abonar el importe correspondiente a la infusión de semilla cafetera previamente tostada y molida que ha degustado hace ya más de media hora o, en su defecto, pedir una nueva consumición, pues de lo contrario me veré en la obligación de invitarle amablemente a abandonar de una puñetera vez la barra o mostrador de éste mi querido establecimiento hostelero dejando paso así a la ubicación de nuevos clienteeeeees?
- ¡Huy!, perdón camarero. Tenga usted en cuenta que lo que me sucede es que no puedo dejar de leer a Murakami.
En otro plano narrativo completamente distinto se desarrolla el ir y venir de una serie de personajes que se mueven en una noche cualquiera de una gran ciudad cualquiera. La fascinación que ejerce la noche, ya sea la de Tokio, la de Praga, la de Barcelona, la de Madrid, o, no sé, tal vez la de Torredonjimeno, provincia de Jaén, ayuda a provocar en el lector esas ganas irrenunciables de segur leyendo. A medida que la noche va avanzando, la acción se desenvuelve en torno al personaje de otra joven, hermana de la misteriosa bella durmiente. ¿Que qué era lo que no me gustaba, que decía antes? Pues que a este lado de la historia, en su parte más real, hay algún que otro personaje que no me acabo de creer y que me chirría más de la cuenta, como ocurre sobre todo con el joven Takahashi, un sabelotodo que diserta sobre lo divino y lo humano con sorprendente facilidad y que acaba revelándose, vaya por Dios, porque es un poco inaguantable, como el verdadero motor de la acción.
- ¡Oiga, Estilografic!, ¿va usted a abandonar definitivamente la lectura y contemplación de esa obra literaria que se trae entre manos, de título anglosajón y autor nipón, y centrarse de manera definitiva e intensa en la ocupación retribuida que no es otra que su obligación laboral? A no ser que quiera usted pasar a ser a partir de hoy mismo, claro, el desempleado número 3. 481.860, si don Pedro Solbes Mira no lo remedia.
- Ahora mismito me pongo manos a la obra, jefe. Es que, créame que lo siento, pero no puedo dejar de leer a Murakami.
Desde el punto de vista formal, la receta de Murakami para atrapar al lector consiste, me parece a mí, en la utilización, cuando se refiere a la descripción del mundo irreal, de un “nosotros” que aúna al lector y al narrador bajo el mismo punto de vista, y que los coloca además en un mismo plano, un plano, por cierto, de lo más cinematográfico. “Observamos pero no intervenimos”, nos advierte. Es como si para llegar a alcanzar ese punto de vista, ese plano narrativo, el lector entrara en la historia al mismo tiempo que el narrado se sale de ella, para acabar confluyendo los dos finalmente en “tierra de nadie”.
Y ahora me vais a disculpar, mis queridos y admirados lectores de este blog, pero me veo en la imperiosa necesidad de retirarme a mis aposentos para continuar con aquello que tenía entre manos y he dejado momentáneamente en suspenso. Y es que, no os lo vais a creer, pero no puedo dejar de leer al bueno de Murakami.



