jueves, mayo 07, 2009

"Chesil Beach", o de cómo un instante puede cambiar toda una vida

Anoche le dije estas palabras a mi chica: sé que ni siquiera lo intentas; venga, venga, venga, venga, por favor, compláceme, oh sí, como yo te complazco a ti.

No, no se me ha ido la olla. En realidad yo no le dije anoche esas palabras a mi chica, sino que estoy tratando de contextualizar el libro del que voy a hablar. La cita es de Please Please me, la vieja canción de los Beatles, y el libro del que voy a hablar es Chesil Beach, de Ian McEwan. Así que la cosa va hoy de ingleses, y he dicho bien, Chesil, no Chelsea. Te lo juro por Iniesta, a quien Dios guarde muchos años.

Pero no nos vayamos del tema, no. Entre otras cosas porque si por algo destaca la novela de McEwan es precisamente por eso, por ser directa, ir al grano y no poseer ni un gramo de grasa que le sobre.

“Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil”. Es el punto de partida elegido por McEwan para comenzar a narrar la historia de dos jóvenes que, en la Inglaterra de los inicios de los Beatles, pasan su noche de bodas en un hotel de Chesil Beach, en el Canal de la Mancha.

Por entonces, Lennon y McCartney se quejaban de que siempre tenían que estar insistiéndoles a las chicas, come on, come on, come on, come on..., please please me, oh yeh, like I please you..., y lo mismo le sucederá a Edward - un muchacho de origen modesto - ante las reticencias de Florence - una chica de familia acomodada - y la repulsión de ésta por el sexo.

Mucho parecen haber cambiado las cosas después de la revolución que supusieron los años 60, hasta llegar a nuestros días. ¿O quizás no tanto? Yo diría que McEwan deja abierto ese interrogante - como otros muchos, que para dejar puertas abiertas es un maestro – y la mejor prueba de ello es, sencillamente, gramatical. Volvamos si no a la frase del principio: “eran jóvenes... vivían un tiempo... pero nunca ES fácil” ¿Qué pinta ahí ese tiempo presente?, se preguntará el lector. A lo mejor me equivoco, pero no creo que sea un dato intrascendente.

El sexo se muestra, aquí, como en tantas y tantas obras literarias, como motor que mueve y conduce los sentimientos del alma humana. Queda bien clara, desde el principio, la obsesión de los dos personajes: en el uno por realizarlo y en la otra por evitarlo. “Ahí vienen”, susurra ella como queriendo decir “qué fastidio” cada vez que los camareros interrumpen los momentos de intimidad de la pareja previos al primer contacto sexual. Pero no, poco a poco iremos descubriendo que para Florence más que un fastidio la presencia de los camareros durante la cena íntima constituye un alivio, un respiro en la batalla que acaba de comenzar, aunque ella misma se niegue a admitirlo. En cambio él, en su obsesión por que llegue el anhelado momento que sólo ha logrado tener “a tiro de pájaro” después de acceder a la boda, se acuerda hasta de la fecha en que por primera vez logró tocarle los pechos. Y seguro que hasta de la hora, si se le apura.

La facilidad para la descripción de McEwan le hace en ocasiones recrearse en situaciones que otro autor despacharía a lo sumo con un par de líneas, pero casi siempre al final el lector acabará agradeciendo su generosidad. Es antológica, por ejemplo, la descripción del beso: labios, lengua, maxilares..., él queriendo penetrar y ella tratando de escapar. Prueba de su dominio del lenguaje es que McEwan no sólo se encuentra a gusto explayándose, sino que también sabe resumir. Si todo el libro ha sido una demostración de lo primero, el último capítulo resulta ser todo lo contrario. Así, si la descripción de una cena podía llegar a ocupar ochenta páginas al principio, ahora el autor resume cuarenta años en seis páginas y se queda tan fresco. Toda una demostración de dominio de la técnica narrativa.

Con sorprendente habilidad, McEwan es capaz también de trazar a la perfección caracteres, contextos y situaciones en un espacio muy limitado. En efecto, Chesil Beach es un novela corta, intensa pero corta, en la que – insistimos - al final, y aunque a veces lo parezca, nada es superficial. La tensión de la escena final de la playa, ella junto al tronco caído y él con la piedra en la mano, sólo se entenderá habiendo leído antes un episodio, aparentemente intrascendente, en el que se nos retrata a un Edward violento que un día fue capaz de darle una verdadera paliza a otro joven.

¿Y ella? ¿Cómo se entiende su actitud hacia el sexo? ¿Es sólo consecuencia de la educación de la época, de su carácter o hay algo más? No creo que sea arriesgado pensar que en la relación de Florence con su padre, a la que se alude en varias ocasiones, se dejan una vez más muchas puertas abiertas. ¿Qué sucedió realmente en aquellos viajes en barco de los que padre e hija nunca hablaban? ¿Cuáles son esos recuerdos que ella había decidido olvidar, como si en realidad no le pertenecieran ,y que vienen a la mente de Florence en el momento más oportuno? Que el lector saque su propias conclusiones, porque el autor poco más nos va a aclarar.

Lo que Lennon y McCartney nos contaban con la sencillez del lenguaje del pop, McEwan nos lo relata haciendo gala de una inmensa capacidad narrativa, adentrándose paralelamente en otros muchos terrenos del alma humana y de la vida misma, y en especial en una idea que parece ser, más que el sexo, el verdadero motor de la obra: cómo un solo instante puede hacer cambiar toda una vida.

Como en el gol de Iniesta.

martes, mayo 05, 2009

Evaluación

- ¿Míster Estilografic, por favor?
- A ver...; al utilizar el término “míster” precediendo a mi verdadero nombre..., uno, ¿se refiere usted a que me considera bello hasta decir basta?; dos, ¿utiliza el popular término dejándose llevar por la corriente futbolera que nos invade por doquier, comparándome con un afamado entrenador de algún equipo de categoría semejante o superior al exaltado y dignificado conjunto de Pep Guardiola?, o tres, ¿es usted, simple y llanamente, ciudadano extranjero?
- The third; la opción tres es la correcta, sí señor.
- Vaya; me lo temía. Pues sí, el tal Mister Estilografic soy yo. ¿Y ustedes quiénes son?
- Somos los examinadores. The examiners. ¿Sería tan amable de acompañarnos?
- Ah no, están ustedes confundidos, si son los examinadores a quien buscan entonces es a mi hija la mayor. Pues ahí está, en su cuarto, dándole un último repasito a los mapas, que no acaba de colocar el Guadiana y el Segura en sus ubicaciones correspondientes, Pero ya casi lo tiene. Esperen que la aviso... ¡niña!...¡los señores del examen de Cono....!
- ¿Cono? ¿What´s the meaning of “cono”?
-Conocimiento del Medio, hombre. ¿Es que no tiene ustedes hijos/as en edad escolar?
- Oiga, ¿quiere usted acompañarnos de una vez, que no tenemos todo el día?
- Pero si yo no le voy a decir nada a la criatura: Si yo además también confundo en el dichoso mapa el Júcar con el Tormes, y Fuerteventura con La Gomera, y los Montes de Toledo con los Cerros de Úbeda...
- Es que el que se tiene que examinar es usted.
- ¿Yo?
- Sí, usted. Salga de una vez y acompáñenos.
- Discúlmenme pero me pillan en chándal.
- No, no, si es mejor así. En chándal está bien. Y díganos, ¿qué modalidad deportiva se disponía usted a practicar sin más dilación? ¿jogging?, ¿fútbol siete’ ¿baloncesto?
- ¿Cómo dice?
- ¿O es que es usted quizás de gustos más rebuscadillos? ¿Parachute, disco volador, natación con aletas, body building?
- No, no. A mi es que en casita me gusta estar cómodo, y una vez que llego, ya no me despojo del chándal ni para bajar la basura. ¿Por qué lo dice?
- Hombre, pues porque no estaría de más que usted, como representante de los madrileños que es, fuera un esforzado y aplicado deportista.
- Y lo soy, ya lo creo que lo soy. Lo que sucede es que llevo unos días con una epicondilitis lateral que me trae de cabeza.
-¿What´s the meaning of...?
- También llamada codo de tenista.
- Oh good, entonces, ¿do you like playing tennis?, ¿como Nadal?
- Bueno.., sí...., pero...
- ¿What...?
- Pues que causómela más bien, la lesión digo, el uso continuado de la Wii.
- ¿Cómo?
- Pero no, por Dios, no, no vayan a pensar ustedes que me paso las horas muertas dándole a la Wii con mi hija, no, que ella estudia mucho y bien, ya lo verán cuando la examinen.
- ¡Y dale! ¡Qué manía! ¡Pero si a ella no la vamos a examinar! Si el examinado es usted.
- ¡Ah, es verdad! ¡Qué nervios! ¿Y qué nota voy sacando?
- Pues hasta el momento flojita, la verdad.
- Oiga, y dígame, ¿esto para qué es?, ¿para algún programa de televisión?
- No hombre no. Nosotros somos los miembros de la Comisión de Evaluación.
- ¿De la primera, de la segunda o de la tercera?
- I don´t understand.
- Que digo que de cuál de las tres evaluaciones del curso correspondiente?
- No, no. Del COI, IOC o incluso CIO, según se opte por la lengua de Cervantes, de Shakespeare o de Moliere, en cada caso.
- ¿Pero de Literatura o de Cono?
- De los Juegos, qué leches.
- ¡Anda! Haber empezado por ahí. Entonces buscan ustedes a la pequeña. ¡Niña...! ¡Sácate los Pet Shops y la granja de Play Mobil, que lo vean aquí, estos señores!
- Muy pez le veo yo a usted, señor madrileño, permítame que se lo diga.
- Óiganme, señores, se están poniendo ustedes un pelín impertinentes, ¿no les parece?
- Lo que estamos es poniéndole a usted un muy deficiente, que lo sepa.
- ¿Ah sí? ¿Pues saben que les digo? Que me da en la nariz que ustedes lo que buscan al final es venderme algo, seguro. Ya no saben qué técnicas inventar. ¿Se trata del inimitable Pyramid Power para fortalecer abdominales?, ¿del genuino Slender Shaper o aparato de gimnasia pasiva? ¿o quizás del revolucionario Sit Down Sit Up Gym, con el que por primera vez uno puede obtener desde casa los mismos resultados que obtendría pasándose las horas muertas en el gimnasio? A qué sí, ¿eh? ¿A que los he pillado?
- Oiga que no, que nosotros...
- Ande, ande, hagan el favor de marcharse por donde han venido. Adiós, muy buenas. ¡Paso de ustedes olímpicamente!

¡Vamos hombre!, con la de cosas que tiene uno que hacer, entre otras sin ir más lejos decorar y engalanar la terracita, por si acaso les diera por pasarse por el barrio a los miembros del Comité Olímpico Internacional, que andan por aquí con el fin de evaluar la candidatura de Madrid para la Organización de los Juegos de 2016. No vaya a ser que luego por mi culpa... que nunca se sabe oiga, que nunca se sabe...

miércoles, abril 29, 2009

La visita

Con motivo de la visita a España del marido de Carla Bruni, un tal Sarkozy, el debate está servido. El protagonismo alcanzado por la ex modelo, ahora primera dama, en prensa escrita y televisada, seria y menos seria, portadas y páginas interiores, hasta el punto de llegar a dejar en un segundo plano al tal Sarkozy, cuando menos da que pensar. Yo tengo mis dudas al respecto. A ver si se me aclaran escribiendo sobre el tema, que a veces pasa.

Pongámonos por un momento, para empezar, en la piel del fotógrafo. Descienden Sarkozy y Carla Bruni del avión, cojo mi teleobjetivo y enfoco sólo al primero, ¿no? Observo que los dos pipiolos se van a coger la mano y me enciendo mientras un pitillo, ¿voy bien? Se tira Carla al cuello de Sarko par darle un achuchón y yo voy y le digo al fotógrafo de HOLA que me sujete la cámara mientras me hurgo la nariz, ¿vale? Aparecen, por fin, Letizia y Carla juntas, se me dan la vuelta para lucir desparpajo y figura, las dos monísimas de la muerte, mientras suben las escaleras y yo me pongo a hablar por el móvil, ¡no te jode!

Pues no. Yo creo que hasta aquí está claro que los fotógrafos hicieron su trabajo, y lo hicieron bien. Y más les vale, porque tal y como están la cosas en los medios, por menos le mandan a uno al paro.

Paso dos: las fotos llegan a los periódicos, las ven los redactores jefes, directores y demás gerifaltes y estos tienen que decidir qué hacen con ellas. Opción A: tirarlas a la basura. Opción B: publicarlas de la manera más discreta posible, así como escondidas al final de la sección de “GENTE”. Opción C: liarse con el photoshop a cortar faldas y retocar culos para hacer más llamativa y edificante la escena. Opción D: ofrecerlas como un elemento de apoyo dentro de la información de la visita de Estado. Opción E: colocarlas en portada, con dos cojones.

Las dos últimas opciones son las más realistas, yo creo, y también las más periodísticas, sin duda. ¿Qué haríais vosotros...? ¿Quién , yo...? Si, tú... Pueeees... quizás la opción E..., o la D..., no sé.

Tal vez no sean los medios de comunicación los encargados de tener que dar el primer paso a la hora de cambiar algo, porque lo que está claro es que aquí habría que cambiar algo, de eso no cabe duda. Su misión, la de los medios, no es en esencia la de construir un mundo mejor (para eso estarían, si acaso, el marido de Carla y otros tipos de su calaña), sino reflejar lo que en él sucede. Lo que al final aparece en los medios de comunicación suele ser, más o menos distorsionado, un reflejo de cómo es nuestra sociedad. Y nuestra sociedad es así, qué le vamos a hacer. Damos tanta importancia a la imagen que el haz de luz sobre la pasarela acaba por llenar de sombras todo lo que queda fuera de su radio de alcance. Pero la importancia se la damos nosotros y también el propio Sarkozy, que sabe que su esposa le proporciona esa otra cara de la noticia allá donde va, y está encantado de la vida. Por no hablar de la Casa Real, que seguro que se olía que la foto de las dos engalanadas y glamurosas muchachas iba a dar la vuelta al mundo.

¿Pero al final ofrece la foto de Carla y de Letizia información de algo?, se habrán preguntado muchos, entre ellos servidor. Pues a lo mejor sí, a lo mejor prececisamente nos informa y nos recuerda cómo somos, a qué cosas damos importancia y en qué nos estamos equivocando. Ni más ni menos.

Aunque reconozco que a estas alturas sigo teniendo mis dudas... me voy a mojar: yo haría, más o menos, lo que han hecho los medios. Si quieren cambiar las cosas, que sean ellas, Carla y Letizia, las que empiecen a mover culo, digo... ficha. Y de momento, me da que no lo hacen.

P.D: me vais a permitir que recomiende la lectura de dos post que abordan este mismo asunto desde un punto de vista diferente. En Días como todos y en Mis pensamientos 2.0.

viernes, abril 24, 2009

El regreso (here I go again...)

Toc, toc, toc.
....
Toc, toc, toc...
- ¿Se puede, oiga?.
- ¡Adelante, adelante...!
- ¿Como que adelante?, ¿a quién voy a adelantar, si he dejado el coche aparcado en la puerta?
- Me refiero a que pase, que la puerta está abierta.
- Será lo único que tiene usted abierto, señor Estilografic Punto Blog, porque por lo demás aquí está todo cerrado y bien cerrado. Yo diría que a cal y canto.
- Pues cante, cante usted lo que quiera; por mí como si quiere acompañarme...
- Oiga, a ver si va a resultar que su larga ausencia se debe a que ha estado usted practicando sus excelencias melódicas ejercitándose con el karaoke de Aba, nomejoda.
- Siento contradecirle a usted, pero no es así.
- ¿Ah no? Pues se oía desde la calle lo de “mamma mía, here I go again...”
- No hombre no. Me refiero a que no es así el nombre del grupo, que se escribe con dos bes, una del derecho y una del revés, valga el pareado. ¿Sabe usted por qué?
- Supongo que para distinguirlos de las habas, usésae, las judías., ¿no?
- No me sea usted bruto, que para eso ya está la hache. Se trata de un acrónimo formado por las primeras letras de los nombres de los miembros. De los miembros del grupo, claro. Sabrá usted lo que es un acrónimo, ¿no?
- ¿Otra legumbre?
- Qué legumbre ni qué legumbre... Oiga, y a todo esto, ¿quién es usted y qué le trae por aquí?
- Yo soy un lector y me trae por aquí la incertidumbre.
- ¿La incertidumbre de la legumbre?
- No; la incertidumbre de que lleva usted la tira de días sin actualizar el blog, y claro, después de conocer las cifras del desempleo aparecidas recientemente, las más altas de la historia, yo me he dicho, tate, ¿a que lo que le pasa a Estilografic Punto Blog es que se ha quedado en el paro y por eso está parado?
- Pues gracias a Dios que no, pero tal y como están poniéndose las cosas no descarte usted que cualquier día me incorpore...
- Incorpórese, incorpórese que estará usted más cómodo.
- No, digo que me incorpore a las cifras del paro. De momento sólo ando tomándome un descanso después de unos días ajetreados y sí, dándole al Singstar, qué pasa, ¿es que usted no se relaja nunca?
- Pues sepa que han pasado un montón de cosas en el mundo, y usted como si nada, ahí, dándole al micro y soltando gallito tras gallito.
- Y dígame, ¿qué extraordinarios sucesos han acontecido en mi ausencia?
- Hombre, pues sin ir más lejos, los nuevos nombramientos en el Gobierno.
- ¡Qué me dice!
- Pero no se apure, no, que a usted no le han nombrado nada.
- ¿Cómo que no? Tendría que haber visto mi última interpretación del Dancing Queen. Me han nombrado Singstar con una puntuación de 99 sobre 100.
- En algo habrá fallado entonces si no ha llegado al 100.
- Sí, que la PlayStation 2 puntúa siempre mejor - y no es mi caso - el pecho depilado del solista, circunstancia ésta a todas luces injusta que, no obstante, al parecer ya ha sido mejorada en la nueva versión de la consola que ya se puede conseguir en el mercado al módico precio de 349 euros.
- Pues a ver si va a ser ése el regalo que le hizo el bigotes a la mujer de Paco Camps, la PlayStation3.
- ¡Joder!, sí que han pasado cosas, sí. Yo me quedé en lo de los trajes. Cómo está cambiando todo.
- Pues entonces ni le hablo de Rosa.
- ¿Qué, al final ganó Operación Triunfo?
- Si que está usted desfasado, sí. Me refiero a Rosa Aguilar, la alcaldesa de Córdoba, que se va a incorporar al Gobierno autonómico de la Junta.
- ¿La junta de culata? Al final siempre es la dichosa junta de culata, mira que da guerra, ¿eh?
- No, Estilografic. La Junta de Andalucía. Hay que ver lo despistado que le pillo. Se parece usted al Rey.
- ¡No me joda!, que yo de Borbón tengo poco.
- Me refiero a que está tan despistado como él, que se saltó a la ministra.
- ¿Cómo? Podría repetirme esto último?
- Que se saltó a la ministra, sí. Me refiero al turno de intervención de González Sinde en la entrega del Cervantes.
- ¡Qué sustos me da usted! Me temo que voy a tener que empezar a ponerme al día a la voz de ya.
- ¡Ya!
- Voy, voy. Oiga, y Obama sí que sigue ahí, ¿no?
- Sí, de momento ahí sigue, a puntito de cumplir sus cien primeros días en la presidencia.
- ¿Y la liga? ¿qué pasa con la liga?
- Ah, pues nada, pillín, que es usted un pillín. Resulta que ahora se lleva a la vista, con pantaloncitos muy cortos. Cosas de la moda, ya sabe.
- No, si digo la de fútbol. ¿Le coge el Madrid al Barça o no?
- Ah, yo creo que ya no. Y menos después de la locura del Pepe.
- ¿La locura del PP? ¡Mamma mia, lo que me estoy perdiendo...!

martes, marzo 17, 2009

La concejala

Casi siempre que termino de ver una peli de Almodóvar tengo la misma sensación: que el manchego (no el queso, que-eso son palabras mayores, sino el director) ha perdido una vez más la oportunidad de hacer la obra maestra que parece llevar años buscando. A la espera de “Los abrazos rotos”, el domingo vi de nuevo “Volver”, esta vez en la tele y ya con la frente marchita, para darle una segunda oportunidad, a ver si en el cine se me había escapado algo. Pero creo que no, la penúltima de Almodóvar me sigue pareciendo una peli irregular, con muy buenos momentos, eso sí, pero al final de todo muy normalita, lo que decía al principio.

Y la vi también porque después ponían “La concejala antropófaga”, el reciente corto de Almodóvar del que tanto se está hablando y que en todas partes califican de desternillante, transgresor, atrevido, políticamente incorrecto..., escrito a la medida de la actriz cómica Carmen Machi, de la que también se habla muy requetebién en todos los mentideros (curiosa expresión ésta, la de los mentideros, no me digáis que no).

Que tenía yo curiosidad, vamos. Así que una vez acomodados en el sofá tras la dura jornada dominical, a eso de las 23:45 horas PM, cuando ya la Maura ha dado la cara en “Volver” y le pregunta a la oscarizada Pe lo de “oye, tú no te habrás puesto tetas”, voy y le digo yo - conociéndome como me conozco - a la señora de Estilografic: “Oye, si ves que me duermo me das un toque, que quiero ver el corto” (que nadie vaya a entremezclar los diálogos y los destinatarios de cada una de las frases aludidas, por favor).

Una vez apercibido de que pese a estar en el sofá físicamente acompañado encontrábame yo en realidad espiritualmente más sólo que la una, es decir, que la señora de Estilografic ya se había entregado dulcemente a los brazos de Morfeo mucho antes de la impertinente preguntita de la Maura, me dispuse a disfrutar de “La concejala que jala”. Y ya adelanto que después de la experiencia.... si lo llego a saber, me voy antes a la cama.

No sé si será por mi aversión a (casi) todo lo televisivo - en especial a series, concursos y talksous o como se llamen los programitas de presentador(a) mono(a) con tarjetita en mano en los que la gente tiende a pelearse -, pero el caso es que Carmen Machi, que yo no digo que sea mala actriz, no acaba nunca de hacerme demasiada gracia. Me aburrí como una ostra en la ceremonia de los Goya que presentó, aunque he de decir en su descargo que una gala de ese tipo no la levantarían ni mis admirados Faemino y Cansado, creo yo. De Aída no opino porque no la veo, pero lo poco que intuyo de ella me cansa enseguida, la verdad. De su trabajo en el teatro, en cambio, hablan maravillas, en especial de su papel en "La tortuga de Darwin", de Juan Mayorga. Ahí le concedo el beneficio de la duda porque no la he visto, y además es que he leído muy buenas críticas.

El monólogo me pareció aburrido y no me hizo, la verdad, ni pizca de gracia. Transgresor y políticamente incorrecto sí, puede que sí lo sea, pero eso no significa que sea ni bueno ni gracioso. Mira que uno es de risa fácil, y con el Almodóvar más cómico me he descojonciado lo mío, pero esta vez no, qué quieres que te diga. Resumiendo, diríamos que los tres ingredientes del corto son sexo, drogas y la doble moral de los políticos, así como una pretendida vuelta a los orígenes de "Pepi, Luci..." Lo cierto es que ese primer Almodóvar a mí tampoco me hacia demasiada gracia, pero en aquella época, bueno, tenía su aquél, aunque sólo fuera por sacar los pies del plato. Por ejemplo, a lo mejor en los ochenta sí, pero desde luego que visto desde hoy, a mí la broma de la cocaína no me hace ninguna gracia, y lo mismo me sucede con las fantasías sexuales de la concejala, la verdad, por mucho que ésta sea de derechas. Me suena todo a lo de “caca, culo, pedo, pis”.

En fin, que aunque a quienes no lo hayan visto les habré quitado las ganas, como se trata sólo de una opinión personal y nada profesional, os olvidáis de lo leído, hacedme el favor, y aquí os dejo el corto, que es corto como su propio nombre indica, eso sí, y se puede ver en un ratito. Luego me contáis....

martes, marzo 10, 2009

Relatitos: (7) El tipo que lleva siempre consigo un osito de peluche

Coincido con él prácticamente a diario en la parada del autobús. Supongo que por eso se ha convertido en una de esas personas con las que nunca sabes si entablar conversación o no, porque, pese a no conocerlas en realidad de nada, acaban resultándote familiares de tanto verlas.

Al principio no había caído en ello porque, a decir verdad, apenas había reparado en su presencia. Pero un día se lo vi..., el osito de peluche.

Desde entonces no le quito ojo. Lo lleva siempre sujeto de la misma curiosa manera, entrelazando los dedos de una y otra mano, todos menos los pulgares, y formando una especie de cunita con las palmas mirando hacia arriba, de manera que con los dos dedos que le quedan libres, los pulgares, se dedica a acariciar suavemente la cabeza del peluche, en un gesto que parece provocar en él - en el tipo, no en el osito - una agradable sensación de relajación.

El caso es que a mí la curiosidad me come, pero claro, tampoco es cosa de acercarse al tipo, sin conocerlo realmente de nada, y decirle... “señor, ¿a qué se debe que porte usted, un día sí y otro también, ese gracioso y tierno osito de peluche que tan delicadamente acaricia?” Lo normal sería encontrarse, y con razón, con que... “y a usted qué coño le importa”, contestación que uno, la verdad, casi que preferiría evitar.

Pues llegados a este punto, por lo que opto es por dar rienda suelta a mi imaginación mientras espero al autobús. Y así es como un día se me antoja que el tipo sufre, seguro, de mal de amores, que el osito viene a ser el recuerdo que quedó de las cenizas de una ardiente historia de amor y pasión que la rutina, como tantas otras, ha terminado apagando. Que ella se marchó un buen día sin decir adiós tras recoger todas sus pertenencias del apartamento, todas excepto el peluchito, que quedó olvidado en el cajón de la mesita de noche y que hoy es, para él, consuelo de su solitaria desesperación.

Un día le voy a preguntar...

Otra vez pienso que la cosa ha sido todavía más grave, e imagino que se trata de la mayor tragedia que uno puede vivir, porque es que no hay otra igual, que es la pérdida de un hijo, un pequeño que un día perdió la vida en terrible accidente y que continúa unido en el recuerdo a su padre gracias al suave tacto del osito que lograron recuperar de entre los restos del calcinado vehículo.

Y al final un buen día, no lo puedo evitar, voy y le pregunto: “Señor, ¿a qué se debe que porte usted, un día sí y otro también, ese gracioso y tierno osito de peluche que tan delicadamente acaricia?

Y entonces él va y me lo cuenta todo: “Verá, resulta que dejo a mi hija todos los días en la guardería a eso de las ocho de la mañana, antes de irme yo a trabajar, y ella acude tan contenta con su osito de peluche, el que le consuela por las noches para dormir, y es que no hay manera de que se separe de él. Pero da la casualidad de que una vez allí, en la puerta de la guardería, la señorita nos dice que no, que buenos días pero que no, que no se pueden traer juguetitos al cole porque luego los niños se pelean por ellos, o los rompen, o los pierden, y que claro, que el centro no quiere luego problemas con los padres, que hay que ver cómo son algunos padres, para echarlos de comer aparte, así que lo mejor es que el osito se lo lleve papá a casita y luego te lo trae, niña”.

“... Y mi hija se queda llorando, no lo puede remediar, porque piensa que el osita va a estar triste sin ella, pero yo le digo que no, que no se preocupe que yo me lo voy a llevar al trabajo todos los días y que voy a cuidar de él, y que conmigo va a estar la mar de contento porque, de alguna manera, yo también soy su papá”.

“...Y ya lo ve, acabo de dejar a mi hijita en la guardería hace cinco minutos y yo me llevo ahora el osito a la oficina. Y después, cuando vuelvo por la tarde a buscar a la criatura, no vea usted la alegría que le doy al verme aparecer con el osito y contarle que nos lo hemos pasado muy bien juntos. Y ella así es feliz y se queda contenta pensando en lo a gustito que el osito habrá estado con su papá”.

“Ah”, le contesto.

Y es que en ocasiones la pura realidad, por inocente y sencilla que resulte, supera con creces a la a veces caprichosa y retorcida imaginación. Dónde va a parar.

jueves, marzo 05, 2009

Después de la oscuridad

- Cariño, ¿quieres hacer el favor de desconectar de una vez por todas la fuente de energía que mantiene incandescente el filamento de wolframio o tungsteno que ilumina la demarcación dentro de cuyos límites yaces en aparente reposo, y que permite a tu intelecto interpretar los caracteres impresos sobre blanco inmaculado de las páginas que de manera continuada e ininterrumpida pasas y pasas sin demora provocando a un tiempo, dicho sea de paso, un ruidito la mar de desagradable que no me deja dormir a mi tampocoooooo?
- ¿Me decías algo, niña? Pareciome oír que algo susurrabas entre sueños...
- Sí, que apagues la luz y dejes de leer ya, que son las dos de la madrugada, que mañana tienes que madrugar y no va a haber Dios que te levante.
- Es que no puedo dejar de leer a Murakami.

Dicen, yo ya lo he leído y oído en varios sitios, que la lectura de Haruki Murakami engancha e incluso crea adicción, una adicción parecida a la de los videojuegos, tan japoneses ellos también. A mi los videojuegos nunca me han enganchado mucho, la verdad, a lo mejor porque he tratado de evitarlos para no correr riesgos, pero Murakami sí. Y pensando en las semejanzas entre los unos y el otro, así como en la asociación japonesa, no puedo evitar mirar la contraportada de sus libros en busca de la etiquetita de “Nintendo”, pero el caso es no viene por ningún lado, no.

- Vamos a ver, amigo. Haría usted el favor de echarse a un lado para que mi prominente humanidad, esto es, mi cuerpo serrano, pudiera desplazarse sin dificultad y libre de todo obstáculo desde ésta mi posición actual hasta la puerta automática del vagón del tren suburbano que nos transporta en plena y atiborrada hora punta, para que servidor, tipo obeso donde los haya, pueda hacer descansar su pesada masa musculosa y superlativamente grasienta sobre el suelo firme de la estación de la Avenida de América, teniendo cuidado antes, eso sí, de no introducir el pie o extremidad inferior, tanto la izquierda como la derecha, entre coche y andeeeeeeén?
- Ay qué tonto, perdone. Pase, pase, que ya me quito. Es que no puedo dejar de leer a Murakami y me distraigo.


Tal vez “After Dark” sea sólo una obra menor de quien ya se ha ganado a pulso pasar a formar parte de la lista que año tras año forman los eternos candidatos al Nobel de Literatura, pero engancha, ya lo creo que engancha. ¿Que si me ha gustado? Bueno, sí, bastante, aunque tiene también cositas que no me gustan, pero el caso es que sí que crea adicción, que es a lo que voy. No sé muy bien cómo lo consigue, pero una vez comenzada la lectura, cada página parece empujarte a seguir leyendo y ya no lo puedes abandonar por mucho que tengas cosas importantísimas que hacer ¡Ojito!

Piiiiiiiiii, piiiiiiiiiiii.
- ¡Huy!
- ¡Mira por dónde cruzas, capullo!
- Sin faltar, ¿eh?
- ¿Sin faltar dice el tío? ¿A quién se le ocurre cruzar por mitad de Bravo Murillo a la altura de Capitán Haya, con el tráfico rodado que a estas horas se dirige hacia la Plaza de Castilla, sin fijarse siquiera en si en ese preciso instante atraviesa la calzada algún que otro vehículo privado o medio de transporte publicoooooo?
- Perdone señor taxista, perdone. Es que, entiéndame, no puedo dejar de leer a Murakami.


Es posible que se trate de esa atmósfera de misterio que envuelve la trama de la novela lo que nos incite a seguir y seguir y no hacer otra cosa a derechas: una muchacha de la que apenas nada sabemos, salvo que es inquietantemente bella, duerme de manera “demasiado perfecta” en una misteriosa habitación; un televisor desenchufado nos ofrece imágenes más inquietantes aún en lo que parece ser un confuso juego de realidades e irrealidades que no acabamos de resolver; un tipo con el rostro oculto tras una máscara que observa a la chica no sabemos con qué oscuras intenciones...

- Disculpe buen hombre, ¿quiere usted hacer el favor de proceder a abonar el importe correspondiente a la infusión de semilla cafetera previamente tostada y molida que ha degustado hace ya más de media hora o, en su defecto, pedir una nueva consumición, pues de lo contrario me veré en la obligación de invitarle amablemente a abandonar de una puñetera vez la barra o mostrador de éste mi querido establecimiento hostelero dejando paso así a la ubicación de nuevos clienteeeeees?
- ¡Huy!, perdón camarero. Tenga usted en cuenta que lo que me sucede es que no puedo dejar de leer a Murakami.

En otro plano narrativo completamente distinto se desarrolla el ir y venir de una serie de personajes que se mueven en una noche cualquiera de una gran ciudad cualquiera. La fascinación que ejerce la noche, ya sea la de Tokio, la de Praga, la de Barcelona, la de Madrid, o, no sé, tal vez la de Torredonjimeno, provincia de Jaén, ayuda a provocar en el lector esas ganas irrenunciables de segur leyendo. A medida que la noche va avanzando, la acción se desenvuelve en torno al personaje de otra joven, hermana de la misteriosa bella durmiente. ¿Que qué era lo que no me gustaba, que decía antes? Pues que a este lado de la historia, en su parte más real, hay algún que otro personaje que no me acabo de creer y que me chirría más de la cuenta, como ocurre sobre todo con el joven Takahashi, un sabelotodo que diserta sobre lo divino y lo humano con sorprendente facilidad y que acaba revelándose, vaya por Dios, porque es un poco inaguantable, como el verdadero motor de la acción.

- ¡Oiga, Estilografic!, ¿va usted a abandonar definitivamente la lectura y contemplación de esa obra literaria que se trae entre manos, de título anglosajón y autor nipón, y centrarse de manera definitiva e intensa en la ocupación retribuida que no es otra que su obligación laboral? A no ser que quiera usted pasar a ser a partir de hoy mismo, claro, el desempleado número 3. 481.860, si don Pedro Solbes Mira no lo remedia.
- Ahora mismito me pongo manos a la obra, jefe. Es que, créame que lo siento, pero no puedo dejar de leer a Murakami.

Desde el punto de vista formal, la receta de Murakami para atrapar al lector consiste, me parece a mí, en la utilización, cuando se refiere a la descripción del mundo irreal, de un “nosotros” que aúna al lector y al narrador bajo el mismo punto de vista, y que los coloca además en un mismo plano, un plano, por cierto, de lo más cinematográfico. “Observamos pero no intervenimos”, nos advierte. Es como si para llegar a alcanzar ese punto de vista, ese plano narrativo, el lector entrara en la historia al mismo tiempo que el narrado se sale de ella, para acabar confluyendo los dos finalmente en “tierra de nadie”.

Y ahora me vais a disculpar, mis queridos y admirados lectores de este blog, pero me veo en la imperiosa necesidad de retirarme a mis aposentos para continuar con aquello que tenía entre manos y he dejado momentáneamente en suspenso. Y es que, no os lo vais a creer, pero no puedo dejar de leer al bueno de Murakami.

jueves, febrero 26, 2009

Relatitos: (6) El marcapáginas

A la bella muchacha, que paseaba practicando el difícil arte de caminar y leer a un tiempo, se le cayó algo por el camino. El marcapáginas, pensé, se le ha caído el marcapáginas, y me agaché a recogerlo.

“Señorita, se le ha caído...”

Se trataba, el original marcapáginas, de un liviano pétalo de rosa, con lo cual, en el momento en que fui a echarle mano, aquello salió volado impulsado por el viento y yo me fui detrás, perdiéndole el paso a la impasible muchacha, que continuaba su camino en dirección contraria, vaya por Dios.

Una vez recuperado el caprichoso pétalo, volví la vista hacia la muchacha y percibí, mientras sus andares se confundían entre piernas que iban y venían, cómo volvía a caérsele algo de entre las hojas del libro, y empujado por la curiosidad traté de recuperarlo una vez más abriéndome paso entre el gentío, para descubrir, no sin asombro, que esta vez se trataba... de un nuevo pétalo de rosa.

Vaya, qué curioso, pensé, a ver si en vez de los marcapáginas lo que está perdiendo es su colección de pétalos. Debería tratar de advertirle, no vaya a ser que tengan su valor, su valor sentimental más que nada, imaginé.

Y allá que me fui, primero a la caza y captura del caprichoso segundo pétalo para tratar de conseguir después llegar hasta la joven, cada vez más alejada de mi presencia pero todavía al alcance al menos de mi campo de visión.

Y una vez cumplida la primera parte de la misión, me guardé el par de pétalos en el bolsillo con sumo cuidado de no dañar las coloridas hojas y eché a correr, sorteando a la ciudadanía y recibiendo más de una mirada de reproche entre quienes, inevitablemente, resultaban golpeados en mayor o menor medida..., perdón, perdón, perdón.

Llegando estaba ya a la altura de la despistada lectora cuando observé que no sólo se volvía a repetir la historia una vez más, sino que por el camino se había ido produciendo un verdadero reguero de pétalos de rosa al paso de la muchacha, que continuaba leyendo y leyendo como si todo aquello que estaba sucediendo a su alrededor, mis carreras, el vuelo de los pétalos, el enfado de los transeúntes, en fin, todo, no fuera en absoluto con ella.

Y cuando ya por fin alcancé a tocarle el hombro para advertirle a la buena muchacha de todo cuanto había estado sucediendo y completar aquella primera frase que el viento había interrumpido: “señorita, se le ha caído...”, la lectora se volvió hacia mí observándome con mirada triste y ojos apagados, dedicándome lo que no sé si fue un gesto de cansancio o una tan rugosa como tierna sonrisa.

Decidí entonces volver sobre mis propios pasos para recoger y guardar en mis bolsillos la mayor cantidad de pétalos posible y dejar que aquella dulce anciana continuara, imperturbable, su camino.

viernes, febrero 20, 2009

Acto tercero (Ge-no-va-ya-no-va, segunda parte)


Baile de Carnaval del Partido Popular. No sé yo si ha sido una buena idea al final lo del baile, porque, claro, a ver ahora cómo demonios sabe el espectador quién es quién en este galimatías, si va to’dios disfrazado. No obstante, y para una mejor comprensión de todo lo que en adelante aconteciere, daremos algunas pistas. Don Mariano es el que va disfrazado de Zapatero, y además se le reconoce enseguida por lo de la mano, que la sigue teniendo incandescente y hecha un Cristo. El Dr. Ánsar es el que va de Tejero, y se le reconoce, obviamente, por el bigote, aunque lleve la melena recogida en moñete bajo el tricornio. Pacocamps es el del antifaz, no por nada, sino porque va disfrazado de El Zorro. Doña Esperanza va de Un Señor Gallardo; y Un Señor Gallardo, de Doña Esperanza. Dolores de Quépedal va de botella. No, no de Ana Botella, sino de recipiente de cristal para líquidos. En el momento de levantarse el telón los invitados charlan, comen, beben y bailan al son, una vez más, del tarí, tarí, tarirorarí...., la mar de contentos todos, como si aquí no pasara nada, con la que está cayendo....

Dr. Ánsar (con tono elevado para que se entienda con la música de fondo, y esto vale ya para todos, ¿eh?): Qué, ¿cómo va lo tuyo, Mariano?
Don Mariano: Bien, bien, Doctor, el Patabajín va haciendo su esperado efecto.
Dr. Ánsar: No, no, si digo lo otro.
Don Mariano: Ah, bueno (enseñando su mano chamuscada), ya me he acostumbrado. Lo peor es a la hora de miccionar, que no hay cómo agarrarla. Por lo demás... uno acaba haciéndose a todo.
Dr. Ánsar (negando con la cabeza): Que no, que no, que digo lo otro, lo de la cacería.
Don Mariano: Ah, pues es que...
Dr. Ánsar (enfadado): ¡No me digas que no le estáis utilizando tal y como te dije!
Don Mariano (dubitativo): Sí, pero...

(En eso preciso instante todas las conversaciones, la música también, se detienen y se hace el silencio en la sala. El efecto tiene que ser algo así como si el tiempo se hubiera detenido o, al menos, ralentizado, como si todo sucediera muy, muy despacito, como a cámara lenta. Tooooodos los invitaaaaaados se giiiiiran leeeeeentamente hacia la pueeeeerta, abreeeen muuuuucho los oooojos, todo leeentameeente, y exhaaaaaan un profundo oooooooooooh de admiración, al ver entrar a .... Penélope Cruz. Y habrá algún espectador espabilado que diga: ¿y cómo sabemos que se trata de la verdadera Penélope Cruz y no, por ejemplo, de Rita Barberá disfrazada? Pues muy fácil: porque viene acompañada de su hermana Mónica, y que se sepa, Rita Barberá no tiene una hermana que se llame Mónica, listos, que sois unos listos).

Penélope Cruz (dirigiéndose a la concurrencia, en general): Hola buenas, yo venía por lo de la fiesta de los Oscars. ¿Es aquí?
Pacocamps: me parece que te has confundido de sarao, guapita.
Penélope Cruz (sorprendida): ¿Seguro? ¿alguien me puede decir quién es jefe de todo esto?

(Silencio otra vez. Ante la pregunta de la actriz, la tensión se palpa en el ambiente. Se miran los unos a los otros sin que nadie se atreva a contestar y así transcurren de nuevo unos segundos de absoluto silencio. Ahora sí que se puede decir que se detiene del todo el tiempo, porque nadie se mueve ni dice ni mu. Al final, Don Mariano se decide a romper el hielo).

Don Mariano (dubitativo): Estoooo, creo que yo. Yo soy el jefe, sí. Permítame que no le bese la mano, bella señora, pero me pilla usted dando buena cuenta de los sabrosos canapés.
Penélope Cruz (con gesto de desagrado): Pues permítame que no se la bese yo a usted tampoco, pero es que la tiene hecha un asquito.
Don Mariano: Y dígame, ¿qué les trae a usted y a su graciosa hermana por aquí?
Penélope Cruz: Pues eso, que veníamos a la fiesta de los Oscars, pero me parece que, en efecto, nos hemos debido confundir de “special event”.
Dr. Ánsar (interrumpiendo la conversación): Señoritas, si quieren ustedes tomar algo, están invitadas.
Penélope Cruz (asustada): ¡Huy, un golpista! ¿Dónde nos hemos metido, hermana? Vámonos, vámonos... (se largan las dos por donde han venido).

Dr. Ánsar (retomando la conversación con Don Mariano): Te decía lo de la caza, que...
Don Mariano (se echa a llorar): No puedo más, no puedo más...
Dr. Ánsar (asustado): pero Mariano, hijo mío, ¿qué te sucede? ¿Te duele la mano?
Don Mariano (derrumbándose del todo): ¡Qué mano ni que niño muerto...! Tengo que contarlo..., tengo que contarlo...

(Don Mariano toma aliento y respira profundamente tres veces, tres, pareciendo sacar fuerzas de donde no las hay, y a continuación coge una cucharita con su maltrecha mano y empieza a dar golpecitos en la copa, soportando el tremendo dolor que se supone le causa el atrevido gesto, y todo ello para llamar la atención de todos los presentes, que se giran hacia él. La música se detiene de nuevo. Otra vez el dichoso silencio).

Don Mariano (con voz temblorosa): Queridos invitados, ha llegado el momento de confesar toda la verdad...
Dr. Ánsar: ¿Cómo?
Pacocamps: ¡Qué dice!
Esperanza. ¡Se ha vuelto loco!
Un Señor Gallardo. ¡Por fin va a tirar de la manta!
Dolores de Quépedal: ¡Esto es el fin!
Don Mariano: Ahora vais a saber por fin en que consiste mi verdadero problema....

Pero para cuando Don Mariano procede a colocar el culo en pompa y soltar tres sonoras ventosidades semejantes a los tres “pums” en su día confundidos con disparos, ya en el baile no queda ni Dios, todos habrán salido huyendo despavoridos, temerosos de lo que allí pudiera revelarse. ¿Todos? Todos menos dos, dos sospechosos personajes que, escopeta al hombro y luciendo vistosos disfraces de cazador, apuran sus bebidas y guiñan el ojo al público en señal de complicidad, al tiempo que cae lenta y definitivamente el...

TELÓN
(fin)

miércoles, febrero 18, 2009

Acto segundo (Ge-no-va-ya-no-va, segunda parte)


Sala de consultas del médico de Partido Popular. ¿Qué cómo se sabe que es el médico del Partido Popular y no, por ejemplo, el ambulatorio de la Seguridad Social? Muy fácil: primero, porque suena de música ambiente la sintonía del PP, el tarí, tarí, tarirorarí...; segundo, porque el médico lleva un bigote enorme, el tío; y tercero, pues porque lo pone bien grande, qué leches: “MÉDICO DEL PARTIDO POPULAR”. La escena tiene su complejidad técnica, no se vayan a creer: el escenario está dividido en dos. A la izquierda se encuentra la sala de espera, en la que esperan, que para eso está, Don Mariano acompañado de Dolores de Quépedal. Don Mariano deberá llevar una gabardina echada sobre los hombros, de manera que no se le vean los brazos. Este dato es importante, que no se le vean los brazos. ¿Que por qué? Todo a su tieeeempo, todo a su tieeeempo. A la derecha, el despacho del médico. Aunque el espectador alcance a ver desde su privilegiada perspectiva el interior de las dos estancias, se supone que ambas están aisladas por un tabique y una puerta cerrada. La prueba de que los dos personajes que esperan no ven al médico, aunque el espectador sí, es que éste, el médico, no el espectador, se está hurgando en la nariz. Qué complicadas que son las artes escénicas hoy en día, me cachis en la mar.

Don Mariano: entonces qué, Dolores, ¿terminasteis la partidita sin mí?
Dolores: Pues sí, verás, es que Esperanza se empeño, y ya sabes que cuando se le mete algo en la cabeza, es ordeno y mando. Así que encontramos un sustituto.
Don Mariano: ¿Un sustituto? ¿Y se puede saber en manos de quién dejasteis mis cartas?
Dolores: de Alejandro.
Don Mariano; ¿De qué Alejandro?
Dolores (señalando con las cejas hacia la puerta del medico y bajando la voz): del yerno.
Don Mariano: ¡Ajjjjjjjj!
Dolores. Ajjjj no, Mariano. Agag. Alejandro Agag. El de la Fórmula 1.
Don Mariano: Ya, ya, si digo ajjjjjjjj porque ya tenemos bastante con el suegr...

(En ese momento la conversación queda interrumpida debido a que el doctor abre la puerta de la consulta, y en un alarde visual sin precedentes en escena, el cuerpo todo del facultativo continúa en la parte derecha del escenario, es decir, en el interior de la consulta, pero, sorprendentemente, el bigote, y sólo el bigote, asoma por la puerta hacia la parte izquierda, hacia la sala de espera. Vaaale, siiií, el espectador lo ve todo, pero se supone que lo único que asoma es el bigotillo)

Dr.Ánsar (asomando, ya digo, sólo el bigote por la puerta): ¡Que pase el siguiente!
Dolores (a Mariano): Suerte, campeón.
Don Mariano (Volviéndose hacia Dolores mientras se levanta): ¡Gracias!
Dr. Ánsar: ¡Coño Mariano!, pasa, pasa y toma asiento.
Don Mariano: Hola doctor. Venía por...
Dr. Ánsar (interrumpiéndole): Ya, ya, ya lo sé. A mí no me tienes que dar explicaciones. ¿Qué estas tomando?
Don Mariano: Pues ahora mismito nada, pero si me sirve usted una cervecita, fantástico, Doctor.
Dr. Ánsar: no hombre no, me refiero a si te han recetado ya algún laxante o algo.
Don Mariano: pero es que yo no venía por...
Dr. Ánsar. No te me hagas el remolón, Mariano, no te me hagas el remolón. Mira, te tomas tres pastillitas de esto al día, de Patabajín, y verás qué pronto sueltas todo aquello que llevas dentro y que, no sabemos nunca bien por qué, por unas causas u otras, no somos capaces de expulsar por nuestros propios medios, tú ya me entiendes.
Don Mariano: Si yo le entiendo, Doctor, pero es que lo del estreñimiento ya se me ha pasado. Yo venía a consultarle otra cosa.
Dr. Ánsar (sorprendido): ¿Otra cosa? ¡no me digas más! Vienes entonces..., así me gusta, Mariano, así me gusta..., vienes a pedirme opinión sobre lo de la caza.
Don Mariano (más sorprendido aún): ¿La caza?
Dr. Ánsar: Sí, los tiros que se oyeron el otro día mientras jugabais al Cluedo, ya me lo ha contado Esperanza. Veras, no he dejado de pensar en ello y hay que aprovecharlo al máximo. La inoportuna cacería o hecho cinegético va a ser nuestra mejor y más contundente arma arrojadiza.
Don Mariano: Pero es que...
Dr. Ánsar: No se hable más, Mariano, no se hable más. Ese par de dos, Pellejo y Mamón, han cometido un error y lo van a pagar caro. Machácalos, Mariano, machácalos, antes de que te machaquen ellos a ti, el ministro y el juez.
Don Mariano: Ya, pero...
Dr. Ánsar: Y ahora me vas a disculpar, querido, pero son cinco minutos por consulta, ya sabes, y vamos ya por los cinco con treinta, que hay que ver cómo pasa el tiempo cuando uno, o en este caso tú, está bien acompañado, ¿verdad? (Se levanta y se dirige a Don Mariano para que éste a su vez se sienta obligado a levantarse, invitándole así a abandonar la consulta) Ah, y no dejes de tomarte el Patabajín, tres al día, desayuno, comida y cena ¿eh?
Don Mariano (resignado): Tres al día , ya.
Dr. Ánsar: Y arriba ese ánimo (hace ademán de ir a estrecharle la mano a Don Mariano y entonces éste se descubre el brazo, ahora sí que sí, y se le ve una mano enorme, hinchadísima y toda enrojecida, pero no hace falta que el actor que haga el papel del sufrido líder se haga una escabechina, no, no seamos brutos, sino que vale con una mano postiza de esas de broma, ahora que estamos en Carnavales, incluso con un guante rojo de los de fregar bien hinchadito, esto último resulta muy práctico).
Dr. Ánsar (asustado al verle la mano): ¡Jesús, Mariano!
Don Mariano: Por esto venía, doctor, por esto venía...
Dr. Ánsar: ¿Pero qué te ha pasado?
Don Mariano: Que he puesto la mano en el fuego.

TELÓN
(continuará)

lunes, febrero 16, 2009

GE-NO-VA-YA-NO-VA (2ª parte)

Comedia en tres actos
Original de Estilografic Punto Blog


Si ya te leíste la primera parte, eso que te llevas pa'l cuerpo. En caso contrario, casi que déjalo ya y pasa directamente a la segunda. Total, te vas a enterar de lo mismo...

ACTO PRIMERO

Salita de reuniones de la calle Génova, sede del Partido Popular. Corre (y no veas cómo corre) el año del Señor de 2009, allá por el mes de febrero, y en la calle hace un frío que te cagas. No así en la citada sala, en la que se está la mar de calentito. Y todo a media luz, como en el tango. El espectador, ajeno a lo que allí dentro se cuece, percibirá, o deberá percibir, cierto ambiente crispado entre los allí presentes y caras de sospecha y desconfianza en los unos y en los otros. Alrededor de una amplia mesa redonda nos encontramos con una silla vacía (se supone que del jefe) y después, en el sentido de las agujas del reloj (se supone que el espectador lleva reloj y que éste es de manecillas, como Dios manda), se encuentran - sentaditos todos - la Señá Esperanza, un señor Gallardo, Dolores de Quépedal y Pacocamps. Cada cual, apunta que te apunta sus cositas en secreto y sin que los demás le vean. Esperan impacientes.

La Señá Esperanza (inquieta): Cuánto tarda este hombre...
Pacocamps: Sí que tarda, sí. Hace ya más de media hora que salió...
La Señá Esperanza (notablemente disgustada): Pues ya está bien, a ver si puede ser que terminemos hoy con esto...

(De repente, el silencio se rompe con un ¡pum!, a continuación un nuevo ¡pum!, y para finalizar un último ¡pum!, con lo cual, y si no me equivoco, suman la friolera de tres “pums”)

Dolores de Quépedal (alarmadísima): Dios mío, ¿qué ha sido eso?
Pacocamps (alarmadísimo también, para no ser menos): ¡un pum!
La Señá Esperanza (fría como si no fuera con ella, la tía): un pum no; han sido tres.
El Señor Gallardo: voy a ver qué pasa (se levanta, se dirige hacia uno de los laterales del escenario y hace mutis por el foro).
La Señá Esperanza (por lo bajini, por si acaso, y una vez que se ha marchado el Señor Gallardo). ¡Yo no he visto tío más pelota!
Dolores de Quépedal: No seas así, mujer. A lo mejor le ha pasado algo.

(Quedan todos en silencio y continúan tomando notas, siempre desconfiando los unos de los otros y echándose ojeadas, los unos a los otros, con el rabillo del ojo. Enseguida regresa el Señor Gallardo y cuando se dispone a ocupar su silla, La Señá Esperanza se la retira, no sin disimulo).

El Señor Gallardo (cayéndose de culo): ¡Hostias!
La Señá Esperanza: Alcalde, no me seas mal hablado, por Dios.
El Señor Gallardo (incorporándose, colocándose las gafas que han ido a parar al suelo por efecto de la aparatosa caída y sin perder la compostura): Jopelines, quise decir.
Pacocamps: (dirigiéndose al Señor Gallardo): ¿y Mariano, no viene?
El Señor Gallardo: Me temo que está con dolores.
Dolores de Quépedal (sorprendida): ¿Conmigo? Si yo no me he movido de aquí...
El Señor Gallardo: no mujer, me refiero a que le duele, y por eso tarda.
Dolores de Quépedal: ¿que le duele qué? ¿Le han pegao un tiro? Dinos algo, Alberto, que nos tienes en ascuas.
El Señor Gallardo: que no, que no, que se trata de lo suyo, ya sabes (se toca la barriga)... de sus dificultades para evacuar.
La Seña Esperanza: ¡No me digas que está otra vez estreñido! Pues entonces tenemos para rato.
Pacocamps: ¿Y los tiros?
Un Señor Gallado: Ah, eso... Parece que se ha abierto la temporada de caza.
Dolores de Quépedal: ¡Indignante!
Pacocamps: ¡Dónde se ha visto!
La Señá Esperanza: ¡Pa’cagarse!
Un Señor Gallardo (sorprendido por el enfado de los tres): ¿Os referís al hecho cinegético o al tránsito intestinal?
Esperanza (hasta las narices de la situación): A ambas cosas. ¿Y sabéis lo que os digo? Que vamos a seguir sin él. ¿no te tocaba a ti, Dolores? Pues venga, acusa de una vez.
Dolores de Quépedal: Yo... digo que ha sido el Sr. Correa..., con el ladrillo..., en toda la cabeza y... en el despachito.

Y es entonces, y sólo entonces, cuando el despistado espectador descubre que los cuatro personajes y, por qué no decirlo ya, aspirantes a la sucesión del intestinalmente obstaculizado Mariano, se hallan disputando una tan interesante como reñida partidita de Cluedo, que lamentablemente va a quedar pendiente de resolución debido a que comienza a descender el siempre inoportuno...
TELÓN
(continuará)

miércoles, febrero 11, 2009

La leyenda del cuadro


- ¿Qué le sucede a usted, ilustre visitante, que temblando está cual si fuera un Flan Danone o incluso más, casi como si de un sabroso y colorido postre de Gelatina Royal se tratara?
- Que... tengo miedo.
- ¿Y eso? ¿Ha visto usted a un fantasma?
- Casi, casi.
- A ver, hombre, tranquilícese y explíqueme lo sucedido.
- Se trata de Bruno Amadio.
- ¿De Bruno qué?
- ¿No ha oído usted hablar, señorita, de un tal Bruno Amadio?
- Sí, claro que he oído. A usted hace exactamente dos líneas, sin contar ésta, en el enlace que ha puesto. Pero antes no.
- ¿Tiene usted tiempo?
- Todo el tiempo del mundo. ¡Soy funcionaria!
- Pues siéntese y le cuento.
- Sentada estoy, aquí, a la luz tenue de la lámpara para crear ambiente. Cuénteme.
- Verá. Bruno Amadio era un pintor que vivió el siglo pasado y al que se le conocía como el “Pintor Maldito”.
- ¡Anda! Como el que me pintó a mí el techo de la cocina. Bueno, a ese mi Paco y yo le llamamos el “maldito pintor”.
- No, mujer, éste era pintor de cuadros, y al parecer, como no le iba la cosa muy allá, decidió hacer un pacto con el diablo.
- ¡No me asuste! ¡Así que es cosa del Maligno! Ahora entiendo lo de las manchas que me salen en el techo, que ni con el KH-7 ni con el Silic Bang hay manera de quitarlas. ¡Y eso que dicen que la suciedad se va en un bang!
- Le recuerdo que hablo, señorita, de un artista, y no de lo que comúnmente se conoce como “pintor de brocha gorda”.
- Huy, que picarón! Yo en eso no me fijé, en lo de la "brocha gorda".
- Bueno, pues como le iba diciendo, el tal Amadio pacto con Belcebú. “Tus cuadros se venderán y tendrán éxito - le dijo el tipo de los cuernos -, pero a cambio...”
- ¿A cambio, qué...?
- Verá, resulta que, en efecto, Amadio realizó una serie de cuadros de niños llorando que tuvieron muchísimo éxito, pero en las casas de las gentes que los compraban sucedían hechos extraños.
- Ya; el techo de la cocina, ¿no?
- Olvídese del techo de la cocina, señorita. Cosas aún peores.
- ¿Peores? No me puedo hacer a la idea...
- Uno de sus cuadros más famosos, el que ilustra este post, es el de un niño que vivía en un orfanato.
- ¿En este post? Espere que lo mire, que no me he dado ni cuenta... Ah, si, es verdad, está como llorando, el pobre.
- No me extraña que llore, señorita. Poco después de que el cuadro se pintara, el orfanato se incendió con el niño dentro.
- ¿Y salía Belén Rueda?
- ¡Señorita, no es una película! Son hechos reales, O al menos eso dicen.
- Vale, vale, siga, soy todo oídos.
- ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, por el cuadro del niño llorando. Mírelo detenidamente.
- Lo miro, lo miro.
- Muévase usted para un lado y para el otro.
- Me muevo, me muevo.
- ¿Qué observa?
- ¡Qué voy a observar!, ¡el cuadro! ¿Pues no me ha dicho que lo mire?
- Ya, ya, pero me refiero a que si no nota nada extraño.
- Huy, pues sí. El dichoso niño me sigue con la mirada. ¡Qué miedo!
- En efecto, señorita. Se dice que el cuadro se quedó con el espíritu del niño, y que lo mismo sucedió con otros cuadros suyos, también de niños llorando, y todos ellos vigilan y traen desgracias a quienes los poseen.
- ¡Claro!, con un incendio en casa se te tienen que poner los techos de negros...
- Hablo de muertes y sucesos sobrenaturales, señorita.
- Ya, pero eso de que te sigan con la mirada pasa en muchos cuadros.
- Es que aún hay más. Ladeé usted la cabeza hacia su izquierda.
- ¿Así?
- Eso es, y no deje de mirar el cuadro. ¿Qué nota?
- Un dolor de cuello de toma pan y moja. Es que sufro de cervicales, ¿sabe?
- Ya, ¿pero no ve nada extraño en el cuadro?
- ¡Aaaaaaaajj! Sí que lo veo, sí. ¡Un pez horrible parece estar comiéndose la cabeza del pobre crío. ¡Sálvelo!, ¡sálvelo!
- Es cosa del Maligno, señorita, yo nada puedo hacer. Permitamos que nuestros lectores ladeen también la cabeza y observen el cuadro....
......
.....
- ¡Hacia la izquieeeeeeerda! Hacia la derecha no se ve bieeeeeen....
- ¡Aaaaaaaajj!
- ¿Quién ha gritado ahora?
- Yo no, señor. Ha debido de ser alguno de los lectores.
- Es que da mucho susto.
- ¡Ya lo creo! ¡El pez es horrible! Bueno, y a estas alturas del post, ¿me puede decir usted de una vez a qué viene todo esto, que me tiene cagaíta y me está haciendo pasar un mal rato? ¿Qué narices tiene que ver toda esta historia con la Cámara Alta?
- ¿La Cámara Alta?
- Sí, le recuerdo que está usted visitando el Senado, y que yo soy una funcionaria trabajadora del citado edificio.
- ¡Coño, es verdad! Ya no me acordaba. Pues verá, es que he visto ahí, en el pasillo, un retrato de una señora que me sigue con la mirada allá donde voy, es como si me vigilara y no me quitara ojo, y es que me da miedo ladear la cabeza no vaya a ser que....
- Ah, ya, pero no se preocupe. Ésa no está poseída ni nada, que yo sepa.
- ¿Ah no? ¿Y entonces...?
- Es que le encanta espiar.


lunes, febrero 09, 2009

Un cafelillo

Hacer, lo que se dice hacer, hacía un frío de cojones en Madrid, para qué nos vamos a engañar, pero aún así no he dudado un segundo esta mañana al pasar por la cafetería “La Conciencia” en sentarme en una de las mesas libres de la terraza – libres estaban todas, dicho sea de paso – para tomarme un café bien calentito que me entonara el cuerpo.

Voy y le digo al camarero que un café con leche, por favor, ante lo cual el camarero me sale, con su melodioso acento de allende los mares, con el acostumbrado y consabido planteamiento de que si la leche fría, templada o caliente, no se le ocurre otra cosa.

Calentita, calentita, que hace un frío que pela.

“No hacemos otra cosa que crearnos y crearnos problemas nosotros mismos para después dedicar el resto de nuestras vidas a tratar de solucionarlos de mala manera, con el consiguiente desperdicio de tiempo y recursos que ello conlleva, por no hablar del desgaste que asimismo supone todo ello”, va y me suelta el camarero antes de mostrar cualquiera otra reacción ante mi petición. Con lo cual, claro, quédome de piedra, y con la duda de si se estará refiriendo a mi absurdo y contradictorio comportamiento de sentarme a la intemperie con el frío que hace para posteriormente tratar de elevar la temperatura corporal con el recurso del cafelillo o sí, cosa bien distinta, tratárase de hacer referencia al dichoso entramado de asuntos varios que atenaza gargantas y aflige pensamientos en filas populares, vete tú a saber.

Pocos segundos más tarde, o lo que es lo mismo, en un abrir y cerrar de ojos, va y me planta el café, cosa que agradezco, lo del escaso tiempo transcurrido, debido a la cada vez más insoportable corriente de aire gélido que atraviesa el callejón en el que se halla ubicada la terraza, que hay que ver lo duro que resulta el largo invierno en las calles de Madrid, especialmente el que nos ocupa.

Tras degustar el café ya no calentito, sino más bien hirviendo, de un solo trago con la consiguiente sensación de abrasamiento en faringe, esófago y estómago - apostaría algo a que por ese mismo orden - requiero de nuevo la grata presencia del irónico camarero con la única intención de satisfacer mis deudas pendientes para con el establecimiento. “¿Y a cuánto asciende la cantidad en débito correspondiente a la amortización de la deuda contraída debido a la ingesta de la consumición degustada?”, le suelto yo a él, al camarero, no sé si tratando de intimidarle con mi pedantería o de resultas de que no me puedo quitar de la cabeza últimamente la dichosa crisis económica y financiera que tortura y tiene en un sinvivir a las huestes socialistas, y a la ciudadanía toda, por añadidura.

¿A la cuenta se refiere?, me dice. Pues sí, le digo. A lo cual me contesta que uno con veinte, y yo voy y le suelto que imposible, que sólo dispongo de setenta céntimos sueltos, por lo que me veo entonces en la obligación de satisfacer la deuda mediante la utilización de tarjeta de crédito con fecha de caducidad libre de toda sospecha. Que imposible, me dice él también, porque da la casualidad de que en la cafetería en la que trabaja por un mísero sueldo debido a su condición de inmigrante no se admiten pagos con tarjeta que no sean iguales o superiores a los diez euros, no sabe cómo lo lamento.

¿Por aquello de las comisiones?, pregunto yo con mi aire de analista financiero de la Morgan Stanley del que llevo un buen rato haciendo gala sin corresponder ello ni un ápice a una situación real. Vaya usted a saber, me contesta él con sus ínfulas de camarero de allende los mares, no sé si reales o fingidas. Pues a ver cómo lo hacemos, añado yo. Pues a ver, concluye él.

Total, que le largo al fin la tarjeta bancaria con desdén y le digo que me cobre los referidos diez euros y santaspascuas, que qué se le va a hacer, que a usted le aproveche, aunque servidor se vaya a acordar del dichoso café por el resto de sus días con sus consabidas noches.

“Y lo peor de todo - va y me dice con conspicuo ademán, el tío– es que al final no hay nada que más felices nos haga que considerarnos cómplices de la felicidad ajena cuando nuestra propia existencia no deja de estar marcada por la mediocridad y el sufrimiento más absolutos y no somos capaces de mover un dedo por el prójimo si ello supone al tiempo un verdadero inconveniente para con nosotros”.

Una vez firmado el justificante del pago, me voy de allí con el rabo entre las piernas y más helado de lo que llegué, pensando fríamente, tal y como lo requiere la mañana, en lo de los datos del paro y en la propuesta de abaratamiento del despido tendida sobre la mesa, y con el remordimiento dando vueltas en mi cabeza por no haber dejado al final en el ocioso platillo ni un mísero céntimo de propina.

jueves, febrero 05, 2009

Preparativos

- Hola , muy buenas, señorita. Veníamos buscando un vestido de Comunión.
- ¿Qué pasa, que se les ha perdido uno?
- No mujer, me refiero a que tenemos intención de adquirir uno a un módico precio, si usted tuviera a bien ofrecérnoslo.
- Ah, bueno, pasen, pasen. Están ustedes en el sitio indicado.
- Ya, ya, ya lo hemos visto, lo indica bien grande en el cartel de la puerta: “VESTIDOS DE COMUNIÓN”..., pero del precio no dice nada.
- Para la niña supongo que será, ¿no?
- No, si le parece lo voy a llevar yo.
- Disculpe, disculpe, reconozco que me podía haber ahorrado la pregunta. Permíteme que le diga, no obstante, que le noto a usted pelín tenso.
- Ya, es que yo también me podría haber ahorrado lo que me va a costar el modelito de no haber resultado imbuido, todavía no sé cómo, por tamaña voluntad divina.
- Ya sabe usted que los caminos del Señor son inescrutables, alma pecadora. Todo sea por contribuir a seguir manteniendo buenas relaciones con el Vaticano y no enmendarle la plana al Gobierno después de la cordial reunión de ayer.
- Claro, cualquiera dice ahora que no, después de que Zapatero haya invitado al Papa a venir a España.
- Pues no se hable más. ¿Y cómo lo quieren, el vestido?
- Baratito, ya le digo.
- Ya, bueno... me refiero a las características del traje...
- Estoooo.... blanco, o en su defecto un crudito claro. digo yo, no sé.
- Hombre, hablo, más que del color, de la elaboración y composición de la prenda.
- ¿Mande?
- Si, que si quiere usted un vestido de organza, de seda rústica, de seda gazar, de otomán...
- ¿Otoqué?
- Otomán, un tipo de tejido acordonado bello y sugerente donde los haya. Y si no, le podríamos añadir jaretas, bieses, bordados o inclusive algún entredós, según sea su gusto o el de la niña, que ellas también han de opinar.
- ¿Entredós? Entre dos nada más es como lo vamos a pagar, entre mi mujer y yo, así que no lo complique mucho.
- También hay que tener en cuenta el tipo de manga, ya sea manga corta, manga de farol, manga chimenea...
- Demasiada manga ancha, es lo que he tenido yo al acceder a todo esto...
- Y así, si continuamos con el orden ascendente, llegaremos finalmente hasta el cuello.
- Efectivamente, señorita, usted lo ha dicho. Hasta el cuello que estamos, y todavía no hemos pagado.
- No, me refiero a que si van a quererlo con cuello de bebé, cuello chimenea, cuello mao...
- Mire, lo de mao casi que lo descartamos, a ver si después de todo el gasto la gente se va a pensar que lo hemos comprado en el chino.
- Bien, pues yo creo que este modelo les va a gustar. Pruébenselo a la muchacha.
- La verdad es que no es porque sea mi hija, pero a la niña, le pongas lo que le pongas...
- Ya. Eso dicen todos los padres. Y luego no sé por qué, a todos les gusta el más baratito y los demás es que no quieren ni probárselos.
(...)
- Pues sí que le queda bien, sí. Nos lo vamos a quedar. Díganos cuánto es.
- Espere, espere, que aún no hemos terminado. Vamos a probar los adornos para el pelo.
- Oiga, qué adornos ni qué niño muerto, si mi hija ya tiene el pelo muy bonito de nacimiento...
- Ande, ande, no sea usted así de soso. Mire, tenemos la corona simple, la doble corona, la diadema simple, la diadema ancha, el lazo blanco, las flores sueltas, lah papah fritah, er biemnmesabe, loh shipironeh, lah gambah plansha... Huy, disculpe que me he ido.
- Calle, calle, que esa es otra, lo del banquete.
- ¿Que pasa, que tienen muchos invitados?
- Muchos no, pero comen que da gusto, los jodíos.
- Suele pasar, sí.
- Bueno pues nos vamos a quedar con la corona simple. Ahora sí, dígame el total.
- Una cosita más...
- ¡No joda!
- Le falta a usted el cancán.
- ¿El cancán? ¡Señorita, que se trata de una conmemoración religiosa! ¡Déjese de espectáculos frívolos y picarones!
- No hombre, me refiero a la salerosa enagua con volantes almidonados que sirve para ahuecar la falda y darle más cuerpo y aire al vestido, que no vea usted cómo cambia.
- ¿La salerosa enagua? ¿Sabe lo que le digo? Que ahora entiendo yo el verdadero significado de la manida expresión.
- ¿A que expresión se refiere, señor?
- A cuál va a ser, a la de “¡me cago en la hostia!”..., que se dice.

jueves, enero 29, 2009

Y al final...

Durante mi diario paseo matutino destinado a airear éste mi cuerpo serrano con el que Dios todo poderoso que está en los cielos ha tenido a bien dotarme, venía ya servidora de un tiempo a esta parte siendo objetivo de indecorosas y provocativas actitudes del todo ajenas a mi persona y en modo alguno por mí incitadas, el mismo Dios antes aludido me libre de ello.

Me explico: resulta que viene paseando servidora un día sí y el otro también con la fresca y aroma del rocío, tan jovial y la mar de contenta, luciendo todo el garbo y salero de los que una es capaz de hacer gala, que es mucho, cuando de repente, desde un llamativo balcón engalanado todo él con geranios, buganvillas, y abundante variedad de floridas, coloridas y alegras macetas observo una figura humana de naturaleza masculina - sumamente masculina, diría yo - que intenta, con aspavientos y ademanes en ocasiones rayanos con lo obsceno, intenta digo llamar mi atención de manera inconfundible, que no cabe duda de que la cosa va conmigo, vamos, que lo que quiere es que entre.

Ante semejante provocación diaria, una, que otra cosa no, pero decente es un rato, opta por la prudente postura de hacerse la loca y cantar con tono orgulloso y desenfadado la consabida coplilla que dice asín: “era hermoso y rubio como la cerveza, el pecho tatuado con un corazón, en su voz amarga, había la tristeza doliente y cansada del acordeooooón”. Y seguir caminando, la frente erguida y la morena melena al viento, y que te digo que no entro.

Notando he ido que la cosa iba a más jornada tras jornada, hasta el punto de que el otro día, el aludido varón o mancebo, no contento con el ritual de gestos para nada correspondidos por mi persona, va y me sale con un “pchsssss, pchsssss”, acompañado subsiguientemente con nuevos versos de la coplilla otrora salida de mi dulce boquita de pitiminí: “mira mi brazo tatuado con este nombre de mujer, es el recuerdo del pasado que nunca más ha de volveeeeeeer”, me susurra el muy picarón. Y yo, ya digo, muy recta y en mi sitio, toreando la embestida con capote de grana y oro. Y que no entro.

A tal punto ha llegado finalmente la cosa que ya hoy me asaltan el plena calle otra suerte de mancebos y zagalillos, sin duda enviados por aquél, quienes no contentos con acercarse a mi verita y caminar a la sombra de mi figura van y me agarran por brazos e incluso cadera, uno por la cadera, al cual suelto tal guantazo que su rostro queda marcado como Dios manda, y ya en verdad asustada procedo a interrogarles, severo el semblante y con mis ojitos azabache inyectados en sangre, de la rabia que m’adao. Y porque me niego a entrar.

- ¿Quiénes sois ustedes vosotros?
- Semos lo’h indicadoreh económicoh.
- ¿Lo’h indicadoreh económicoh? ¿Y eso qué es lo que es?

Y sin tiempo para más, préndenme vehementemente loh indicadoreh y condúcenme en presencia del libidinoso maromo, cual si fueran belicosos arcángeles enviados por el mismísimo Cupido con la única intención de romper mi resistencia ante las insistentes artes amatorias del trasnochado galán, no sin antes alcanzar una a oir por el camino las confusas explicaciones de mis violentos acompañantes sobre no sé que de acumular dos trimestres seguidos de caída del peibé así como del consumo, y que si ya veremos en 2011, que la verdad sea dicha, una no alcanza a entender en su justa y acertada medida.

Y así ha sido como servidora, la del garbo y el salero, de nombre Economía y de apellido Española, ha sido introducida finalmente a la fuerza y en contra de mi voluntad en la tantas veces esquivada estancia del fulano, el mismísimo dormitorio del balcón engalanado todo él, bien saben mi Dios y Don Pedro Solbes que de muy mala gana, alcanzando mis ojitos azabache aún inyectados en sangre a ver, antes de que la puerta que hace las veces de frontera entre lujuria y castidad se cerrara a mis espaldas, el cartelito que identificaba la dependencia en la que me temo que en adelante pasaré mis días y mis noches, y en el que en ese mismo momento servidora procedía definitiva y oficialmente a entrar:

RECESIÓN
¡Maldita sea su estampa!

miércoles, enero 21, 2009

El juramento

- Hola buenos días; resulta que yo venía a jurar...
- Me parece muy bien, hombre. Puede usted jurar y perjurar, e incluso acordarse de la madre que parió a servidor, si ello le consuela y tranquiliza.
- No, no, si yo lo único que quiero es jurar mi cargo.
- ¿Su cargo? ¿Y cuál es su cargo?
- Cuál va a ser, el de presidente electo, de momento, pero en cuantito que lo jure me quito lo de “electo” y me quedo en “presidente” a secas.
- Oiga, no será usted....
- En efecto: Obama, Barack Husein Obama, de los Obama de toda la vida..
- Pues si me lo permite usted, entre “presidente electo” y “presidente a secas”, yo casi que me quedo con la primero, dónde va a parar.
- A la Casa Blanca.
- ¿Cómo dice?
- Que voy a parar a la Casa Blanca, digo, si me toma usted juramento de una vez.
- ¿Se sabe usted la fórmula?
- Claro que sí; tome nota: F12 = q2v2 xB1...
- Oiga, ¿pero qué me está contando?
- La formula de la tercera Ley de Newton, también conocida cono el principio de acción y reacción, que viene a decir que....
- Que no hombre, que no. Me refiero, obviamente, a la fórmula del juramente (si me permite usted el cambio de vocal final, que es que si no no me rima).
- Ah. Más o menos. En español mejor que en inglés, eso sí...
- Pues venga, vamos allá. ¿Ha traído usted el libro?
- Claro, aquí lo tengo.
- Bien, pues proceda tal y como le digo: primero, lo deposita sobre la mesa, después, le planta la mano encima, a continuación, con gesto solemne y circunspecto, repite usted conmigo las famosas 35 palabras.
- De acuerdo; cojo el libro y lo pongo sobre la mesa, le planto la mano encima...
- Oiga, espere un momentito, pero ese libro es...
- Sí, el famoso libro rojo.
- Ya, pero no se trata de la Biblia de Lincoln, como sería menester...
- ¿La Biblia de Lincoln? Pues no. Se trata de Blogs de papel (I).
- ¡Anda la leche! Entonces tú no eres Obama, sino Estilografic.
- Y tú tampoco eres el Jefe del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, sino Mariano Zurdo, a ver si te crees que soy tonto.
- Efectivamente. No, no me refiero a que seas tonto, sino a que, efectivamente, esa es mi verdadera identidad.
- Y esto no va a ser entonces Guasintón, sino...
- La Librería La Clandestina, sí señor, sita en la calle de La Palma, nº 49, yadepasolodigo.
- Y aún hay más: me temo que lo que se va a celebrar aquí esta tarde a las 19:00 horas no es la toma de posesión del presidente de los Estados Unidos, ¿verdad?
- Afirmativo. Lo que se celebra es la presentación del ya famoso Blogs de papel (I), el libro rojo que, en efecto, se asemeja a la Biblia de Lincoln en lo que al color respecta, que no así en cuanto a contenidos.
- Bien, pues eso que ganamos. Y dime, Mariano Zurdo, ¿vienen Bruce Springsteen, Aretha Franklin o la bella Beyoncé, valga la redundancia?
- Que noooo, que el que viene es Juan Cruuuz, mira que te lo tengo dicho, Estilografic.
- Ah, es verdad. Pues tanto mejor, porque va a ser entonces una presentación por todo lo alto.
- Ya lo creo que sí, Estilografic. Y ahora, si te parece, procedamos a depositar el libro rojo sobre la mesa, plantemos todos las manos encima, las nuestras y las de todos lo que hemos hecho posible este Blogs de papel (I)... y gritemos todos al unísono:


¡Yes, we can!


lunes, enero 19, 2009

El ángel exterminador

- Vamos ver, vamos a ver, hagan el favor de ir abandonando el local, que ya son las nueve de la noche y hay que ir pensando en cenar...
- Es que no sé que pasa, que no podemos salir.
- Empujad, empujad, que la puerta está abierta.
- No. si ya sabemos que está abierta, pero es que no salimos.
- ¡Joder! ¿No salís por qué?
- Yo qué sé.... No salimos y no salimos.
- ¡Pues es tan fácil como poner el pie en la calle, leches!
- Ya, pero es que llegamos a la puerta y nos volvemos, no se sabe por qué.

Sólo un par de horas antes todo se preparaba concienzudamente para lo que iba a ser el gran acontecimiento del día, qué digo del día, de la semana, qué digo de... (y así hasta llegar a siglo, al acontecimiento del siglo, ¿para qué nos vamos a enrollar?).

¿La toma de posesión de Obama? ¡Qué Obama ni qué niño muerto! ¡La presentación de Blogs de Papel en La Clandestina!. Allí estábamos todos, editores, autores e invitados (y las cucarachas, también las cucarachas); ¡ah!, y un tipo bajito, gordito y con bigote que me temo que nadie sabía quién era. Y digo todos porque los que no pudieron asistir también estuvieron muy presentes, y ya se encargó el bueno de Mariano Zurdo, con su habitual gracejo y elocuente oratoria, de referirse a todos y cada uno con encomiásticas y laudatorias palabras, el tío. ¡A mí me dijo que me iba a adoptar!, el cachondo. Eso es porque no sabe lo que como... y que ronco, sobre todo que ronco.

En representación de los autores hablaron la insigne Belén y la entrañable Elena, y estuvieron, pues eso, insigne la una y entrañable la otra, como tiene que ser. Belén in Red lucía un vestido rojo diseñado para la ocasión creo que por Carolina Herrera, New York, o por Oscar de la Renta, de la renta per cápita. Bueno, la verdad que no tengo ni idea quien diseñó el vestido o si lo compró en las rebajas del Zara de Zaragoza, valga la redundancia, pero lo cierto es que iba monísima de la muerte, que es de lo que se trataba. Belencita nos transmitió a todos, gracias a su frescura y espontaneidad, su ilusión por el proyecto y nos contó cómo todavía no ha salido de su asombro desde que le dijeron a la pobre que tenía que firmar un contrato y todo, y llegó a pensar que estos tipos de La Clandestina estaban como una cabra. Y quizás no le falte razón, en lo de la cabra digo.

Con Elena yo creo que nos sentimos todos muy identificados al referirse al pudor del escritor novel contándonos la anécdota de que cuando publicó por primera vez y se lo dijo a su familia, todos la miraron extrañados y le hicieron la dichosa pregunta: ¡ah!, ¿pero tú escribes? Y también al confesarnos que ella lo que quería de pequeña era ser deportista, por aquello de que cuando les colgaban la medalla siempre se echaban a llorar. Pues al final, mira tú por dónde, sí que es escritora, y de las buenas. Aunque, eso sí, ni lloró ni nada, la tía dura.

Lo único que falló fue el sonido, macagoenlaleche. Es que para que la gente que no pudo asistir estuviera más cerquita los de La Clandestina habían montado todo un dispositivo de cámaras y micrófonos par retransmitir el evento por internet. Yo me llevé mi micrófono del karaoke y todo, como Clandes, e incluso llegamos a pactar ambos un dúo si hiciera falta. Pero luego no salió la cosa adelante, ya digo, no sólo porque no funcionara el sonido, sino porque además no nos llegamos a poner de acuerdo en quién decía lo de “y pega la vueeeeelta” y quién lo de “jamás te pude comprendeeeer”. Que no es tan fácil lo de los duetos, no te creas.

Los organizadores anunciaron que el próximo miércoles, Dios mediante, se celebrará una nueva presentación de Blogs de papel, pero que no nos asustáramos, que no había que ponerse a escribir otra vez el libro ni nada, que se hacía con el mismo libro pero esta vez con la presencia de los medios de comunicación, y que nos lo presentará nada más y nada menos que el escritor y periodista Juan Cruz, que ya son palabra mayores. Así además habla el presentador y Mariano se calla un ratito...

Pues nada, que con la foto de todo el grupo (que servidor no tiene porque, obviamente, formaba parte del mismo, y uno no puede, por buen fotógrafo que sea, sacar una fotografía en condiciones de un grupo del que uno mismo forma parte, no se si me explico) diose por finalizado el acto no sin antes proceder a echar a la calle de una patada en el trasero al misterioso tipo del bigote, que debió dedicarse a comerse todos los canapés y beberse todas las cervezas mientras los demás nos concentrábamos en la presentación, porque es que yo no probé ni los unos ni las otras.

Y sí; entonces fue cuando sucedió como en El Ángel Exterminador, la peli de Buñuel. Y es que allí se estaba tan a gustito...


P.D: Que muchísimas gracias a tod@s por un acto inolvidable, y que me encantó conocer a quienes todavía no conocía.

miércoles, enero 14, 2009

Sustancialmente

Teniendo en cuenta el anuncio, vaticinio o pronóstico de Don Pedro Solbes Mira - ministro de Economía e incluso de Hacienda y vicepresidente segundo del Gobierno, natural de la bella y acogedora localidad alicantina de Pinoso – de que, primero, el déficit público superó con creces en 2008 el límite impuesto por la Unión Europea, esto es, el 3 por ciento del PIB, y, segundo (y ahí viene lo peor), en este año de gracia en que nos encontramos, es decir, el 2009, el déficit va a ser “sustancialmente” mayor..., no sé vosotros, pero yo estoy que no doy pie con bola, de la preocupación y el desasosiego que me afligen.

Y es que lo de la utilización, seguro que la mar de estudiada y bien premeditada, del inquietante adverbio terminado en “mente”, como lo hacen también una buena parte de los adverbios que todos conocemos, lo de terminar en “mente”, me tiene sumido en la últimas horas en la más profunda de las cavilaciones. ¿Qué habrá querido decir en realidad Don Pedro Solbes Mira con eso de que “sustancialmente”? ¿Es preocupante hasta decir basta que un déficit tal de una Administración cual llegue a ser “sustancialmente” peor de un año para otro o son simplemente cosas que suceden en el extravagante y ensimismado universo de la macroeconomía?

Como no podía ser menos, servidor ha acudido lo primerito de todo al diccionario, a ver qué era lo que significaba exactamente “sustancialmente”, valga la redundancia de terminaciones, y comprobar fehacientemente (otro que tal baila) si el dichoso adverbio tuviera alguna acepción oculta, disimulada o misteriosa que conllevar pudiera cualquiera otra segunda interpretación maliciosa que no acabemos de percibir a las primeras de cambio. Y el caso es que el diccionario te remite directamente a la expresión “en sustancia”, y punto y se acabó.

Total, que después de un entretenido y fructífero, pro no decir sustancioso, recorrido de acepción en acepción, comenzando por la esencia o sustancia, pasando por toda suerte de complejos químicos y terminando por el jugo o caldito que se puede extraer de ciertas materias alimenticias, como es el caso de las sabrosas pastillas del Avecrem, chup, chup, que si cuece o que si enriquece..., vengo a determinar finalmente que lo que Don Pedro Solbes nos ha querido decir con la utilización del adverbio de marras es que nos vayamos apretando el cinturón.

Mayormente.

viernes, enero 09, 2009

Presentimiento

Lo mío tiene delito. Tal día como ayer no se me ocurrió otra cosa que acudir a uno de esos establecimientos que ahora optan por denominarse algo así como “salones multiservicio de tratamiento estético y nuevas tendencias de peinado”, y que de toda la vida de Dios se han venido llamando sencillamente “peluquerías”, para dedicarle a la amable muchacha que diligentemente recibiome frase tan sencilla y vulgar como la que sigue: “que venía a cortarme el pelo”.

La cosa es que la peluquera me miró con cara rara y sorprendida, como diciendo que adónde irá el pavo éste, no tendrá otro día para cortarse la rebelde cabellera que le adorna...; pero claro, al tratarse de una peluquería, como ya he dicho, yo voy y me pregunto que qué querrá, no voy a venir a colocarme extensiones o a hacerme la manicura, no te digo la tía.

Extrañado sobremanera por el hecho - comprobable con el simple método de recurrir a la cuenta de la vieja con los dedos de una sola mano - de que el susodicho establecimiento encontrábase despejado de clientela, es decir, que allí no había ni Dios (en el hipotético y últimamente discutidísimo asunto de que éste exista), voy y se lo hago notar a la aludida muchacha: “parece que está esto tranquilito, ¿no?”. “Ya ve usted - me dice -, después de la tempestad acaba viniendo siempre la calma”, enigmática frase ésta que, ahora que lo pienso desde la perspectiva oportuna, tal vez encerrara en sí alguna suerte de mensaje oculto en lo que respecta a la utilización del término “tempestad”, prestándose éste como se presta a ser interpretado no ya en sentido figurado y referido a la cantidad de clientes recibidos durante las recientemente finalizadas fiestas navideñas, sino del todo literal, es decir, “frío de cojones”.

Pues nada, que soy conducido siempre con la oportuna amabilidad hasta una segunda y más acomodada estancia del establecimiento en cuestión acompañado de la citada muchacha, la cual me inquiere acerca de cómo lo quiero, el corte capilar se entiende, ante la cual pregunta le aclaro con decisión y valentía que “cortito, para que dure lo suyo”.

A continuación, la amistosa y siempre altamente recomendable conversación intrascendente que acaba por entablarse ente cliente y peluquero/a, - porque es que si no, calladitos todo el tiempo y sin decir ni pío, se les queda a los dos una carita de tontos que no hay por dónde cogerla - la intrascendente conversación digo viene a derivar en un acalorado debate numérico acerca del tipo de cuchilla a utilizar en la maquinilla cortapelo, que si me mete un cinco o me mete un tres, a lo cual yo le digo - no sin cierta incertidumbre, eso sí, porque no gozo de experiencia en la utilización del citado artilugio – que la trascendente decisión la tengo que dejar en sus manos, en las de la peluquera, porque es que yo no tengo ni idea de las consecuencias que pudiera acarrear la elección de uno u otro calibre, si es que puede denominarse así, le digo a la peluquera, el grado de rasurado de la cuchilla utilizada.

Total, que la buena muchacha, prudente donde las haya, adopta a mi entender la decisión más oportuna: “vamos a empezar con el cinco y luego después ya lo vamos viendo”, y según está terminando de pronunciar la entrecomillada frase o sentencia va y coloca con admirable destreza el cabezal correspondiente en el artilugio y empieza deslizar éste, decididamente aferrado con mano derecha, por la zona capilar, mientras que con la otra extremidad superior que le queda libre, que no puede ser otra que la mano izquierda, agarra y sujeta con firmeza mi cabeza toda, con la única intención de que ésta no se acabe por vencerse debido a la fuerza aplicada hacia el lado contrario del de la procedencia de la misma, de la fuerza digo, pudiendo producirse en tal caso y si no se evita una tan desagradable como desafortunada lesión o espasmo torticular, con lo que duele.

Quedose definitivamente la cosa en el número cinco, porque a medida que se fue haciendo visible el resultado, coincidimos todos los implicados, esto es, peluquera y cliente, y por unanimidad, en que ello era suficiente y que, en efecto, y respondiendo siempre a mis deseos previos, aquello iba a durar “lo suyo”. Y hete aquí que después de un lavado y aclarado final acompañados del correspondiente masaje occipital me dispuse a abandonar el establecimiento no sin antes abonar la cuenta y ser posteriormente objeto de una cálida despedida por parte de todo el personal allí presente, quienes unánimemente hicieron ostentación pública de sus buenos deseos utilizando la manida expresión de “que le vaya bien”, a la cual coincidieron en añadir la sospechosa coletilla de “y abríguese”.

Dicho y hecho, porque fue salir a la calle y mis despejados órganos externos de audición, otrora protegidos por rizados cabellos, adquirieron de golpe y porrazo cierta y preocupante tonalidad rojiza tendente hacia el estado de congelación, con lo cual acabé por llegar a la conclusión que ha sido causa y motivo de la elaboración de éste mi post de hoy: “mañana va a nevar”.

miércoles, enero 07, 2009

Un encuentro inesperado

Madrugada del 5 al 6 de enero de 2009. Pasillo de los cuartos trasteros de la residencia de los Estilografic. 02 horas, 47 minutos, 37 segundos... 38, 39, 40...

- Buenas noches.
- Huy, muy buenas noches. Vaya susto que me han dado ustedes, a estas horas...
- Disculpe, es que llevamos un poquito de prisa, señor Estilografic.
- Oiga, ¿quiénes son ustedes tres?
- Quiénes vamos a ser...
- No me irán a decir que son...
- ¿Y a quién esperaba encontrar si no este día y a estas horas? ¿A los tres mosqueteros?
- Entonces, definitivamente, ¿son ustedes reales?
- Reales y magos, sí señor.
- ¿Y cómo saben mi nombre?
- Ser magos es lo que tiene, que lo sabemos todo.
- No me lo puedo creer.
- ¿No me irá a decir, señor Estilografic, que no ha dejado usted sus zapatillas a los pies del árbol?
- Sí, sí que las he dejado, las pantuflas.
- Y el barreño de agua para los camellos...
- También, también; fresquita y limpita, como Dios manda.
- Y las tres copitas con su cava...
- El Brut Nature reserva de Freixenet, sí señores, cava producido sólo en años de vendimia seleccionada, del que destacan los aromas secundarios y terciarios procedentes de la segunda fermentación y su envejecimiento en contacto con las lías. ¿Saben ustedes lo que son las lías?
- Sí señor, las sustancias sólidas, sobre todo restos de levaduras, acumuladas en el fondo de los depósitos tras la fermentación del vino. Ser magos es lo que tiene, que lo sabemos todo.
- Ya, ya me lo habían dicho.
- ¿Y algún polvoroncillo? Habrá dejando usted algún polvoroncillo, ¿no?
- Sí, bueno, mantecados de ajonjolí, ya saben...
- Sí, planta herbácea de la familia de las Pedaliáceas, de un metro de altura, tallo recto, hojas pecioladas, serradas y casi triangulares, flores de corola acampanada, blanca o rósea, y fruto elipsoidal con cuatro cápsulas y muchas semillas amarillentas, muy menudas, oleaginosas y comestibles. Ser magos es lo que tiene, que lo sabemos todo.
- ¡Qué tíos!
- ¿Entonces lo ha dejado usted todo preparado, señor Estilografic?
- Pues sí, lo he dejado todo, las pantuflas, el agua, el cava, y los mantecados.
- Entonces no diga que no se lo cree, lo de los Reyes Magos.
- Ya, pero es que todo esa parafernalia forma parte del entramado del ceremonial previo al artificioso advenimiento de Sus Majestades, y permítanme que les hable así, que no es que yo sea en extremo pedante, sino que con ello evito revelar el misterio oculto, ya me entienden, a aquellas personas de cándida edad que pudieran llegar a leer lo que aquí se está relatando. Ahora bien, no me esperaba yo, si les soy sincero del todo, que fueran ustedes a ser tan... normalitos.
- ¿Y qué esperaba?, ¿encontrarnos con nuestras barbas y capas postizas, ridículas donde las haya, saludando a los presentes con escaso garbo y salero y arrojando caramelos a diestro y siniestro sin reparar ni en gastos ni en el daño que hacen, los dichosos caramelos, cuando impactan en las cabezas de los ilusionados niños?
- Pues sí, algo así.
- Pues no. Algo así no. Todo esa parafernalia forma parte, como muy acertadamente usted mismo ha señalado, del entramado del ceremonial previo al artificioso advenimiento de Sus Majestades, pero no responde en absoluto a la realidad. Nosotros somos personas normales y corrientes pero, eso sí, magos.
- De piedra me dejan ustedes, qué quieren que les diga.
- ¿Y se puede saber - permítanos que se lo preguntemos ya que nuestros destinos se han ido a cruzar de manera inexorable en esta Noche de Reyes – qué hace usted levantado a estas horas, señor Estilografic? ¿No sabe que hoy hay que acostarse prontito?
- Es que me dirigía precisamente al trastero para recopilar todos los paquetes que desde hace días tengo ahí almacenados y a buen recaudo, ya saben, y proceder a colocarlos en el árbol, ya que finalmente - y fíjense qué horas - el caprichoso e inseguro Morfeo ha resultado de una vez por todas vencedor en duro y fatigoso combate entablado en el interior de cada una de mis pequeñas descendientes a la par que herederas, quienes por fin se hallan sumidas en el más profundo sueño. Y vuelvo a ser pedante una vez más con el mismo objetivo ya señalado, no se me asusten.
- Ande, ande, déjese de trasteros, paquetes y combates y tire para la cama, que ya nos encargamos nosotros de todo.
- Y oigan, una preguntita.... ¿Me la han traído?
- ¿De qué habla?
- De la cámara, de qué va a ser.
- ¿Se refiere usted a la cámara de comercio, a la frigorífica o a la de aire?
- No, no, me refiero a la Canon EOS 1000D, cámara réflex monocular digital con un sensor de imagen de...
- 10,10 megapíxeles, sí, ya lo sabemos, recuerde que ser mago es lo que tiene, que lo sabemos todo.
- ¿Y no me lo pueden decir?
- Eso es una sorpresa, amigo.
- Y otra cosita..., si ustedes son definitivamente reales, digo yo que entonces podré mañana coger todas mis compras y devolverlas, recuperando así el dinero gastado, cosa que muy bien me vendría para superar la dichosa cuesta de enero, ¿no?
- Sí; si guarda usted los tickets seguro que sí.
- Pues nada, nada, ya me voy a la cama tranquilo por un lado y nerviosos por otro, pero más contento que unas castañuelas.
- Veeeenga, no se haga más el remolón, que es usted peor que los niños.
- ¿Quieren ustedes que les ayude? ¿Seguro que van a poder con todo?
- Segurísimo. Ser magos es lo que tiene, que podemos con todo.
- Tengan en cuenta que son muchas cosas, las que hay que repartir. Si no vean, vean cómo tengo yo de paquetes el trastero... Esperen que les abro en un momento y se lo enseño, ya que están aquí...
- No, no, déjelo...
- Miren, miren, miren la que tengo liada... Pero...., ¿qué es esto?... ¿Dónde están mis paquetes? ¡Farsantes, ladrones! ¿Cómo narices han sabido que lo tenía todo escondido aquí?
- Ser magos es lo que tiene, señor Estilografic, que lo sabemos todo.