lunes, diciembre 14, 2009

Relatitos: (12) Infancia

El pasado viernes, mi admirado tocayo Mariano Zurdo presentó en sociedad sus “Relatos metropolitanos”, un fantástico y original libro de relatos escritos en el metro y, algunos, sobre el metro. Como el muchacho pidió a la gente que, por favor, acudiera al acto en transporte público y que escribiera algo durante el trayecto y yo no pude ir, le mandé lo que yo llamo un RMEMM, es decir, un "Relato Metropolitano Escrito a la Manera de Mariano". Dice así:

Infancia

Llegué, como de costumbre, corriendo a todo correr al andén de la estación, camino del trabajo, para que una vez más se me cerraran las puertas en plenas narices, teniendo aún tiempo de percibir, eso sí, la maliciosa sonrisa burlona del afortunado y puntual pasajero que observaba mi carrera desde dentro del vagón.

Cabrón, pensé. Y estoy seguro de que sólo lo pensé y no lo dije, porque no tengo costumbre de pronunciar tacos, aunque reconozco que sí, que los pienso a menudo, pero claro, no es lo mismo.

Que me senté, en fin, resignado en el banco del andén, como Penélope pero sin abanico, a la espera de la llegada de un nuevo tren mientras que en el cartel anunciador del próximo metro decía bien clarito:

Próximo tren llegará en... 5 minutos.

Decidí, en consecuencia, que había tiempo más que suficiente para abrir el libro y continuar la lectura abandonada la noche anterior, así que lo dicho, me puse a leer, pero lo que recuperé de la noche anterior más que la lectura fue el sueño. Y es que el madrugón de los lunes no acostumbra a sentarme por regla general demasiado bien, la verdad sea dicha.

Desperté del duermevela sobresaltado por el pitido del tren que recorría la línea en dirección contraria y con la sensación de haber dormido un buen rato. Observé de nuevo el cartel y vi que ahora ponía:

Próximo tren llegará en... 8 minutos.

Joder, pensé – ya digo que pensarlos, los pienso a menudo – ¿cómo es posible, si antes ponía, si no recuerdo mal, cinco minutos? Se me va a hacer tarde...

Con las prisas del lunes había dejado olvidado el reloj en la mesita de noche, ya que acostumbro a quitármelo para ir a dormir porque mi mujer me dice que se le engancha la correa en la bragas. Pues quítate tú las bragas, le digo yo a ella, pero al final soy yo siempre el que acaba cediendo con lo del reloj.

En semejantes pensamientos interiores andaba enredado cuando vino a vencerme de nuevo la modorra, que ya digo que los lunes yo no soy nadie. Esta vez sí que sí, debí de quedarme profundamente dormido, porque después de soñar y todo con viejas estaciones de metro como las que acostumbraba a recorrer durante mi infancia, al despertarme puede percibir cómo el caballero que había sentado a mi lado me miraba de soslayo con cara de estar pensando en que hay que ver cómo roncas..., machote.

Próximo tren llegará en ... 60 minutos.

¡Imposible! No tenía ni idea de cuánto habría podido dormir, pero vamos, quedaba bien claro que el luminoso estaba estropeado. ¿Cómo iba a faltar cada vez más tiempo y, sobre todo, cómo iba a tardar el metro en llegar nada menos que una hora sin que nadie se hubiera dignado a avisarnos de la supuesta avería? Tampoco te creas que le di demasiada importancia al asunto, tal era mi estado de somnolencia. Así que nada, opté por tratar de acoplar mi anatomía al incómodo banco para en seguida notar como el cuello se me vencía, ahora a derecha, ahora a izquierda. Los párpados cerrados fueron los que debieron dar el pistoletazo definitivo de salida al profundo sueño.

Empecé a usar el metro desde bien pequeño para ir al cole. Tomaba la línea 4 en Velázquez y de ahí hasta Bilbao para hacer trasbordo a la línea 1, con dirección a Plaza de Castilla. Me divertía poniéndome a prueba a ver si era capaz de recitar de memoria por fin toda la línea 1, pues Nueva Numancia no me acababa de entrar en la cabeza. Pronto me acostumbré a aquel olor permanente a humedad y a cerrado y, sobre todo, a que tenía que tener cuidado para no introducir el pie entre coche y andén. Jugaba a quitar la tilde al “andén” de los carteles que advertían de tal peligro en cada puerta para ver si la frase seguía teniendo así sentido. Descubrí también que había señores con bigote y gabardina que usaban colonia barata y que se arrimaban a las señoras más de lo normal, e incluso también a los niños, cosa a la que por aquel entonces yo no daba demasiada importancia pero que después, ya más mayor, sí me ha dado qué pensar. Supe que había estaciones fantasma que te podían sorprender a mitad del túnel, y yo al pasar abría mucho los ojos a ver si podía distinguir al hombre de los ojos en blanco y el rostro pálido, que según contaban los chicos mayores del cole, esperaba sentado en el andén, como yo esperaba ahora dormido, dormido profundamente.... ¡Despierta, niño!, oí decir a alguien.

Próximo tren llegará en.... 30 años.

Me sobresalté al descubrir que aquella mañana mamá me había plantado otra vez los odiosos pantalones cortos.

21 comentarios:

marisa bop dijo...

Grrrr... Aquel abrigo verde, lo odiaba y me daba una vergüenza terrible tenerlo que llevar. No tenía edad para montar sola en el metro pero sí soñaba con estaciones fantasma. Próximo tren, no admite viajeros.
PD: Muy chulo tu relato zurdo.
Un beso.

Wen dijo...

Qué asco de tipos con bigote y colonia barata.... yo cási que me cojo el de la dirección opuesta :)
A ver si coincidimos un día jo, aunque sea en una estación fantasma.

Irreverens dijo...

Pero, ¿dónde tiene tu madre la cabeza, hijodemividaydemicorazón?

¡Hace (por fin) un frío que pela y tú en pantalón corto!

Y de metros y trenes, mejor no hablamos...

Besitos, apañao.

Mariano Zurdo dijo...

Lo leí en la presentación y gustó mucho, a pesar de que leo en alto fatal.
Habrá que ir practicando la lectura para futuras ocasiones...

Muchas gracias tocayazo.

Jove Kovic dijo...

Me ha gustado mucho, sin que sirva de precedente. Además, me ha recordado un chubasquero gris que tenía, heredado de un primo mío, que me venía grande como una catedral ( no siempre he pesado 110 kilos, amigo Mariano)
Saludos muy cordiales desde la capital de la Nació Catalana ( lo digo por si las moscas, no sea que me envíen al exilio, estos alegres nacionalsardanistas)

Belén dijo...

Voy a ser sincera... me fascina esa capacidad fantástica que tienes...

Y seguro que mi madre me planta las bermudas marrón caca...

Besicos

JOAKO dijo...

¡Te quedaste dormido en la estación de Chamberí!
Por favor, cuando te despiertes mira bien, por si ves a un primo de mi abuelo que se marchó a por tabaco y aún no ha vuelto, como vivia en Santa Engracia...

estilografic.blog dijo...

Marisa: ¿y el verdugo? ¿A tí te ponìan verdugo? El nombrecito le iba al pelo, al gorrito.

Wen: coincidimos, seguro que coincidimos.

Irre: Pues no digas muy alto lo del frío, que rápido me plantan el aludido verdugo de los co....

Mariano zurdo: pues lelo, digo leelo, en bajito. Gracias a ti pues, tocahue..., digooo....

Jove; ¿y a ti también te plantaban el gorrito del chubasquero y te apretaban mucho mucho la cuerda de manera que sólo se te vieran los morretes? ¡qué rabia me daba!, casi más que el verdugo.

Belén: qué mona, con tus bermuditas.

Joako: que no, tonto, que era mentira...

El futuro bloguero dijo...

Estaba pensando en el verdugo, y lo leo en tu comentario. Yo lo odiaba, tanto por el nombre como porque me tapaba la boca y no me resultaba comodo...

... en invierno, jugabamos a fumar, con el vaho del frío...

... los pantalones cortos, hiciera el frío que hiciera, y las pantorrillas secas y moradas de frío... da igual, decía mi abuela, las piernas no son del cuerpo...

...y la cara pegada entre iglesia y bilbao para ver la estación de chamberí...

...recuerdos

estilografic.blog dijo...

Futuro bloguero: qué jovencitos éramos. Y seguimos siendo, ¿eh?

Irreverens dijo...

No te quejes, no te quejes. Que a mí me encasquetaban un gorrito de terciopelo negro, que odiaba a muerte. "De niña fifi", decía yo que era, el dichoso gorrito. ¡Grrrrr!

Jove Kovic dijo...

Yo llevaba verdugo y chubasquero heredado con capucha estranguladora. También unos guantes a juego con el chubasquero y con mi primo.

marisa bop dijo...

Adiosgracias mi madre me hacía los gorritos y pude tener una infancia feliz sin los verduguitos que llevaban las demás. ¡Menos mal que no le dio por fabricarlos ella!. Eso sí, no me libré de los calentadores en los tobillos. Haciendo juego con el gorro y la bufanda, por supuesto.

estilografic.blog dijo...

Hay que “joerse”, las pintas que debíamos llevar todos. ¿eh?

Odiseo de Saturnalia dijo...

Me gustó oirlo, y hoy me ha alegrado poder leerlo...

Un abrazo.

Mafalda dijo...

Yo quiero un poco de tu imaginación ¿la compartes? jaja.

Un beso

Mafalda dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mafalda dijo...
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Mafalda dijo...
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Mafalda dijo...

No sé por qué razón, mi comentario te ha salido 80 veces (no es que me hayan castigado a escribir 80 veces la misma frase, de verdad de la "güena".

estilografic.blog dijo...

Odiseo: y gracias por venir el sábado a vernos hacer un poco el tonto. Un abrazo.

Mafalda: que conste que yo no te he castigado, ¿eh? Y encantado de verte por aquí, ya sean una u ochenta veces.